Fuera de juego.

No nos engañemos, no caigamos en esa autohipocresía, rincón de fantasía.

No querramos convencernos de lo que no es.

A ella no le interesa saber lo que es un fuera de juego, aunque algunas de nosotras lleguemos a comprenderlo (no digo que sea o no una de ellas).

No nos interesa realmente. Lo que nos gusta es veros explicarlo. Preguntároslo. Interrumpiros el glorioso minuto del partido. Y veros apasionados, o fastidiados, respondernos. Decorosos, fuera de sitio, cariñosos o cabreados.

Pero el fuera de juego, el porqué, no nos interesa. REALMENTE. ¡Confesad, chicas!

(alguna hay que sí lo entiende y se vanagloria de ello. Seguro que su hijo, hermano o novio juega al futbol… jejeje.)

Como a vosotros tampoco os importa lo que llevamos puesto. No es la ropa lo que os importa. O lo que os pone. Os gusta nuestra sonrisa, os preocupa su ausencia. No os molesta el kilo de más, os toca los cojones lo que a nosotras nos puede desestabilizar. Pero la ropa el conjunto o la falta de estilo os la pela. Realmente. Sed sinceros, también.

Bueno, quizás la falta de estilo, como tal, a algunos de vosotros os chirría porque os estáis volviendo quisquillosos, o también podéis reconocer que nosotras hemos conseguido pellizcar vuestra sensibilidad al gusto por la estética. O si vamos más allá os dáis cuenta de que un estilo estudiado es un arma de poder social encubierta, no reconocida. Pero esto es otro debate… o no?

Así que no nos llevemos a la mentira de la mano, mutuamente, recíprocamente.

Así que hablemos claro.

Ha sido fuera de juego. Ok. Punto. Porqué. ¿qué más da?

“¿Estoy guapa?” Siempre. Le gustas tanto como el primer día, o le pareces igual de aburrida que lo eras ayer. La ropa no cambia nada. Tu sonrisa, sí. Lo cambia todo. Tu hambre hará el resto.

Ella sólo quiere ser tu centro total y absoluto de atención. Y si te tiene que preguntar qué es un fuera de juego lo hará, aunque le importe tres cominos. Puedes, al responderle, pararte un segundo antes ante sus ojos sin maquillaje; tú serio, contundente y trascendental afirmar sereno: “eres la criatura más bonita que he mirado, princesa.”  Se olvidará del fuera de juego y se le maquillará en la carita la más luminosa de las sonrisas.

Creo que las cosas son sencillas pero las retorcemos.

La vida es fácil aunque sea dura.

Y nos escondemos, camuflamos en escusas; disimulamos nuestras inseguridades en prendas que no combinan con nuestra sonrisa, en preguntas de respuestas que no nos importan.

Porque lo que pone no es la frase, es el tono.

Lo que interesa no son los ojos es la mirada.

Ella seguirá preguntando qué es un fuera de juego. aunque debería buscar un minuto más idóneo… entiende el fondo. No atiendas la forma.

Pero cuando se ponga un vestido nuevo (aunque te la pele el vestido), cuando la inseguridad, que no suele saborear, le erice la autoestima,  por favor, mírala serio y con semblante orgulloso… Deja lo que estás haciendo y dile:

¡qué afortunado soy de tenerte, estás preciosa!

¿Es eso difícil?

Sólo pregunto.

 

Preguntona.

La Suelta.

 

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Reinventemos la vida.

A la mierda las formas.

El cómo lo digo,

La intención que arrastra.

El respeto que tuviera.

¿Qué más da una forma?

Cuando el fondo contiene tanto.

Cuando la intención está teñida de bondad,

Cosida con sueños,

Escrita por propósitos.

 

A la mierda la vida. ­

Aquel nosotros, el “debo”, el “cuánto”.

A la mierda todo lo que pensábamos que alcanzaríamos

y ni siquiera intentamos.

Somos y ya es mucho.

Tanto, hoy en día.

Estoy aquí frente a ti.

El resto no vale nada.

No quiero ser perfecta.

No quiero ser correcta.

Quiero ser feliz, quiero ser honesta.

El mañana lo desconozco.

El ayer se me antoja lejano.

Hoy: regalo presente.

 

A la mierda lo que esperabas de mí.

No quiero saber en qué te defraudé.

Ya nada me vale.

Poco importa.

 

A la mierda lo que soñé de ti

Pues la vida no es un sueño.

No quiero recordar aquello que de ti anhelaba.

Simplemente lastima. Duele.

 

A la mierda…

Mis lamentos serán lecciones.

Para construir nuevas alegrías.

Los errores son la señalética que nos guía

En los nuevos caminos.

En nuevas montañas.

Aquellas que escalaremos.

Juntos o por separado.

Pues el futuro es y seguirá siendo incierto.

Más allá del pasado,

Por encima de las formas.

Tan ligado a las intenciones.

Que morirías por reescribirlas.

 

A la mierda lo aprendido.

Partiendo de prejuicios absurdos.

De maestros ignorantes.

Con resultados erróneos.

Reinventemos la vida,

Las formas, el camino.

En base a nosotros.

 

Partiendo de ti.

Sabiendo a mí.

El pasado ya fue.

Y con este presente

Haremos nuestro el futuro.

Porque nos pertenece.

 

Honesta

La Suelta.

VIII. Blanca y Luis. Blanca…

Y así fue como Blanca en un abrir y cerrar de ojos se encontró viviendo en un piso que le era desconocido, con el amor de su vida, llena de ilusión y de necesidad de agradar.

