V. Blanca y Luis. Blanca y Víctor…

Pasaron tres interminables días hasta que sonó el teléfono de Blanca a última hora de la tarde.
– ¡Bombón! ¿qué haces mañana?
A Blanca le dio un respingo el alma. Tardaron dos minutos en quedar, cinco en despedirse, el resto de la tarde para dejar de pensar el uno en el otro.
Sobra decir que en aquella primera cita él la hizo sufrir, sólo un poquito: alargó los silencios, se la quedaba mirando, no le pidió nada, sólo, simplemente, la hizo reír a carcajadas, al final de la cita, ella sencillamente se moría por un beso de aquella boca traviesa. En la esquina del último adiós ella se lo quedó mirando, suplicando que fuera él quien diera el paso. El llevaba frabicando aquella esperanza toda la tarde.
Y sonó el más suave de los besos.
Ella subió a casa. El se la quedó mirando.

El comienzo entre Blanca y Victor, fue dulce, tan dulce que hasta empalaga contároslo. Ella se quedó prendada de él desde el minuto cero, sentía ganas de estar con él todo el día, él le susurraba al oído todo lo que ella había soñado, no le quedaba ni un piropo por dedicarle, alguna tarde la apartaba a algún rincón escondido y le ponía canciones, simplemente. Ella se podía derretir, podríamos decir de amor, pero diremos de locura.
Un comienzo dulce, ilusionante, donde no había nada que ella deseara o esperara que él no hiciera. El se la hizo suya. Fue fácil, ella era predecible, bonita por dentro y por fuera, prendada de él. Él sólo debía hacer. Nada más.

Víctor era un listo, un bala perdida en aquel momento, sin ambición, con ganas de pasarlo bien, muy sentimental, era prespicaz y sabía leer la mirada mejor que un libro. Se te acercaba sin vergüenza, sin pudor, con descaro y con tanta simpatía que era imposible que te cayera mal. Era Victor. Todo el mundo lo quería a su lado, por fresco. Iba de vuelta por la vida. Sabía hacer lo que le daba la gana con las tías. Las traía loquitas. Pero con Blanca fue un tanto diferente desde el minuto cero. Blanca era pura, clara, buena, casi demasiado buena para él. Él no estaba a su altura. Lo sabía.
En ese momento de sus vidas, esquivaba los estudios con gracia, sorteaba la vida con un pelo de astucia, sin esfuerzo.
Su semana hasta ese momento se dividía entre los días en que iba y venía de clase, ayudaba en un taller mecánico para sacarse cuatro perras y esperar al viernes por la noche a que empezara el fin de semana.
Cuando conoció a Blanca los ratitos que tenían los pasaban juntos. Hasta que ella debía ir a casa. No quería tocarla, pero lo hacía, se moría de ganas de hacerlo con ella, pero sabía lo que era ella. Se limitó a esperar. A enamorarla.
Lo que pasó fue que ella empezó a evadirse, de las clases, de sus amigas, de casa.
El primero en darse cuenta fue Luis.
– Blanquita, no eres tú. Apenas te veo. Hace dos semanas que no cruzas más de dos palabras conmigo.
– No te inventes cosas, Luis. No es para tanto. – al responder Blanca con la más inmensa de las sonrisas. Luis, no se preocupó. Pero se quedó con la mosca detrás de la oreja. Había algo en Blanca que ya no era su Blanca, la mirada perdida. Comía poco, estudiaba menos. Y lo que más le tocaba las narices, aunque no lo quisiera reconocer, a él ni le veía, no le dedicaba atenciones. Luis estaba súper celoso, más que preocupado, pero eso era una afirmación que costaba aceptar.
Luis decidió dejar pasar los días. Sin dejar de mirar a su lucero ni por un momento. Luis no iba a permitirse perder su faro, su luz. En realidad, si ella era todo lo feliz que transmitía aquella sonrisa, no era para preocuparse.
Pero Luis era astuto, muy astuto.
Así que una noche, cuando se estaban poniendo a dormir. Luis le dijo a Blanca.
– Blanquita, ¿Por qué no me presentas a ese chico algún día? -A Blanca se le iluminó la cara, que Luis quisiera conocer a Victor, la llenaba de ilusión. -¿Cómo se llama? – continuó Luis.
– Oh! Luis! De veras! Qué ilusión, se llama Victor… trabaja a ratos en un taller…
Blanca se puso a hablar de Victor sin que Luis se lo hubiera pedido, Luis era el pequeño, pero era tan listo que la dejó hablar, atento, pero esperando a conocer a Victor para formarse una idea de él.

Blanca se durmió con una sonrisa de oreja a oreja. Luis también, sabiendo que hacía lo que debía. Y era el enano. Teóricamente.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.
La Suelta.

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Ella… y el Lobo.

Caperucita se quedó sola muy pronto.
Su mamá estaba muy enferma y le dijo: Caperucita ves hasta el final del bosque allí encontrarás una casita, es la casita de la yaya. Ella te dará cariño, protección y alimento. Con ella no te faltará de nada. Lleva esta cesta de fruta y leche que le encanta. Y vigila por el bosque siempre puede haber lobos que acechan.
Ella salió sin entender la última frase.
No entendía el término “ten cuidado, vigila” nunca había sentido miedo.
Y salió contenta y saltando, ilusionada por encontrarse con su yaya.

