Mi visita al especialista.

Me duele aquí, ay no, me duele aquí. Pero a veces pienso que debe haberse pasado al otro lado. Y cuando noto un quemazón en la espalda… Pienso que será… lo peor.

Me planto en consulta del especialista. Lo reconozco: tengo un puntito de hipocondríaca. Me he sacado la tarjetita de la mutua y es lo más. Pido hora cada semana con algún especialista. Y hoy estoy convencida de tener algo muy chungo. Mucho. Me siento en su consulta. La miro:

Tía borde, altiva, perfecta, bella, colocada. Seguramente conocedora del tema. Eminencia. Lumbreras. Empollona de pequeña. Fijo. Con la barbilla ligeramente levantada. Una ceja más levantada de la cuenta. ¿O es mi sensación? Ay ya no sé. Las tías tan perfectas me tiran para atrás. Deberían saberlo e intentar ser más amables… así la sensación de inalcanzable no sabe a desagradable.

Tono sabelotodo… vamos mal.

Me mira y escucha con condescendencia.

–          Pues como le decía, Doctora, cuando me duele estoy segura que tiene que ver con la medula, porque noto…

–          Sabré yo lo que le pasa, señorita.

–          Es que me duele y creo que debe ser.

–          Aquí la que cree soy yo…

Silencio incómodo.

Vuelvo a intentar un par de veces más explicarme, siempre con mi suposición de coletilla, y tantas veces me ha ninguneado. O no ha dicho nada, literalmente feo, denunciable. Pero sí: estoy sensible y asustada. Pero a la tercera ha apretado el botón de cabreada… y por ahí no paso:

–          Mire bien, señorita, yo aquí soy la que no sé. Por eso vengo a Usted. Aquí a mi es a quien me duele, me molesta y sí, me asusta, ligeramente, el tema. Que ¿quizá sea un pedo o una almorrana? Puede. Pero usted, en vez de preocuparse si su melena está bien colocada o de que esta pobre ignorante le dé tanto la tabarra, le alargue la consulta o le invada su tiempo, debería preocuparse de encontrar el tono de voz justo que me haga sentir a gusto, en buenas manos, sensiblemente atendida y aplacando mis miedos sin hacerme sentir un gusanito con monstruos en mi cabeza. Porque no sé si recuerda que al fin y al cabo aquí la paciente soy yo. Su tiempo, poco o mucho, mientras esté en su consulta es mío. Y hacerme esperar, por gusto, es simplemente un gesto de mala educación. Y no es Usted un ejemplo representativo, porque he ido a otras consultas donde me han tratado con infinita más delicadeza, donde han comprendido mis tontos miedos. Y los han apartado con una sabia y honesta explicación. Con delicadeza y sin toda la soberbia que a usted le sobra. Espero que cuando salga de esta consulta su timbre, color y alegría varíen. Porque si no, la compadezco a Usted y a los que tienen el gusto de rodearla. Buenos días.

–          No, disculpe, creo que no nos hemos entendido. Si me permite, volveremos a empezar: buenos días, encantada de atenderla. Las molestias de las que me hablaba… ¿podría relatármelas para que pueda hacerme una idea a lo que podría ser debido?

Podría decir que está basada en hechos reales, pero… ya me gustaría.

Porque ninguna de las veces que me he sentido subestimada o ninguneada, he tenido la claridad de ideas para responder al momento. Lo veo 24 horas más tarde, fuera de situación. Ya tarde. Y la oyente ya no está.

Pero todo esto es lo que me dejé por decir y ahora puedo escribir.

Airosa

La suelta.

Eres lo más…

La canción de salsa de Marc Anthony inunda la discoteca, tú sabes moverte como los ángeles, contoneas la cintura, bailas las piernas en perfecta sintonía, se mueven los pies en ese canto sensual y tu culito sigue el ritmo extraordinariamente, controlas tus pechos y los mueves en círculos. La salsa inunda tu cuerpo, te mueves casi tan bien como tu profesora de aeróbic, sabes que estás haciendo los mismos movimientos, controlas, lo llevas en la sangre, en tu cuerpo, en los genes. La música posee tus músculos y tú te dejas llevar.

Desde el fondo de la discoteca se acerca el mismísimo Rubén Cortada, moviéndose salsón, mirándote sugerente. Te está desnudando con la mirada. Y tú, interiormente, te dejas. Como baila este tipo, te puede. Te deshaces. Pero le sigues el rollo y sigue acercándose, se queda a un metro mirándote. Bailáis a la vez. Un mambo, una vuelta, un meneíto de culo. Los brazos al aire. Te sale divino. Eres la mismísima. Lo más. Y la música te moja, te colorea. Te dejas llevar. Se acerca peligroso, se pone a un palmo de tu cara. Te mira guasón. Se acerca… Bailas en el mismo centímetro cuadrado. Esperándolo. Se sonríe infinitamente sexy. Te coge de las manos y bailáis una juntos. Como si lo hubierais hecho toda la vida. Como si la salsa la hubieran creado para vosotros. Levitas. Vuelas. Te elevas. Él te gira, te pone de espaldas. Movéis el culo en el mismo círculo paralelo. Mismo ritmo. Te pone la mano en el hombro, la baja por debajo de tu blusa, la desliza entre el sostén y tu piel erizada. Le notas. Seguís bailando. Él será Rubén Cortada, pero tú te sientes la mismísima Jennifer López… como mínimo. Y en un cambio de ritmo de la canción te gira poniéndote de frente, te mira. Te reta. En realidad lo deseas: deseas que se acerque y te bese, te coja de la mano y te lleve, a su casa, al coche, a la esquina. Pero que te lleve. Te sientes húmeda. Pero sigues bailando. Te separas y bailas para él. Te contoneas… se da cuenta. Tonto no es. Te coge de la mano y te lleva. Te saca de la discoteca.