Y ahí fue donde se equivocó. No debía agradarle a él. Sino estar bien el uno con el otro. Pero era demasiado inocente para poder darse cuenta. Lo arreglaba todo para que a él le gustara. Nunca se cuestionó qué quería ella para estar bien, qué la haría feliz a ella, sólo Víctor. Blanca se olvidó de Blanca y pensó y ordenó su vida por y para Víctor. Oía su vocecita interior, pero no la quería escuchar, no le hacía caso. La obviaba. La ignoraba. Ponía su mute interior. Pero el run run seguía.

Y así, sin pensarlo ni pretenderlo, sin planearlo, le entregó a Victor lo mejor de su vida, le entregó su inocencia, su pureza y su emoción por vivir. Se entregó a Víctor en una sucesión de fotogramas predecibles a cada cual más desteñido.

Víctor la conocía, sabía que tenía sobre sí la mirada permanente de Blanca, sabía que ella no daría un paso sin su consentimiento, la sabía suya, Blanca había abierto los ojos entre sus brazos y eso es muy difícil de ignorar. Blanca era tan suya como quisiera.

Debajo de las sábanas existían unos códigos preestablecidos desde el minuto cero que nadie cambió, ella no había estado con otro chico, todo se lo había enseñado Víctor. A ella le gustaba. Porque había un cachito de su mente que pensaba y presuponía que aquello debía agradarle, otro trocito de su ser se encogía, se preguntaba si aquello era el cielo que tanto había oído hablar. Ella se limitaba a dejarse hacer. Víctor deslizaba una mano debajo de las sábanas, alcanzaba las braguitas de Blanca, con la punta de los dedos la buscaba, la tanteaba y la masturbaba, le besaba la oreja, le susurraba alguna delicia en la esquina de su corazón. Y ella siempre se hablandaba, se entregaba. Y le dejaba hacer. El, unas veces delicadamente, otras con prisas, le bajaba las bragas y se subía encima de ella. Así él controlaba la situación, la posición, el gusto. Su propio placer, ponía la cadencia, la intensidad… Y con las palabras la tenía.

Al acabar siempre le preguntaba: ¿te ha gustado?  “sí, mucho, amor” ella nunca pensó en otra respuesta. Nunca dudó. Era Víctor. El resto humo.

Si él llegaba tarde, ella nunca preguntó. Si él no llegaba a cenar. Tampoco. Ella le permitió todo. Nunca dudó.

Cristina seguía buscándola, respondía. Pero poco más. Estaba. Pero no era Blanca. El resto del mundo lo sabía. Menos ella. Ella era feliz. Pensaba que hacía lo que debía.

Y en el cumpleaños de Luis, Luis le pidió salir de fiesta. Salir los dos solos. Para celebrar que se hacía mayor. Luis la quería para ella, suelta, suya de nuevo.

Blanca quería que Víctor viniera, pero en realidad Víctor no quería ir, puso una sútil escusa que en apariencia Blanca creyó, pero aquella Blanca silenciada sabía la verdad. Y programaron una noche de hermanos, un mano a mano, después se encontrarían con todos en un bar a tomar una copa.

Blanca se arregló para salir, mientras Víctor veía la tele. Se pintó, se perfumó, se puso tan guapa que dolía mirarla, ella era una criatura preciosa, sólo que ella nunca se creyó así, sólo cuando Víctor quería ella se lo podía creer algo, pero de una manera por y para él.

  • ¿así vas a ir? – le espetó Víctor nada más verla. La culpa de Blanca la encogió. La conciencia. Bajó los hombros. Se miró en el espejo y pensó que quizás sí aquella falda era demasiado corta. Se desaprobó a si misma, “parezco una fresca” – y esos morros rojos, nena. ¿Hay algo que deba saber?
  • Bueno…

Blanca volvió al cuarto, cambió la falda por unos pantalones, borró el carmín de sus labios, se dio un discreto brillo. Y se apagó la ilusión en su mirada. Se sintió mal. Quizás le había fallado.

Se acercó a Víctor para darle un beso.

  • No veo la tele, nena. – le puso la mejilla sin apartar la vista de la pantalla. Y refunfuñó: no vuelvas tarde. ¿De acuerdo?
  • Vale, cariño. Volveré pronto.

 

Salió por la puerta al frío de la calle, pero salió y por primera vez la brisa de la noche le supo a caricia, cogió aire. Y apartó sus pensamientos de un manotazo, les rugió que pararan. Que ella quería a aquel hombre. Que no era para tanto. Y salió por Luis, no por ella. Pero salió.

Luis la esperaba donde habían quedado, iba  tan guapo como el era: relleno de esa autoestima y seguridad que a ella le encantaba, cuando la vió se le iluminó la cara. y a Blanca se le coloreó el alma de alegría, el corazón de ternura y reconoció todo lo que quería a aquel gamberro. Su gamberro. Y empezó a tener ganas de pasárselo bien con él. Desde dentro una parte de Blanca decía gracias, gracias, gracias. Por arrastrarme, por venir a buscarme, por obligarme. Por seguir ahí enano. Pero en vez de todo eso, sólo dijo:

  • ¿qué haces sinvergüenza?
  • Aquí, esperando a mi princesa.

Aquella noche pasaron cosas, pero sobre todas, apareció Raquel en sus vidas.