Llevaba un tramo en el bosque cuando, de repente, apareció un lobo, un lobo escuálido, hambriento y rabioso, de ojos grises y profundos. Mirada incisiva, penetrante e inquietante.
Era un lobo de gran tamaño, enormes colmillos y potentes fauces. Pero a ella no le inspiraba miedo.
Al contrario. Le inspiraba, abrazarlo, cogerlo y llevárselo con ella.
El lobo enseñó sus colmillos. Su fiereza. Gruñó y le advirtió: ten cuidado conmigo.
Hubo un silencio.
Y ella le preguntó: ¿me acompañas?
Y así fue como caperucita inició el camino con el lobo hasta la casa de la abuelita.

El lobo en ese momento pensó: esta niñata de los cojones ya me ha descuajeringao el cuento. Pero no puedo dejarla sola.
Algo se lo impedía.
Gruñía y refunfuñaba. Pero no se apartaba un centímetro de su vera.

Ella lo miraba divertida: me habían dicho que me podía encontrar lobos voraces, peligrosos y con grandes garras. Pero tú no pareces uno de ellos, sólo gruñes. Sólo refunfuñas. ¿Seguro que eres un lobo?
El se la quedaba mirando, altivo y ofendido.
Si supiera caperucita a cuantas niñas como ella había devorado.
Pero a ella no podía tocarle un pelo, no podía siquiera sacarle las garras.

Entonces ella divertida y traviesa se apartó del camino y se adentró en el bosque.
Él levantó las cejas, irguió las orejas, alertó sus sentidos.
Ella se puso a hacer pipi y la miró gamberra. Él no la miraba a ella, miraba al fondo del bosque, la maleza. Mirada seria. Ella le buscaba. Él solo guardaba que ningún otro lobo acechara desde el fondo de la arboleda.

Retomaron el camino.
Quedaba poco para llegar. Ella se sentó y él se la quedó mirando.
No había nada en esa mirada de lobo fiero.
No quedaba rastro de la hambruna cruel.
Sólo se veía a un lobo cuidando de una criatura.
Una gamberra niña, no tan niña. Que lo traía loco.

Entró a casa de la yaya: “yaya, yaya!!” no vió a nadie. No oyó a nadie.
Cayó la noche. No se oían ruidos. Y el lobo quedó esperando fuera en el porche, mientras la niña dentro buscaba a su abuelita.
Cayó la noche. Se cerró la luz. Se extendieron las estrellas y brindó la luna.
Y ella cayó rendida. Y en sueños gimió. Gimió y lloró. Por la soledad. Por la tristeza.
No por el miedo.
El lobo no pudo más oír ese llanto y entró, entró a calmarla, cuidarla, abrigarla.
Y se coló en su cama.
Se abrazó a su niña, la niña de mirada gamberra, pelo alborotado y sonrisa traviesa. Y por un minuto de gloria se dejó llevar. Las garras ya no eran garras. El hambre pasó a ser cariño y la niña no se sintió ni tan niña ni tan triste.
El lobo metió la mano debajo de su falda…
Y el resto lo hizo la noche. El deseo y la atracción.
Fue la noche más larga, más corta, más deliciosa e intensa.
La más cierta de las verdades.

Imaginativa
La Suelta.

IV. Blanca y Luis. Blanca y Víctor…

Fue al cumplir 17 años, aquella noche de sábado Blanca se pintó los ojos por primera vez, se dio un brillo a los labios y se vistió una minifalda negra que le quedaba de vicio, había quedado con dos amigas para celebrar su cumple e ir a una fiesta de unos amigos a las afueras. Su padre la vió irse y algo le dio un respingo, su niña no tan niña, su pequeña gran mujer saliendo de casa a los peligros de la noche, desde su punto de vista de padre orgulloso, protector pero sobre todo defensor de su pequeña. Mataría si alguien le tocaba una pestaña. Solo pensar en ello le revolvía el estómago. Se volvió hacia el periódico, intentando apartar los pensamientos negativos, nada le pasaría a su pequeña Blanca, la más hermosa de las criaturas.

