Un caso no es representativo.

Esa noche se alinearon los planetas, se pusieron de acuerdo las estrellas, tu punto de soltura era el de antes de “ponerte pesada” y el de después de “llevo un puntito”. De repente en medio del bar con tu amiga del alma, aparece el tío más bueno que hubieras visto en persona, no una estrella de cine, ni maqueado por el Photoshop en una revista. Lo estás viendo con tus propios ojos, podemos decir que lo estás viendo en alta definición, pero dado tu grado de locura de esa noche… todo puede ser subjetivo.

Y ese tío con pinta de no haber roto nunca un plato, con sonrisa picarona y mirada fulminante, te mira. ¡A ti!! ¡Sí, sí, a ti! Porque miras detrás de ti y no hay nadie, salvo la entrada de servicio. Le miras y te señalas interrogándole. ¿es a mí?. Sí, sí, dice con el gesto, desde el fondo de la barra. Sonríe, bebe de su copa y se acerca decidido.

¡Ay! ¡Dios!! Que en realidad no soy tan fiera, ni tengo tanto vocabulario, no soy tan guapa ni tengo medidas de infarto. ¡Me confunde con su prima, fijo! Atacas tu copa a ver si un grado más de alcohol en sangre te resuelve el conflicto. Interiormente sabes que sólo puede agravarlo. La lengua ya está suelta. Si sigues soltándola, no conseguirás dominarla, ni pararla. Siguiente parada: pastosa-ridícula.

El chico de mirada directa, sonrisa irresistible, efectivamente te está preguntando por ti, que qué haces tú por este bar, que no te tiene vista. S.O.S. Esto no es una peli es mi vida y nadie está grabando con cámara oculta… crees. ¡No me sé el guión!!

Le explicas, le cuentas, sigue preguntando y la memoria ya no recuerda las palabras, sí los gestos y esa sensación de volar. De soltura. Tu boca emite coñas que tu cerebro desconoce. Vamos mal.

El tío te pregunta que si te vendrías con él a dar una vuelta, tu cuerpo te dice que si quiere que te secuestre, durante unas horas nadie te extrañará. Te haces de rogar, es lo que toca. Por dentro piensas: “¡ay, nena, que el tipo se nos echa para atrás!”.

y “¿a dónde?” Y “¿porque?” “Mis amigas me buscarán…”

¡Qué excusas más malas! ¡Dios! Si no quisieras nada, ya le habrías echado un moco que el pobrecito hubiera salido volando.

Entonces le ves venir, te acerca esa carita de melocotón, sus ojos se clavan en los tuyos, buscando la vergüenza y la encuentra… ves cómo se inclina y se para a dos dedos de tus morros, te mira y sonríe, dominando la situación el muy cabr…! Te coge con las manos de la barbilla… ¡te quieres derretir!! Y te besa. Despacio. Quedándose con la humedad de tus labios, después con lengua, tan despacio. ¡Dios! ¡Qué tío! ¡¿Dónde estabas desde que naciste!!?? ¡Lo quieres grapar a tu cuerpo!

Acto seguido te coge de la mano y te lleva fuera, dejándote convencer. Le grafías a tu amiga que esto es un bombón y no puedes quedarte… “ciao, ciao! Mañana te cuento!!”

Atropelladamente llegáis a su apartamento, te besa desnudándote, con una mano quita el sujetador (gran prueba a todo tipajo nocturno con entrenamiento en otras damas…), quieres hacer copia de seguridad de todo lo que está pasando, quieres otra vida para volver a vivir esta noche, te dices. Te empuja a la cama, tú medio desnuda, él en calzoncillos, luz tenue, sin música, sin palabras. Se desnuda…

…y… el tipo no es que la tenga pequeña… es que la tiene XS, no sé cómo grafiarlo sin herir sensibilidades. Él sigue, tú has bajado dos enteros. Te dices a ti misma que hagas acopio de toda la bibliografía porno que cayó en tus manos, que el cerebro se ponga a mil, porque es el otro órgano de tu cuerpo, a parte del clítoris, que te puede provocar un orgasmo, no quieres que la noche acabe en fiasco, esto hay que resolverlo.