Apareció como aparece la luna llena en pleno agosto, sin poder quitarle la mirada. Porque Raquel era mucha Raquel.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

VII. Blanca y Luis. Blanca… Victor… Luis…

La vida discurría ante sus morros, como discurre el tiempo: líquido inflexible, imposible pararlo, tampoco avanzar. Era. Poco más. Blanca dejó de lado a sus amigas, cada vez la veían menos, después menos. Sólo iba a clase, empezó en aquella época a hacer campanas y se escurría para estar con Víctor, se juraron la luna, se prometieron las estrellas y el tiempo.

Luis lo veía todo y preguntaba, recababa datos. Siempre había una pieza que no cuadraba, un dato. Pero permaneció en silencio, como optan las personas inteligentes. Podía saber, pero no cambiar el rumbo del corazón de Blanca.

Ella dejó de interesarse por los estudios, por su carrera, aprobaba porque no le costaba. La gente más allegada dejó de contar con ella, sólo su mejor amiga, Cristina, la seguía de cerca, seguía llamándola para quedar. Nunca tiró la toalla, si se puede decir así. Sabía que Blanca no era así. Que aquella versión de Blanca no era su Blanca.

Y una tarde de invierno, cuando ya llevaban casi un año, cuando la agenda, el tiempo, los gustos y la ropa de Blanca los marcaba la opinión, el juicio y el criterio de Víctor. Una tarde cualquiera Blanca preguntó:

  • ¿qué haremos el sábado? – súper ilusionada. Pues él la había sorprendido en cada paso, a cada propuesta. Víctor con la mirada ausente, ni la oyó. Ella tuvo que volver a preguntar.
  • ¡Víctor! – alzó la voz. El volvió con ella. La miró con el ceño fruncido, por haberle arrancado de sus pensamientos. – que… ¿qué haremos el sábado? Te he preguntado. – había bajado el tono de voz. Algo en Víctor la extrañó. – cariño…
  • Mira. Yo también quiero salir con mis amigos. – sabía que la hería, pero ese ceño fruncido no desvanecía la duda. La incertidumbre. – he de hacer vida social. ¡lo entiendes! ¿verdad?

Se levantó airoso del banco donde se sentaban, algo le incomodaba.

  • ¿Nos vamos para casa? – era una hora antes de lo habitual. Había algo extraño, que ella no entendía. Había algo… Blanca no entendía qué había hecho mal. Ella había dicho algo que le había incomodado. Estaba segura. Algo. Pero ¿el qué?

La acercó a su casa. Y sabiendo todo, como él sabía. La cogió de la barbilla. Y le miró a los ojos.

  • Nena, no me lo tengas en cuenta. Vale? No me encuentro bien. Eres y serás siempre mi muñeca. No lo olvides. – con esas simples y fáciles palabras ya la volvía a tener a sus pies, suya, confiada, entregada.-
  • Vale, cariño. No te preocupes.

El beso, fue el más seco y escueto beso que le hubiera dado. Apenas un micro segundo. Arrancó la moto y se fue.

A ella se le oprimió el corazón. Buscó y rebuscó entre sus palabras. Cual había sido el fallo.

La semana siguiente tenía exámenes finales. Se decidía mucho. Pero a ella le empezaban a dar igual. Víctor, Víctor. Poco más.

Empezó esa misma noche una idea para entregarse aún más, para darse, para cuidarlo, para hacerle sentir bien. No podía ser ella foco de malestar en Su Víctor. No debía quitarle.

 

Cuando entró en la habitación, Luis, la miró. Se fijó en ella. Y le comentó algo sobre papá y mamá… pero ella no respondió, no opinó, no dijo, no fue Blanca. Otra vez.

  • ¿Todo bien?
  • Sí, todo bien. Luis. ¿sabes qué he pensado?
  • ¿qué?
  • En irme a vivir con Víctor.
  • ¡pero qué dices! ¿BLANCA? Y no vas a seguir estudiando. ¿Qué harás? ¿Te mantendrá?
  • No, me pondré a trabajar, que para eso tengo dos manitas.

A Luis le pareció estar escuchando el final de una peli de miedo, como si un marciano hubiera entrado en el cuerpo y la mente de Blanca y la abdujera, como si hubieran borrado el entusiasmo de su hermana y se la llevaran, lejos, lejos.

Sabía que siempre había querido estudiar, ir a la universidad. Lo sabía, porque era su ilusión de niña. Quería estudiar veterinaria, cuidar animales, tener una granja. Y aparece ese tal Víctor y se lleva su ilusión, su vocación. Luis sentía que habían poseído a su hermana unos marcianos y todo lo que salía de aquella persona lo desconocía. Ella estaba ilusionada, los ojos le brillaban. Pero en realidad, estaba idiotamente enamorada. Estaba cegada. Anulada. No era ella. Aunque en lo más dentro de ella lo sabía.

La Blanca hipnotizada se negaba a permitir opinar a la Blanca mental.

Blanca sólo pensaba por y para Víctor. El resto no existía. Ni ella misma.

Le dio igual quedarse sola en casa un sábado por la noche, no recibió una llamada, un mensaje, hasta medianoche. Un emoticono con un besito. “Duerme bien, nena.”

Y eso la llenó.

La semana siguiente estaban haciendo planes de irse a vivir juntos.

Ella era tan buen plan que él no pudo decir que no. Pero algo chirriaba por los cuatro costados. Sin embargo, una cosa llevó a otra, el primer paso les llevó al segundo. Y cuando has dicho que vas a hacer algo, deshacerlo o desdecirlo, es peor que seguir hacia adelante. Nos lleve hacia donde nos lleve el camino.