Era media noche cuando sus amigas y Blanca entraron en casa de aquellos amigos. Ella no conocía a nadie. Todos fumaban o hacía como que fumaban, no le apetecía ni una cosa ni la otra. Su amiga Cristina le espetó: “venga Blanca no seas tan buena, no te hagas la aburrida y dale una calada!” Blanca por no discutir y con su combinado en vaso de plástico salió a la calle a que le diera el aire. Se apoyó en la barrera de la casa a ver pasar la luna, los coches y el tiempo, le quedaban dos horas para volver a casa a la hora convenida. Cuando se acercaron unas motos haciendo más ruido de lo necesario. Pararon y cinco chicos entraron en la fiesta. Y el último paró delante de Blanca. Se la quedó mirando, sonrió divertido. La situación al chico le gustaba.
Obvio.
Ella se incomodó, sonrojó pero en el fondo le gustaba. El chico era guapísimo. Con cara de pillo. Una chaqueta desgastada. No muy alto. Hombros anchos. Miró al suelo. Pensó y al levantar la cabeza se acercó a Blanca. Se quedó a dos palmos de ella.
– ¿Qué haces aquí sola, muñeca?
¿¡Qué macarra era aquel que con aquella desfachatez le entraba y hablaba de aquella manera!?
Él cogió de la solapa de la chaqueta de Blanca y muy despacio le abrochó los dos botones de arriba, mirándosela. Entre desafiante, juguetón y divertido.
Y se quedó allí.
Blanca notó cómo le escocían las mejillas. Cómo le hervían. Y cómo le atraía ese chico. Sobre todo esa mirada traviesa. Escalofrío. Sonrió.
– ¿es aburrida la fiesta?
– … – Blanca os juro que quería responder. Quería contar alguna cosa. Emitir algún sonido. Pero no pudo. Era como si hubiera bajado Dios a saludarla. Ese chico se alejaba tanto de la idea que rondaba o se había formado en su cabeza. No tenía nada que ver con lo que papa esperaba del que fuera su chico. Pero allí estaba ella, mirándoselo como si hubiera visto un fantasma. Con esa chulería, ese atrevimiento. Era luz. Y brillaba. Entonces sonrió con la más iluminada de las sonrisas. Y entonces él se rio. Y dijo:
– Eres lo más expresivo que he visto nunca, pequeña. Me llamo Víctor. ¿y tú?
– Blanca.
– No podías tener otro nombre. Te lo clavaron. Tienes unos ojos increíbles. Debes de llevarlos locos a todos.
Era la primera vez en su vida que alguien le decía que tenía unos ojos bonitos. Se sorprendió. Y se puso roja. Él lo notó. Soltó una carcajada.
– Oye, Blanca… mmm me encanta tu nombre. ¿puedo sentarme a tu lado?
– Claro. No te tengo visto.
– Bueno, tú debes estudiar, ir a clase, salir con amigas los domingos… no creo que nos pudiéramos encontrar. Verás: no me gustaba estudiar y decidí ponerme a trabajar con 16 años, trabajo en un taller de coches. Y así también ayudo a mi madre…
A Blanca le pareció entre horrible que un chico como aquel no estuviera estudiando y honrable que ayudara con ello a su madre. Algo dentro de ella le decía: esquívalo. Otra parte de ella ansiaba por comérselo a bocados. Pero no sabía cómo se hacía, como se lo hacía saber a él para que fuera él el que diera el paso…
Pero que no estudiara. Que lo dijera así. A ella el sólo hecho de suspender un examen le hacía entrar en estado de pánico.
– No me estás escuchando, ¿verdad? -él había seguido hablando, explicándole, pero vio que ella tenía la mirada en el infinito, después o por algo que él dijo. – Bueno, vale, ya te hablaré de algo divertido. Voy a hacer que te rías…
Víctor se puso en pie y le contó una anécdota en la que se vio envuelto sin comerlo ni beberlo, lo escenificó, él inocente, pobrecito y desgraciado, por culpa de su primo. Blanca no podía parar de reír. Qué gracioso era. Encima. Miró el reloj… ¡quedaban 20 minutos para llegar a casa y su casa estaba como a 15 minutos en coche! Dio un salto. – debo irme. Ya. ¡O me matan en casa!
– ¿puedo llevarte yo a tu casa?
Blanca dejó a sus amigas con la respuesta sin emitir en la boca y se largó en 2 minutos de la fiesta en la moto de Victor, una moto un poco vieja, pero a ella le pareció encantadora, molona. Se sentó y se abrazó a él. Se ablandó.
El trayecto deseó que no acabara nunca. Quiso que se alargara en la noche, en la madrugada, hasta pasado mañana. Se había reído tanto…
Le fue indicando hasta que paró debajo del portal. Bajó de la moto y se lo quedó mirando.
Victor le ofreció la mejilla para despedirse. Ella le besó en el trocito de piel que hay justo al lado de los labios. Y al voltear las dos cabezas se quedaron mirando a los ojos y Victor fue quien besó su otra mejilla.

– Dime tu teléfono, bombón. Quiero poder llamarte.
Ella lo dijo de carrerilla, pensó así no se acordará. El no apuntó, no repitió, no dijo nada, sonrió arrancó y se fue.
Ella subió a casa, despacio, como si al subir cerrara la noche y eso era lo que precisamente no quería. No sabía si le volvería a ver, si en realidad él había sentido una esquina de lo que ella había sentido. Incertidumbre.
Entró en su habitación. Pasaban 10 minutos. Luis se incorporó y se la miró inquisitivo. “buenas noches, Luis.” Blanca se puso el pijama, se metió en la cama y se giró hacia la pared. Había olvidado besar su frente, dedicarle una sonrisa. Luis frunció el ceño y se puso a dormir.
Aquella noche Victor entró en la mente de Blanca para quedarse.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