El chico pone toda la carne en el asador, pone creatividad, tira de películas y de vocabulario. Debe estar examinándose del kama Sutra con tu cuerpo. Tú estás a medias. Después de la sorpresita.

Poquito a poco, lentamente y concienzudamente consigues llegar al orgasmo. Un orgasmo notable. Muy mental, para qué engañarnos. Pero orgasmo. El chico tiene otras cualidades, obvio: sensibilidad, empatía, delicadeza.

Acabas acurrucada en el calor de su abrazo, en la tibieza de su piel. Te preguntas: ¿ha sido sexo? Porque si hay cariño y caballerosidad… no me liga con la palabra sexo!

Siempre habías pensado que el tamaño no importaba, o sí. No lo tenías claro.

Hoy ya sabes: debes seguir investigando. Un caso no es representativo.

Mentalmente.

La Suelta.

Mi oda a la feminidad…

(Post corto de lectura lenta.)

Dicen de las mujeres que somos complicadas, retorcidas, imposibles de comprender.

Una vez un hombre le dijo a una mujer: “yo no podría vivir en el interior de tu cabeza”.

Bueno, los grandes bólidos sólo saben conducirlos los grandes pilotos. Así que, déjamelo a mí, cariño.

Es mejor pensar que somos laberintos escondiendo grandes tesoros.

Es mejor pensar que somos complejas con un sinfín de cajoncitos interiores, a cada cual más rico. Diferentes. Complementarios.

¿Difícil?… ¡Puede!. ¿Interesante? ¡Muchísimo!

O también podríamos pensar que somos como aquel rico plato elaborado de la abuela, que se saborea con ritual delicadeza. Y que para adivinar cada alimento que lo compone, tesoro culinario que lo adorna, hay que concentrarse y dejarse sorprender.

Plato elaborado con varios ingredientes, cada uno en su justo grado de cocción con una elaboración precisa, de buena calidad, sabor y textura, en coordinación perfecta. Complicado.

Pero yo, señores, permítanme quedarme en el asiento de la feminidad, consciente de mi complejidad, dueña de mis misterios; permítanme cederles paso en la bravura y quedarme con la cordura; déjenme decirles que sin ustedes la vida no tendría sal ni complementariedad, pero me quedo en mi mundo lleno de submundos por descubrir, intercomunicados, necesarios los unos de los otros, con mi puntito de histeria e inestabilidad, a veces mal llevada. Con mis interpretaciones y mis miedos.

Me quedo con mis delirios consumistas. Con mis intuiciones.
Con mi “no sé qué ponerme”.
Con mi “me lo huelo”.
Con mi gps particular para encontrar tus llaves. O las mías.
Con mi coquetería. Y mis chutes hormonales.

Con mi “no me pasa nada, cariño!”

Me quedo con tu sorbito último de la coca cola. Con esa mirada pícara, fugaz, indiscreta, ante mis formas de mujer. Desarmado.

Me quedo con mi mala leche y mis subidones. Mis bajones. Mis curvas pasadas de moda. Mi belleza imperfecta. Femenina. Deseada.

Porque, señores, seguro que en tantos puntos se sienten entendidos, secretamente identificados, a veces envidiosos y siempre calurosos.

Y aunque tantas veces no nos comprendamos, siempre nos necesitamos, complementamos, deseamos y eso es la sal de la vida.

 

Femeninamente.

La Suelta.

 

Pd. No pretende esta “oda” criticar, comparar o encasillar; generalizar, uno u otro género. A cual más valioso. Sirva este pequeño rinconcito de mera escritura para la reflexión, para mirarnos en el espejo. Para valorar nuestro asiento, nuestra condición. Cada cual el suyo. Simplemente.

O incluso sacudirnos nosotras de la sana envidia a vuestro pragmatismo, sinceridad brutal mal envuelta. Autenticidad.

 

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