Ninguno de los dos sabía. En menos tiempo del que pensaban encontraron un piso. Ella en apenas un mes acababa el bachiller y había apalabrado un trabajo de camarera en un bar del barrio.

Ella seguía ilusionada, los pasos que simplemente la acercaban a Víctor. El resto… nada.

Luis la ayudó en silencio. Pero la ayudó. La única manera de no perder a Blanca en aquella locura era estando a su lado.

Blanca oía su conciencia, la oía, pero no la escuchaba, lo sabía, pero hacía oídos sordos: no es un buen chico, no es un buen plan para ti. Y la Blanca hipnotizada respondía cabreada: le quiero. Le quiero y punto. Es el amor de mi vida.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

Vete al diablo, amor mío.

¿Qué pretendes, amor?
Viniendo a buscarme,
Besarme, crecerme.
Para después la nada:
Tu ausencia.
El maltrato.
El insulto
El desprecio.

¿Qué pretendes, cariño?
Amarme, deshacerme.
Desarmarme.
Para al minuto esfumarte.
No hablarme.
El silencio envuelto en frío.
Tu mirada repudiándome.

No me eleves, para después soltarme.
No me busques, para después esquivarme.
Me hago pequeña.
Indefensa.
Me convierto en idiota.
Entregada.
Tuya.
Ya no mía.
Ya no valgo. Ya no soy.

Y en esa esquina de angustia.
De menosprecio inmerecido.
Te miro. Te busco. Te pido.
Y tú, altivo, soberbio, impune, respondes, espetas:
“¿y ahora qué miras?”. Con odio. Repulsa.

Y el mundo al fondo.
Las voces. La gente.
Un tumulto de gente.
Lejana.
“¡Tu vales, mi niña.”!
No queda en mi fuerza para creerles.

Ahora vendrá el silencio.
Más tarde el éxtasis a ti envuelto.
Para después dejar paso a la angustia.
Tu repudia. Injusta. Inmerecida. Inevitable.

Un minuto después me lees, me adviertes.
Y te acercas sigiloso me levantas la cara.
Deslizas tus manos por mi cuello.
Te quedas a un centímetro.
Me miras. Dulce. Otra vez mío.
“¡Va, no hagas la tonta!”
Me besas. Como si fuera el primero.
Como si, ojala, fuera el último.
Me derrito. No pienso. No puedo.

Me anulas. Lo sé.
Imposible lucha.
Quiero huir.
Pero ni un músculo mío obedece.
Todos te temen.
Y mi alma espera sumisa tu próximo beso.
Porque tus besos me saben siempre a caramelo.

Desarmada.
La Suelta.

VI. Blanca y Luis. Luis y Víctor…

Luis conoció a Victor, una tarde cualquiera, merendaron juntos. Blanca, Luis y Victor. Invitó Víctor. Y Luis confirmó sus sospechas.
Victor fue en todo momento, atento, simpático, gracioso, o lo intentó, chulito, sobrado, súpero cariñoso con Blanca. No hubo nada que Luis pudiera pensar que Victor hubiera hecho mal esa tarde.
Pero algo, un no sabía qué, que venía de no sabía qué punto del estómago, le decía, “no te fíes”. Luis era muy intuitivo. Blanca era buena, muy buena, confiada, entregada, dócil, generosa. Luis no. Luis era selectivo, intuitivo, prespicaz, astuto. Y nunca se equivocaba. Con Victor quería equivocarse, quería pensar algo que no fuera, quería que Victor despejara su temor. Pero lo único que hizo fue subrayarlo más, reafirmarlo.
Era una especie de energía que hacía que Luis no se abriera.
En aquella merienda habló sobre todo Blanca, Blanca le contó a Víctor todas las cosas buenas de Luis, cosa que lo hizo sonrojar, Luis aguantó el tipo. Victor alabó y piropeo a Luis. Cosa que no era necesario si hubieran estado a solas, los dos lo sabían. Luis se creyó menos todos y cada uno de los piropos. Pero Blanca estaba encantada. Algo en Luis la hacía preocupar, pero oír a Victor la ponía tan contenta.

Y así llegaron a las despedidas, Luis hizo un esfuerzo por ser simpático, amable, diplomático. Lo hizo por Blanca, tenía que reconocerse a sí mismo que en la vida la había visto tan ilusionada, feliz, emocionada. No podía fallarle.

Cuando se quedaron a solas Blanca y Victor, Blanca se sentía enorme, grande, importante, completa. Su hermano, su niño conocía a su amor y para ella era lo más. En ese justo momento Victor soltó:
– Es un poco creidito, no? Tu hermano. – a Blanca aquel comentario le hirió en lo más hondo de su alma, de su estima, de su cariño. Algo, no sabía donde quedó en mute. Una mancha, un pero.
– No! Porqué dices eso? No le conoces! – Victor, entendió que en ese campo no debía meterse, tocar, criticar… si quería ganarse a Blanca y aún quedaba mucho por hacer.