III. Blanca y Luis. Luis. Ese rubiales de ojos verdes.

Luis era un niño rubio de ojos verdes que hacía las delicias de las vecinas, de las tías, de la abuela y hasta del panadero.
Era un rubiales con mucha gracia, un golfillo desvergonzado que arrancaba la sonrisa a la persona que tuviera delante.
Ya era un mostrenco en el cochecito, un bebé que ni hablaba, pero si su hermana Blanca le pedía: “sonríe Luis”, él sonreía con la sonrisa más falsa, forzada y graciosa que podía ponerte un niño. Para contentar a la vecina, conocida o quien fuera. Siempre mujeres.
Pero eran un dúo bien avenido, porque antes de pedírselo, Blanca se lo quedaba mirando, no hacían ningún gesto, no había un guiño, nada.
Sólo se miraban unos segundos y ella podía girarse a la persona con la que estuviera presentando a su tesoro y sin más explicaciones le soltaba: “hoy Luis no tiene ganas de ser simpático.” En un gesto de protección hacia “su pequeño”. Enternecedor. Protector.

Y otras veces le hacía hacer todas las monerías habidas y por haber.
Luis le gustaba obedecer a Blanca y llevar la contraria al resto del mundo. Porque Blanca tenía una capacidad de leer su más íntimo estado de ánimo y eso le daba seguridad. Sabía que la hacía sentir importante.

Era un crío con desparpajo, bajaba la ventanilla del coche y saludaba a la gente aunque no la conociera. A las camareras no tenía ni tres años y les decía “guapa”. Y ellas se derretían y hacían todo lo que él pedía, para desesperación de sus padres. Blanca solamente sonreía encandilada. Sabía el poder que irradiaba ese enano. En cuanto la camarera se giraba y se iba. Luis se giraba a Blanca y le decía “tu, princesa guapa” algo que enternecía a Blanca hasta el límite.

Entró en el colegio el primer día con las manos en los bolsillos como si fuera a comprar pipas, se despidió de sus padres, tranquilamente, porque sabía que en el patio estaría Blanca. Lo demás le traía al pairo.

Se paseaba por el mundo como el que se siente invencible, gracioso, encantador e intocable. Así se lo hizo creer su hermana.
Y así le repetían las mujeres, tías, primas y amigas de su madre y hermana.
Luis tenía un objetivo en la vida, o eso desprendía con 3 años, pasárselo bien. Hacía más o menos lo que le decían. Pero si no le apetecía comer verdura, no comía verdura. Ya podían castigarle. Chantajearle. Obligarle. Él no comía verduras. Simplemente. Si decidía que tenía calor no se ponía la chaqueta, aunque el resto de personas que le rodearan ya se abrigaban por tiempo frío según la mayoría de la sociedad. Él no se abrigaba y si se lo ponían se alejaba, se lo quitaba y lo tiraba en el suelo. Para después mirar desafiante a su madre. Blanca nunca le pidió que se pusiera la chaqueta, ella la aguantaba, para cuando el sintiera frío correr a ponérsela.

Tenía amigos, coleguillas. Su gran amigo Tomás. Era el intocable. De pequeñito ya dijo Mi Tomás y otros amigos. No tenían ni tres años cuando se encontraron en p3 y ya se reconocieron el uno al otro. Fue mirarse y ponerse a reír. Como si el mundo no existiera. Como si sus códigos fueran suyos y de nadie más. Cogían una pelota y se inventaban un juego. Reían, chutaban, se escondían, reían y corrían el uno detrás del otro.
Podían separarlos por hablar en clase. Podían castigarlos. Pero entre ellos nada cambiaba. A veces se peleaban. Blanca siempre recordará aquel día a la salida del colegio:
– Luis, estás triste.
– Lo sé. Me he enfadado con Tomas.
– Pero sois amigos.
– Claro, Blanquita, siempre seremos amigos, pero enfadarse con un amigo pone triste.

Fue una reflexión tan madura para un niño, que dejo a Blanca sin palabras. Un rato más tarde en el parque habían hecho las paces y eran tan amigos como siempre.
Blanca se acercó y preguntó:
– ¿ya volvéis a ser amigos? – era tierna la estampa de Luis con el brazo por encima de la espalda de Tomas, tan colegas.
– Siempre seremos amigos, Blanquita.
Luis creció como niño, como chaval, tenía tanto éxito entre las chicas que se agobiaba. Nunca le gustó ninguna en la etapa del colegio. Le divertía gustar. Divertir. Pero él tenía que pasárselo bien. Y ellas querían jugar a ser novios. Y eso le agobiaba. Era un punto gracioso.
Luis nunca se enamoró hasta que conoció a Raquel. Pero eso sería mucho más adelante.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

Qué sutil diferencia…

“Te quiero.”

Le dice el cobarde enamorado a su damisela.

Te quiero

¡Qué fácil. ¡O que convincente!

Puedes querer a casi cualquiera pero no puedes amar a quien elijas.

 

Son dos verbos cercanos aunque diferentes

que, más habitualmente de lo necesario,

los entremezclan

y les hacen bailar juntos.

A veces uno sustituye injustamente al otro.

O el otro se hace pasar por el uno.

Querer y amar

De entrada lo mismo. Pero no…

 

Querer. Aprecio. Cariño.

Voluntad de que la otra persona esté bien.

Confortabilidad.

 

Amar. Locura. Angustia. Pasión. Desesperación.

Amar, ¡ay!

¡Qué gran verbo!

Qué simple y qué complejo.

Amar es atreverse, entregarse, arriesgar,

confiar en que todo va a salir bien.

Y para eso, para ese simple y tonto gesto,

hay que tener agallas,

dejarse convencer,

permitir al otro enamorarnos,

cerrar los ojos y darle la mano.

Son demasiados actos heroicos para cualquier pobre diablo.

Y por las mentes racionales, higiénicas o temerosas:

gestos absurdos que pueden ser esquivados, evitados, ahorrados.

 

Yo puedo querer sin arriesgar.

Puedo querer desde la prudencia, desde la tranquilidad.

 

Yo puedo querer sin necesitar.

Pero cuando amas necesitas

Se necesita a esa otra alma para respirar

Necesitas.

Aunque no te guste.

O te percibas susceptible

Es tu otra mitad.

Es tu espejo. Tu reflejo.

Es tu dicha, tu paz, tu sosiego.

 

El problema es que a veces,

nos creemos invencibles, inmortales al amor,

lo saltamos, lo encerramos y matamos esa necesidad.

Lo subestimamos.

Y ahí comienza el drama, la tragedia, el naufragio.

 

Porque al aniquilar la necesidad

Se pierde el verbo y aparece el aprecio

Ese débil sentimiento

Que podría estar como podría no estar

Que huye del grito, evita el llanto,

que se lleva bien con la cordialidad.

Y es tan amigo de la diplomacia.

 

Sin embargo…

¿no creéis que amar con todas sus letras necesita unas gotas de angustia,

unos gramos de tensión, de llanto incluso?

Necesita.

Repetida y descompuesta palabra.

Porque al amar, honestamente, amigo, te digo que necesitarás.

Te duela lo que te duela. Te doblegue lo que te doblegue.

 

Ama con todas las letras de tu corazón,

Hasta donde tu valor te lleve,

Arriesga tu vida.

Déjate la piel,

No temas.

Amando nunca pierdes.

Si acaso vives.

Y a veces vivir deja cicatrices.

 

Atrévete si tienes agallas.

El resto… aprecios.

 

Gallarda.

La Suelta.

 

II. Blanca y Luis. Blanca, discretamente bella.

Blanca era lo que podríamos llamar una buena niña, era todo lo que su familia, sus amigos, pero sobre todo su papa, esperaban de ella. Blanca era buena, por dentro y por fuera, no tenía maldad, no la conocía, no la utilizó nunca, no le enseñaron a ser mala, nunca eligió esa opción. Le gustaba hacer sentir bien a la gente. Hacer las cosas en función de cómo se esperaba que las hiciera. No se salió nunca del guion.

Cumplió sus deberes, sacaba buenas notas, era ordenada, le gustaba el chico guapo de la clase, bueno y tranquilo. Cada año cambiaba. Nunca se obsesionó.

Nunca se metió en follones.

Blanca no era consciente de su belleza. Se miraba en el espejo sin autoestima, sin orgullo, sin desprecios, pero sin satisfacción.

Y tenía unos ojos verdes que quitaban el hipo, una melena morena que en su bamboleo hipnotizaba. Un cuerpo atlético que ya de niña apuntaba maneras.

Las mujeres la envidiaban en silencio. Los hombres la miraban con inquietud. Pues era sólo una niña y ya destacaba.

Pero ella no se daba cuenta. No alimentó su autoestima.

Y en casa sus padres no dejaban de repetir lo buena niña que era. Lo bien que se portaba, lo responsable… nunca nombraron esos ojos de felina que vestía. No mencionaban el cuerpo esbelto, garboso y con una plasticidad fuera de lo habitual con el que se paseaba por la calle. Ni mención de su belleza. Magnética. Inusual.

Y en su infancia esa característica de su persona se escondió, en el silencio, no se nombró, por tanto para el concepto que Blanca fabricó de sí misma ella nunca fue guapa. Sabía que despertaba inquietud. Pero el silencio le dio pie a tantas interpretaciones como miedos.

En su fuero interno, luchó contra esos miedos, portándose bien, obedeciendo, cumpliendo con los deberes. Así todos esos miedos no saldrían a la luz.

Todos arrastramos miedos. El problema es ponerles nombre. Darles contenido y saber contra qué luchamos. Porque a veces es contra una simple, insignificante e inofensiva cucaracha.

Ella no lo supo hasta muchos años más tarde.

Sólo había una cosa en la niña Blanca que le hacía perder los papeles en el buen sentido, que la encandilaba y sacaba lo mejor de ella: su hermano pequeño Luis, su muñeco y su payaso. Era el motor de sus días. Podías saber si Blanca iba a ver Luis por el tamaño de su sonrisa.

Y cuando estaba con Luis simplemente se esperaba a ver qué proponía éste, qué payasada se le ocurría, qué tontería contaba. El la hacía reír hasta la carcajada, era un chiste constante.

Cuando fueron muy niños. Él era el bebé más dulce y sonriente que había. Se reía al verla. Se reía con ella. Y eso a ella indirectamente la hacía inmensamente feliz. En el cochecito sólo quería que empujara ella el cochecito. Y ella se sentía importante.