Y pasaron las semanas, dulces, juntos. Pegados. Como cuando se entrelazan los dedos de una mano hasta ser una. Como cuando dos sintonías se acompasan y suena una. Sin saber cómo.
Yo sí sé cómo: Víctor estudió a Blanca, se acopló a ella, hizo y dijo lo que ella esperó de el. Y así fue como Blanca se enamoró hasta lo más hondo de su alma de Víctor, hasta pensar, sentir y defender que Víctor era y sería por siempre el amor de su vida, el motor de su existencia. La única persona sobre la faz de la tierra que podía leerle el pensamiento, sacar lo mejor de ella. Y en esas categóricas afirmaciones se olvidaba que de público y oyente a veces se colaba sin permiso Luis. Un Luis herido, resentido y apartado de su cariño.
La vida es así.
Víctor apartó sin pretenderlo a Blanca del abrazo de Luis. Luis la vio alejarse consolándose de que aquel chico la hacía feliz. Y se refugió, encerró y resintió con la vida, con el mundo y Víctor. A Blanca era incapaz de odiarla.
Un pelo complejo, retorcido. Como la vida.

Y un día, Blanca, amorosa, entregada, enamorada y suya le pidió a Victor encontrar el día, buscar el rato, el lugar. Rascar a sus agendas un cachito de privacidad, de intimidad.
¿hace falta que os cuente para qué?
Y esa noche fue la más dulce de sus noches, la más tierna de las miradas, las estrellas transcribieron sus sueños, porque en esos días, no había deseo ilusión o esperanza en Victor que él no transformase en realidad, se la materializase en sus narices.
Y Blanca no pudo más que enamorarse más y más. Hasta el borde último de la locura, hasta donde piensas que la conciencia ya no te posee, hasta donde las personas que más te quieren te importan un estornudo, porque su mundo, su existencia, sus prioridades pasaron a tener un nombre propio, un único nombre: Víctor. El resto humo.
Y aunque ese fue su fallo, aunque ese fuera su error, nadie, ninguna mujer, podría haber tomado otro camino, otro sentir. Porque Víctor fabricó ese sentimiento. Hasta ese punto, sólo había un camino. Un sentido.
Jodidamente enamorada de Victor. Sin remedio. Sin medida. Con toda la locura que hasta esos días ella desconocía.
Lo duro vendría después, lo difícil llegaría más tarde, el destino le enseñaría a Blanca la única manera de ser fuerte. Porque la otra opción no era opción.
Pero en esos días el camino era tan dulce que ninguna no lo habría dejado por recorrer, por degustar.
Porque el cielo siempre sabe a caramelo.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

V. Blanca y Luis. Blanca y Víctor…

Pasaron tres interminables días hasta que sonó el teléfono de Blanca a última hora de la tarde.
– ¡Bombón! ¿qué haces mañana?
A Blanca le dio un respingo el alma. Tardaron dos minutos en quedar, cinco en despedirse, el resto de la tarde para dejar de pensar el uno en el otro.
Sobra decir que en aquella primera cita él la hizo sufrir, sólo un poquito: alargó los silencios, se la quedaba mirando, no le pidió nada, sólo, simplemente, la hizo reír a carcajadas, al final de la cita, ella sencillamente se moría por un beso de aquella boca traviesa. En la esquina del último adiós ella se lo quedó mirando, suplicando que fuera él quien diera el paso. El llevaba frabicando aquella esperanza toda la tarde.
Y sonó el más suave de los besos.
Ella subió a casa. El se la quedó mirando.

El comienzo entre Blanca y Victor, fue dulce, tan dulce que hasta empalaga contároslo. Ella se quedó prendada de él desde el minuto cero, sentía ganas de estar con él todo el día, él le susurraba al oído todo lo que ella había soñado, no le quedaba ni un piropo por dedicarle, alguna tarde la apartaba a algún rincón escondido y le ponía canciones, simplemente. Ella se podía derretir, podríamos decir de amor, pero diremos de locura.
Un comienzo dulce, ilusionante, donde no había nada que ella deseara o esperara que él no hiciera. El se la hizo suya. Fue fácil, ella era predecible, bonita por dentro y por fuera, prendada de él. Él sólo debía hacer. Nada más.

Víctor era un listo, un bala perdida en aquel momento, sin ambición, con ganas de pasarlo bien, muy sentimental, era prespicaz y sabía leer la mirada mejor que un libro. Se te acercaba sin vergüenza, sin pudor, con descaro y con tanta simpatía que era imposible que te cayera mal. Era Victor. Todo el mundo lo quería a su lado, por fresco. Iba de vuelta por la vida. Sabía hacer lo que le daba la gana con las tías. Las traía loquitas. Pero con Blanca fue un tanto diferente desde el minuto cero. Blanca era pura, clara, buena, casi demasiado buena para él. Él no estaba a su altura. Lo sabía.
En ese momento de sus vidas, esquivaba los estudios con gracia, sorteaba la vida con un pelo de astucia, sin esfuerzo.
Su semana hasta ese momento se dividía entre los días en que iba y venía de clase, ayudaba en un taller mecánico para sacarse cuatro perras y esperar al viernes por la noche a que empezara el fin de semana.
Cuando conoció a Blanca los ratitos que tenían los pasaban juntos. Hasta que ella debía ir a casa. No quería tocarla, pero lo hacía, se moría de ganas de hacerlo con ella, pero sabía lo que era ella. Se limitó a esperar. A enamorarla.
Lo que pasó fue que ella empezó a evadirse, de las clases, de sus amigas, de casa.
El primero en darse cuenta fue Luis.
– Blanquita, no eres tú. Apenas te veo. Hace dos semanas que no cruzas más de dos palabras conmigo.
– No te inventes cosas, Luis. No es para tanto. – al responder Blanca con la más inmensa de las sonrisas. Luis, no se preocupó. Pero se quedó con la mosca detrás de la oreja. Había algo en Blanca que ya no era su Blanca, la mirada perdida. Comía poco, estudiaba menos. Y lo que más le tocaba las narices, aunque no lo quisiera reconocer, a él ni le veía, no le dedicaba atenciones. Luis estaba súper celoso, más que preocupado, pero eso era una afirmación que costaba aceptar.
Luis decidió dejar pasar los días. Sin dejar de mirar a su lucero ni por un momento. Luis no iba a permitirse perder su faro, su luz. En realidad, si ella era todo lo feliz que transmitía aquella sonrisa, no era para preocuparse.
Pero Luis era astuto, muy astuto.
Así que una noche, cuando se estaban poniendo a dormir. Luis le dijo a Blanca.
– Blanquita, ¿Por qué no me presentas a ese chico algún día? -A Blanca se le iluminó la cara, que Luis quisiera conocer a Victor, la llenaba de ilusión. -¿Cómo se llama? – continuó Luis.
– Oh! Luis! De veras! Qué ilusión, se llama Victor… trabaja a ratos en un taller…
Blanca se puso a hablar de Victor sin que Luis se lo hubiera pedido, Luis era el pequeño, pero era tan listo que la dejó hablar, atento, pero esperando a conocer a Victor para formarse una idea de él.