Cuando fueron un poco más mayores, las bromas fueron evolucionando, se reía de ella, con ella y para ella. Era un espectáculo verlos juntos.

Blanca iba al cole y a clases de ballet por las tardes, delicadamente preparaba la bolsa para acudir a clase. Luis la observaba y le escondía las cosas, los zapatos, la falda, para que le costara más preparar su bolsa, para que tardara en irse e infantilmente pensaba que así no se iría a clase y se quedaría con él.

Cuando fueron adolescentes, ella salía por las noches, pero volvía siempre cinco minutos antes de la hora que le habían dicho sus padres. Luis, niño o no tan niño ya, abría un ojo al verla entrar, pues nunca quisieron dormir separados, verla bien le calmaba y volvía a conciliar el sueño con más tranquilidad.

Blanca siempre fue buena chica, cuidadosa y su única preocupación, alegría y amor fue Luis. Hasta que conoció a Víctor. O Víctor conoció a Blanca.

Allí algo cambió. No supieron muy bien el qué. Pero algo cambió.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

¿?  Qué es lo que hay que rehacer?

Y se les llena la boca, pronuncian las palabras con más contundencia, con toda la soberbia que da la ignorancia; con la presuntuosidad de sentirse importantes.

Y hablan de otros, de aquellos, de ajenos. De otras vidas que no les son cercanas. Que nunca entenderán. Como si entrar en casa ajena sin permiso fuera un gesto de bravura. O estuviera en su derecho.

Se acercan a los derechos de otros, de aquellos.

Como si fueran juez, parte y auditor.

“Nunca rehará su vida”. Sentenciaban en corrillo.

Que frase más estúpida. Rehacer su vida. Y no por el significado gramatical. Sino por lo que se sobreentiende popularmente. Que haya encontrado alguien, media naranja, compañero/a de vida. Como si la vida se pudiera definir por la compañía que llevamos, por la mano que nos coge, por los ojos que nos miran.

Y no vamos a negar que el cariño es el alimento del alma.

Que empiezo a sospechar que esté en la base de la pirámide de necesidades, por delante del alimento, por detrás del sueño. Eso no lo discuto.

Pero de ahí a no poder tener vida, a tenerla hecho unos quicios. Imaginémonosla toda desmontada, por no haber encontrado a alguien. Rehacer una vida.

Hay tantas vidas desmontadas en compañía. Hay otras tantas vacías llenas de gente que te mira. Hay cantidad de vidas que merecen cariño, amor y un fuerte abrazo y nadie habla de ellas.

Que el que una persona camine en soledad, pueda tener sobre sí el análisis gratuito de no haber rehecho su vida… Me parece frívolo, de sabiondos de barrio. Porque seguramente esa persona está precisamente rehaciendo su vida, su camino y hasta su existencia. O mejor aún: ya la tenga rehecha, compuesta y sin novio. Feliz. ¿Por qué no? Así escogida. Plena.

En realidad la vida son diferentes prismas de una misma realidad. Son diferentes miradas de un mismo roto. De una misma sonrisa. Depende de si lo sientes o simplemente lo observas.

Y cuanta ignorancia arrastraremos si no sabemos escuchar a la soledad, pues en ella están las voces de nuestro niño, aquel que arrastramos, cuidamos y llevamos con nosotros desde enanos. Ese que a ratos no nos reconoce y en otros momentos no sonríe. Se muere a carcajadas por escucharnos. ¿Que mejor compañía que nosotros mismos?

La soledad es un buen lugar para ir de visita, un mal lugar para quedarse. Pero a veces necesitamos visitarla, para escucharnos. O para acallarnos. Por un rato en el tumulto de la vida. Y la vida no es sencilla, no es una felicidad a otra entrelazada. No es un saco de risas. No es tantas cosas.

Y puede ser tantas otras. Pero a cachitos sí se me antoja aquella sentencia que leí una vez:

La vida es un continuo recomponer cristales rotos.

Así que la próxima vez que veas una persona caminar en soledad por la vida, no sentencies gratuitamente, no cuelgues el cartel en la entrada tan fácilmente. Porque tal vez no ha rehecho su vida, pero esté rehaciendo su alma. Algo mucho más complejo y satisfactorio.

Acércate dale un abrazo, tatúale un beso. Y no hagas preguntas. No las necesita. Ella o él ya se las está haciendo continuamente y no encontrar las respuestas es su desazón. No el tuyo.

Pues los corazones rotos necesitan más cariño y menos preguntas.

A ratos sola. O con tu compañía merecida.

La Suelta.

I. Blanca y Luis. Luis y Blanca.

Blanca y Luis, Luis y Blanca. Nunca sabías donde acababa Blanca y donde empezaba Luis. Eran casi indisolubles. Eran como dos átomos dependientes el uno del otro para existir. Blanca era 4 años mayor que Luis. Luis siempre fue su cosita, su juguete. Hasta tal punto que nunca jugó con muñecas desde que Luis nació. Le pusieron en los brazos a Luis y Blanca dijo con la más dulce voz de niña de cuatro años que se pudiera oír: “mi bebé”.

Y así fue como Blanca pensó que su mamá le había encargado el más evolucionado muñeco del mercado, “¡lloraba, hacía caca y pipí, como un bebé normal!”, pensaba Blanca. Acudía rauda al llanto, servicial al cambio de pañal, empujaba ella el cochecito y si cualquier señora en la calle se acercaba a preguntar por el bebé, cómo se portaba, lo bonito que era. Blanca, orgullosa, satisfecha y buena nena respondía con voz alta y clara a todo lo que quisieran preguntar.

Blanca y Luis. Luis y Blanca. Luis se quedaba conforme en la compañía de Blanca, ella le cantaba, le bailaba, le ponía el babero. Podía pasar horas cuidando, enseñando, reproduciendo la clase de su señorita con su bebe. Más tarde niño.

Luis debía pensar que Blanca era su ángel de la guarda. Y es que con los hechos, su presencia, su dulzura y su magia así se lo hizo creer. No le faltaba razón. La vida le enseñaría que no habría en el mundo angel de la guarda más eficiente y tenaz.

A la hora de comer, Luis no se acababa nunca la comida, pero cuando mamá se giraba Blanca le ayudaba, de una u otra manera. Le tapaba. Se quedaba un rato más ayudándole. No hay nada que soportara menos Blanca que riñeran a su Luis, era uno de los momentos más horribles del día. Sufría. Chirriaba por dentro. Aunque supiera que aquel niño travieso e inquieto se lo hubiera ganado. Ella leía su alma noble. Su mirada curiosa. Su lealtad inquebrantable y todo lo demás tenía perdón de Dios. Desde su mirada de niña protectora. Se llevaban 4 años y siempre se llevarían 4 años.

Él era el payaso de la casa, el ocurrente. Y ella se deleitaba mirándolo. Se partía la caja con sus bromas, sus risas, sus payasadas. Él conseguía arrancarle la más difícil de las carcajadas, en el momento más inverosímil.

De noche se dormían juntos en la misma cama, cuando mamá cerraba la puerta de la habitación, Blanca corría a meterse entre las sábanas de Luis a contarle cuentos. Luis le hacía preguntas curiosas, inquietas:

  • ¿Por qué el agua del mar es salada, Blanquita? ¿hay un señor detrás de las rocas tirando cubos de sal?

Blanca en vez de reír, contestaba muy seria y le ponía cara, nombre y volumen a aquel señor. “Será un señor flacucho, que trepa por las rocas. Arrastrando un cubo de sal, Luis.”

Y al final de la disertación, Blanca se quedaba mirando a su tierno Luis a la luz de la lamparita de noche. Era travieso y dulce a la vez. Era inquieto y obediente. Bueno sólo le obedecía a ella. Cosa que la hacía sentir tan importante…

  • ¿crees que las flores son de colores porque de noche viene un hada y las pinta con un pincel?
  • Puede ser, Luis. Yo creo que lleva ayuda, porque tantos colores… ¿qué crees?

Y a la que volteaba Blanca, Luis ya se había quedado dormido. Tierno y suyo. Suave como un bebe. Travieso como un niño. Su niño.

Luis ya dormía, cuando Blanca en un susurro y en la esquina de su oreja le chivaba: “siempre cuidaré de ti, enano.” Y saberse su protectora la llenaba de orgullo. Sabía que lo haría. A aquel enano no le pasaría nada malo mientras ella viviera.

Y en ese primer sueño, a ella le parecía que Luis dibujaba una sonrisa, o era el sosiego del alma, de sentirse arropado por su angel de la guarda. Como fuera, Blanca con Luis era la niña más feliz del barrio.

Luis con Blanca era el niño mejor cuidado de la calle.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

 

La Suelta.

Tuya y mía. Mi poesía a ti debida.

He escrito una poesía tan bonita y delicada que hasta a mí me conmueve.

Releo mis palabras y buceo en una parte de mí misma que desconocía.

Retengo los versos en la comisura de mi asombro

Me subyuga mi arte.

Me seduce mi mirada.

 

Ansío compartirla contigo.

Mostrártela, cual tesoro imposible.

Esperar tu sorpresa.

Tu silencio sin respuesta.

Ante tanta inmensidad.

Y por primera vez expandir mi soberbia.

 

Sentir mi otra pulsión

Yo en ti

A través de ti

 

Espero tu orgullo

E imperfecta y humildemente tu juicio o

¿Por qué no? elogio agradecido,

Necesario

 

He escrito la más soberbia de mis poesías

No me reconozco en mi escritura

No soy yo

 

Soy ese tallo de madera que esculpió

tu crueldad a mi amor entrelazado;

Por tu cariño a mi dependencia sustentado.

Soy plastilina entregada a tu violencia.

Soy ese puñado de arena mojada que se moldea,

se sustenta, cohesiona, por la humedad.

Soy sin voluntad.

Te permito y me dejo llevar por tu corriente.

 

Y hoy la poesía ha venido a mí,

A susurrarme,

A explicarme mi propio lamento,

Aullido ahogado de mi alma de niña olvidada.

Las grafías me sostienen,

Me salvan.