Blanca se durmió con una sonrisa de oreja a oreja. Luis también, sabiendo que hacía lo que debía. Y era el enano. Teóricamente.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.
La Suelta.

Ella… y el Lobo.

Caperucita se quedó sola muy pronto.
Su mamá estaba muy enferma y le dijo: Caperucita ves hasta el final del bosque allí encontrarás una casita, es la casita de la yaya. Ella te dará cariño, protección y alimento. Con ella no te faltará de nada. Lleva esta cesta de fruta y leche que le encanta. Y vigila por el bosque siempre puede haber lobos que acechan.
Ella salió sin entender la última frase.
No entendía el término “ten cuidado, vigila” nunca había sentido miedo.
Y salió contenta y saltando, ilusionada por encontrarse con su yaya.

Llevaba un tramo en el bosque cuando, de repente, apareció un lobo, un lobo escuálido, hambriento y rabioso, de ojos grises y profundos. Mirada incisiva, penetrante e inquietante.
Era un lobo de gran tamaño, enormes colmillos y potentes fauces. Pero a ella no le inspiraba miedo.
Al contrario. Le inspiraba, abrazarlo, cogerlo y llevárselo con ella.
El lobo enseñó sus colmillos. Su fiereza. Gruñó y le advirtió: ten cuidado conmigo.
Hubo un silencio.
Y ella le preguntó: ¿me acompañas?
Y así fue como caperucita inició el camino con el lobo hasta la casa de la abuelita.

El lobo en ese momento pensó: esta niñata de los cojones ya me ha descuajeringao el cuento. Pero no puedo dejarla sola.
Algo se lo impedía.
Gruñía y refunfuñaba. Pero no se apartaba un centímetro de su vera.

Ella lo miraba divertida: me habían dicho que me podía encontrar lobos voraces, peligrosos y con grandes garras. Pero tú no pareces uno de ellos, sólo gruñes. Sólo refunfuñas. ¿Seguro que eres un lobo?
El se la quedaba mirando, altivo y ofendido.
Si supiera caperucita a cuantas niñas como ella había devorado.
Pero a ella no podía tocarle un pelo, no podía siquiera sacarle las garras.

Entonces ella divertida y traviesa se apartó del camino y se adentró en el bosque.
Él levantó las cejas, irguió las orejas, alertó sus sentidos.
Ella se puso a hacer pipi y la miró gamberra. Él no la miraba a ella, miraba al fondo del bosque, la maleza. Mirada seria. Ella le buscaba. Él solo guardaba que ningún otro lobo acechara desde el fondo de la arboleda.

Retomaron el camino.
Quedaba poco para llegar. Ella se sentó y él se la quedó mirando.
No había nada en esa mirada de lobo fiero.
No quedaba rastro de la hambruna cruel.
Sólo se veía a un lobo cuidando de una criatura.
Una gamberra niña, no tan niña. Que lo traía loco.

Entró a casa de la yaya: “yaya, yaya!!” no vió a nadie. No oyó a nadie.
Cayó la noche. No se oían ruidos. Y el lobo quedó esperando fuera en el porche, mientras la niña dentro buscaba a su abuelita.
Cayó la noche. Se cerró la luz. Se extendieron las estrellas y brindó la luna.
Y ella cayó rendida. Y en sueños gimió. Gimió y lloró. Por la soledad. Por la tristeza.
No por el miedo.
El lobo no pudo más oír ese llanto y entró, entró a calmarla, cuidarla, abrigarla.
Y se coló en su cama.
Se abrazó a su niña, la niña de mirada gamberra, pelo alborotado y sonrisa traviesa. Y por un minuto de gloria se dejó llevar. Las garras ya no eran garras. El hambre pasó a ser cariño y la niña no se sintió ni tan niña ni tan triste.
El lobo metió la mano debajo de su falda…
Y el resto lo hizo la noche. El deseo y la atracción.
Fue la noche más larga, más corta, más deliciosa e intensa.
La más cierta de las verdades.

Imaginativa
La Suelta.

IV. Blanca y Luis. Blanca y Víctor…

Fue al cumplir 17 años, aquella noche de sábado Blanca se pintó los ojos por primera vez, se dio un brillo a los labios y se vistió una minifalda negra que le quedaba de vicio, había quedado con dos amigas para celebrar su cumple e ir a una fiesta de unos amigos a las afueras. Su padre la vió irse y algo le dio un respingo, su niña no tan niña, su pequeña gran mujer saliendo de casa a los peligros de la noche, desde su punto de vista de padre orgulloso, protector pero sobre todo defensor de su pequeña. Mataría si alguien le tocaba una pestaña. Solo pensar en ello le revolvía el estómago. Se volvió hacia el periódico, intentando apartar los pensamientos negativos, nada le pasaría a su pequeña Blanca, la más hermosa de las criaturas.

Era media noche cuando sus amigas y Blanca entraron en casa de aquellos amigos. Ella no conocía a nadie. Todos fumaban o hacía como que fumaban, no le apetecía ni una cosa ni la otra. Su amiga Cristina le espetó: “venga Blanca no seas tan buena, no te hagas la aburrida y dale una calada!” Blanca por no discutir y con su combinado en vaso de plástico salió a la calle a que le diera el aire. Se apoyó en la barrera de la casa a ver pasar la luna, los coches y el tiempo, le quedaban dos horas para volver a casa a la hora convenida. Cuando se acercaron unas motos haciendo más ruido de lo necesario. Pararon y cinco chicos entraron en la fiesta. Y el último paró delante de Blanca. Se la quedó mirando, sonrió divertido. La situación al chico le gustaba.
Obvio.
Ella se incomodó, sonrojó pero en el fondo le gustaba. El chico era guapísimo. Con cara de pillo. Una chaqueta desgastada. No muy alto. Hombros anchos. Miró al suelo. Pensó y al levantar la cabeza se acercó a Blanca. Se quedó a dos palmos de ella.
– ¿Qué haces aquí sola, muñeca?
¿¡Qué macarra era aquel que con aquella desfachatez le entraba y hablaba de aquella manera!?
Él cogió de la solapa de la chaqueta de Blanca y muy despacio le abrochó los dos botones de arriba, mirándosela. Entre desafiante, juguetón y divertido.
Y se quedó allí.
Blanca notó cómo le escocían las mejillas. Cómo le hervían. Y cómo le atraía ese chico. Sobre todo esa mirada traviesa. Escalofrío. Sonrió.
– ¿es aburrida la fiesta?
– … – Blanca os juro que quería responder. Quería contar alguna cosa. Emitir algún sonido. Pero no pudo. Era como si hubiera bajado Dios a saludarla. Ese chico se alejaba tanto de la idea que rondaba o se había formado en su cabeza. No tenía nada que ver con lo que papa esperaba del que fuera su chico. Pero allí estaba ella, mirándoselo como si hubiera visto un fantasma. Con esa chulería, ese atrevimiento. Era luz. Y brillaba. Entonces sonrió con la más iluminada de las sonrisas. Y entonces él se rio. Y dijo:
– Eres lo más expresivo que he visto nunca, pequeña. Me llamo Víctor. ¿y tú?
– Blanca.
– No podías tener otro nombre. Te lo clavaron. Tienes unos ojos increíbles. Debes de llevarlos locos a todos.
Era la primera vez en su vida que alguien le decía que tenía unos ojos bonitos. Se sorprendió. Y se puso roja. Él lo notó. Soltó una carcajada.
– Oye, Blanca… mmm me encanta tu nombre. ¿puedo sentarme a tu lado?
– Claro. No te tengo visto.
– Bueno, tú debes estudiar, ir a clase, salir con amigas los domingos… no creo que nos pudiéramos encontrar. Verás: no me gustaba estudiar y decidí ponerme a trabajar con 16 años, trabajo en un taller de coches. Y así también ayudo a mi madre…
A Blanca le pareció entre horrible que un chico como aquel no estuviera estudiando y honrable que ayudara con ello a su madre. Algo dentro de ella le decía: esquívalo. Otra parte de ella ansiaba por comérselo a bocados. Pero no sabía cómo se hacía, como se lo hacía saber a él para que fuera él el que diera el paso…
Pero que no estudiara. Que lo dijera así. A ella el sólo hecho de suspender un examen le hacía entrar en estado de pánico.
– No me estás escuchando, ¿verdad? -él había seguido hablando, explicándole, pero vio que ella tenía la mirada en el infinito, después o por algo que él dijo. – Bueno, vale, ya te hablaré de algo divertido. Voy a hacer que te rías…
Víctor se puso en pie y le contó una anécdota en la que se vio envuelto sin comerlo ni beberlo, lo escenificó, él inocente, pobrecito y desgraciado, por culpa de su primo. Blanca no podía parar de reír. Qué gracioso era. Encima. Miró el reloj… ¡quedaban 20 minutos para llegar a casa y su casa estaba como a 15 minutos en coche! Dio un salto. – debo irme. Ya. ¡O me matan en casa!
– ¿puedo llevarte yo a tu casa?
Blanca dejó a sus amigas con la respuesta sin emitir en la boca y se largó en 2 minutos de la fiesta en la moto de Victor, una moto un poco vieja, pero a ella le pareció encantadora, molona. Se sentó y se abrazó a él. Se ablandó.
El trayecto deseó que no acabara nunca. Quiso que se alargara en la noche, en la madrugada, hasta pasado mañana. Se había reído tanto…
Le fue indicando hasta que paró debajo del portal. Bajó de la moto y se lo quedó mirando.
Victor le ofreció la mejilla para despedirse. Ella le besó en el trocito de piel que hay justo al lado de los labios. Y al voltear las dos cabezas se quedaron mirando a los ojos y Victor fue quien besó su otra mejilla.