 

El río me sumerge y me voltea

Me ahoga y se me lleva

Y al fin cierro los ojos

 

El ruido del acantilado me asusta

Me secuestra el miedo

Me eleva

Y algo me dice que ya no soy yo

Eres tú

Ya no tengo voluntad ante desmesurada debilidad

El chorro de agua cae con estruendoso rumor

Pánico

Miedo

No respiro

No oso

 

La adrenalina chorrea mis venas

Me acerco al borde

Poseída

Despeinada

Y al fin caigo en ti

Por ti

De ti

Tu causa y yo mi musa

 

Caigo y destrozo

Me elevo y supero

Salgo

Respiro

 

No eres lo que logras

Eres lo que superas

 

Y hoy mi poesía ha venido a encumbrarme

A elogiarme

Acariciarme

Ante tanto mérito

 

Ya no eres tú

Soy yo

Inmensa y mía

Mágica

Especial

 

Yo y mi poesía

A tus pies para ser desenvuelta

Leída

Recorrida

Como recorren los pájaros el amanecer

Sobre la piel del océano

Como acarician las aves el alba

Como seduce el sol a la noche

Y se la brinda

 

Y tu lectura me desvestirá para tenerme

A tus pies

Humilde y tuya

Para que hagas conmigo lo que tu creatividad nos brinde

 

Hoy será tuya mi poesía

Mi desnudez a ti debida

 

Me abrazaré a tu alma herida

Le arrancaré una lágrima

De algún dolor no recordado

Nunca olvidado

Te traeré violenta aquel grito

Aquella doblez del orgullo

Y tu lágrima vendrá a sellar mi poesía

Para hacerla tuya

Nuestra

 

Y hoy por vez primera

Mi poesía a tu debida

 

La Suelta.

¡Feliz Verano!

 

Tuya y mía. Soberbia.

Y ¿qué derecho tengo yo a buscarte?

Desearte, tenerte.

Acaso mi sombra fugaz, ser en evidencia.

Me retorceré entre las esquinas, matorrales y cunetas del camino.

Escondida entre lo evidente.

Para poder verte.

Sin ser vista.

 

¿Qué derecho tengo yo a poseerte?

Humilde personaje que interfiere en tu trayecto.

Molesto lenguaje que viene a hurgarte la conciencia,

Que entrelaza hábilmente las palabras sin dejar rastro,

Que le guiña el ojo a tu inconsciente.

Dejando k.o. a tu consciente.

 

¿Qué derecho tiene esta pobre alma de besarte?

Disfrutarte a su antojo

Mimarte, vestir de placer inusual tus formas.

Enseñarte allá donde lo mundano nunca osaría.

 

Ninguno.

Cero.

No es mío el derecho.

 

Como tampoco tuyo acariciar mi áurea de ser indescriptible, enorme y mágico

Que consciente de su brillo te permite mirarme

Percibirme

Acaso pensar en una esquina de tu presuntuosidad conocerme

Que te permite en gesto inmenso de generosidad alcanzarla

 

Porque a veces las sirenas

Te conceden entrevistas.

Los unicornios te llevan en su grupa a galopar por parajes mágicos.

Las hadas conceden deseos.

El deseo de poseerme fugazmente un instante en la esquina de la eternidad.

 

Para que tú, con tu ego y  avaricia pises mi cola, mi trazo, mi arte, mi gracia,

mis ganas de brindarte la magia

y así llevarla contigo a otros cuerpos mundanos necesitados

 

¡Ay! ¡Tú! Pobre ser minúsculo e indefenso que no puede percibir la magia al ser ofrecida, la música al ser tocada, la más delicada de las poesías al ser escritas.

 

Mi magia es mía. Selectiva. Y delicada

Ante miradas interesadas.

Triste ante tan poca humanidad.

 

Las almas especiales bailan Valses a la luz de la luna en la orilla del mar, al son de la música de las estrellas.

No pueden conformarse con menos.

Resultaría vulgar.

 

¿Pero cómo lo entendería una pobre y mísera presencia vulgar como la tuya?

 

Mi magia rezará por ti toda mi existencia

Para que tu alma desdichada encuentre sosiego en lo material, el deber y tu obstinación.

Rincón de sufrimiento y lamento.

 

Mi recuerdo quedara indeleble, perenne, intacto.

No soy quién para poseerte.

 

Aún no lo entendiste.

 

No querría, no podría, demasiada magia para tan poca mirada.

 

Cuídate mi chiquillo, se feliz. Lo mereces.

 

Pd:

Seguiré mi camino desprendiendo mi esencia a vainilla

Mi escritura acompasada para cualquier pobre diablo

Mirando atrás de soslayo, divertida y gamberra

Sabiéndote conquistado

Oyendo a tu melancolía hurgar en cada stop, cada semáforo

Pedirme un café

Una mínima presencia en tu mundana existencia.

Porque por rígida que sea tu conciencia no es indiferente a tanta sintonía.

La complicidad suena a imposible.

Las risas son masajes de nuestras almas.

 

Y al adiós

Una mueca

Un alivio

Un nudo

Un abrazo

Un mundo

En un segundo

 

¡Mierda! Amor,

Aun consigues inquietarme,

Alterarme…

 

Aún…

 

Después de cien años

Seguiría siendo tuya…

 

La Suelta.