– Dime tu teléfono, bombón. Quiero poder llamarte.
Ella lo dijo de carrerilla, pensó así no se acordará. El no apuntó, no repitió, no dijo nada, sonrió arrancó y se fue.
Ella subió a casa, despacio, como si al subir cerrara la noche y eso era lo que precisamente no quería. No sabía si le volvería a ver, si en realidad él había sentido una esquina de lo que ella había sentido. Incertidumbre.
Entró en su habitación. Pasaban 10 minutos. Luis se incorporó y se la miró inquisitivo. “buenas noches, Luis.” Blanca se puso el pijama, se metió en la cama y se giró hacia la pared. Había olvidado besar su frente, dedicarle una sonrisa. Luis frunció el ceño y se puso a dormir.
Aquella noche Victor entró en la mente de Blanca para quedarse.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

III. Blanca y Luis. Luis. Ese rubiales de ojos verdes.

Luis era un niño rubio de ojos verdes que hacía las delicias de las vecinas, de las tías, de la abuela y hasta del panadero.
Era un rubiales con mucha gracia, un golfillo desvergonzado que arrancaba la sonrisa a la persona que tuviera delante.
Ya era un mostrenco en el cochecito, un bebé que ni hablaba, pero si su hermana Blanca le pedía: “sonríe Luis”, él sonreía con la sonrisa más falsa, forzada y graciosa que podía ponerte un niño. Para contentar a la vecina, conocida o quien fuera. Siempre mujeres.
Pero eran un dúo bien avenido, porque antes de pedírselo, Blanca se lo quedaba mirando, no hacían ningún gesto, no había un guiño, nada.
Sólo se miraban unos segundos y ella podía girarse a la persona con la que estuviera presentando a su tesoro y sin más explicaciones le soltaba: “hoy Luis no tiene ganas de ser simpático.” En un gesto de protección hacia “su pequeño”. Enternecedor. Protector.

Y otras veces le hacía hacer todas las monerías habidas y por haber.
Luis le gustaba obedecer a Blanca y llevar la contraria al resto del mundo. Porque Blanca tenía una capacidad de leer su más íntimo estado de ánimo y eso le daba seguridad. Sabía que la hacía sentir importante.

Era un crío con desparpajo, bajaba la ventanilla del coche y saludaba a la gente aunque no la conociera. A las camareras no tenía ni tres años y les decía “guapa”. Y ellas se derretían y hacían todo lo que él pedía, para desesperación de sus padres. Blanca solamente sonreía encandilada. Sabía el poder que irradiaba ese enano. En cuanto la camarera se giraba y se iba. Luis se giraba a Blanca y le decía “tu, princesa guapa” algo que enternecía a Blanca hasta el límite.

Entró en el colegio el primer día con las manos en los bolsillos como si fuera a comprar pipas, se despidió de sus padres, tranquilamente, porque sabía que en el patio estaría Blanca. Lo demás le traía al pairo.

Se paseaba por el mundo como el que se siente invencible, gracioso, encantador e intocable. Así se lo hizo creer su hermana.
Y así le repetían las mujeres, tías, primas y amigas de su madre y hermana.
Luis tenía un objetivo en la vida, o eso desprendía con 3 años, pasárselo bien. Hacía más o menos lo que le decían. Pero si no le apetecía comer verdura, no comía verdura. Ya podían castigarle. Chantajearle. Obligarle. Él no comía verduras. Simplemente. Si decidía que tenía calor no se ponía la chaqueta, aunque el resto de personas que le rodearan ya se abrigaban por tiempo frío según la mayoría de la sociedad. Él no se abrigaba y si se lo ponían se alejaba, se lo quitaba y lo tiraba en el suelo. Para después mirar desafiante a su madre. Blanca nunca le pidió que se pusiera la chaqueta, ella la aguantaba, para cuando el sintiera frío correr a ponérsela.

Tenía amigos, coleguillas. Su gran amigo Tomás. Era el intocable. De pequeñito ya dijo Mi Tomás y otros amigos. No tenían ni tres años cuando se encontraron en p3 y ya se reconocieron el uno al otro. Fue mirarse y ponerse a reír. Como si el mundo no existiera. Como si sus códigos fueran suyos y de nadie más. Cogían una pelota y se inventaban un juego. Reían, chutaban, se escondían, reían y corrían el uno detrás del otro.
Podían separarlos por hablar en clase. Podían castigarlos. Pero entre ellos nada cambiaba. A veces se peleaban. Blanca siempre recordará aquel día a la salida del colegio:
– Luis, estás triste.
– Lo sé. Me he enfadado con Tomas.
– Pero sois amigos.
– Claro, Blanquita, siempre seremos amigos, pero enfadarse con un amigo pone triste.

Fue una reflexión tan madura para un niño, que dejo a Blanca sin palabras. Un rato más tarde en el parque habían hecho las paces y eran tan amigos como siempre.
Blanca se acercó y preguntó:
– ¿ya volvéis a ser amigos? – era tierna la estampa de Luis con el brazo por encima de la espalda de Tomas, tan colegas.
– Siempre seremos amigos, Blanquita.
Luis creció como niño, como chaval, tenía tanto éxito entre las chicas que se agobiaba. Nunca le gustó ninguna en la etapa del colegio. Le divertía gustar. Divertir. Pero él tenía que pasárselo bien. Y ellas querían jugar a ser novios. Y eso le agobiaba. Era un punto gracioso.
Luis nunca se enamoró hasta que conoció a Raquel. Pero eso sería mucho más adelante.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.