Se oye un perro. ¡GUAU! ¡GUAU! … ¡GUAU! ¡GUAU! ¿Un perro? Parece el perro de mi vecino… ¡es el perro de mi vecino!

Entonces despiertas, te das cuenta que estabas soñando y estabas a puntito de irte a la cama con el mismísimo Ruben Cortada, me cago en tooo lo que se menea… voy a intentar volver a dormir a ver si recupero un cachito del Cortada… ¡GUAU! ¡GUAU! Me sigo cagando en tooo… ¡aaaaix! Mira que es pequeño el perro… me giro, me tapo con el cojín. Nada. Rubén Cortada ha desaparecido. No hay salsa. Vuelvo a ser el cuerpo palo que no sabe mover los pectorales independientes de su cuerpo, ni mover el culito en el plano horizontal como si fuera fácil. Vuelvo a ser La Suelta. Es lo que hay. Y mi profesora de aeróbic vuelve a saber más que yo…

Resignada, te das la vuelta en la cama. Aquella que compartes desde hace mil años con tu cari, tu bollito, tu amor, tu nene. Te preguntas si soñar al límite con el Ruben Cortada será infidelidad…

Te giras bajo la colcha y un brazo pesado y dormido cae sobre ti. Baja a tu entrepierna. Con bravura, honestidad. Ni rastro de las letras d.e.l.i.c.a.d.e.z.a

Se escucha un pedo.

Y a continuación un crudo y honesto: “reina, estoy muy cachondo…”

La sensualidad y erotismo que rezumabas en la discoteca con Ruben Cortada se esfuman como la niebla al salir el sol.

Desaparecen. No queda nada.

Y es que la sensualidad y la realidad a veces parecen llevarse fatal…

Pretendes buscar una continuación suave, dulce, delicada. Pero con semejante comienzo son brutales las posibilidades. Sospechas que nada sútiles.

 

Infiel… en sueños.

La suelta.

Amistad. Extraño sentimiento.

Cachondo pegamento, unión escogida, cerveza a pachas, pena compartida, risa fácil, broma a medias.

No sabría pensar en un solo tipo de amistad.

Tenemos varias “mi mejor amiga” más de un “amigo del alma”.

Pues la amistad no respeta edades, sexos, ni lenguas.

Le da lo mismo si vienes del norte o del sur.

Si eres chica o chico, si te gustan los tíos o las tías.

La amistad es más noble. Más invisible, más guasona.

La amistad es química pura.

Tengo amigas que me leen la mirada, la risa o la imaginación por adelantado.

Amigas con las que puedes contar para lo que sea.

Las amigas te hacen sentir bien. Muchas veces las admiras, las agradeces y hay momentos que sientes no merecértelas. Son como angelitos de la guarda que cuidan de ti. No sabes porqué pero los duendes del positivismo inundan vuestras conversas y al acabar te sientes ligeramente elevada.

No sabes bien porqué.

Ellas arrasan con la palabra generosidad, se llevan por delante la empatía y reinventan el optimismo. Tiran de ti cuando estás abajo, te entienden y minimizan el problemón. Ya puedes estar metida en aquello insalvable, indoblegable o difícil. Ellas le dan la vuelta.

La amistad surge en algún punto del camino. Y si el amor es magia la amistad es pura dinamita. Surge. No sabes muy bien porqué. Coinciden el sentido del humor, los gustos y hasta los vicios. Coinciden y por qué no compartirlos, debe pensar el destino. Nos mira divertido.

Adoro a esas amigas que recuerdan tu última preocupación, nimia para la vida que vivimos, pero tu preocupación al fin y al cabo. Están, escuchan, se preocupan por ti y te lo expresan. Y en ese momento sientes que escogiste bien. Que no sabes bien qué les aportas tú. Pero te sientes agradecida de que te encontraran en su camino.

Aquella amiga que escucha atentamente.

La amistad es rara, es inmensa, necesaria. Curativa.

La amistad nos elige, nos cuida, nos mejora.

Alguna que otra vez la cagamos, podemos herirla. Pero si hay esencia vuelve a nosotros cual paloma mensajera. Devolviéndonos la palabra perdón tiernamente envuelta en papel de celofán, para ser desenvuelta, como un vestido de gasa y ponérnoslo para salir a bailar… el más dulce de los bailes.

La amistad es vitamina. Es soporte. Perfume. Droga pura.

La amistad es simplemente un espejo que nos devuelve nuestra mejor versión. Nos tunea y transforma en aquello que siempre quisimos ser.

Gracias por estar allí, Sueltas, ángeles, amigos y amigas.

 

Agradecida.

La Suelta.

Estilo

Estas deprimidísima. Si existiera un superlativo superior lo utilizaría. No hay mejoras.  Ni un duro en cuenta y boda inminente de compromiso high level… es otra liga. Son la Champions. Lo galáctico. La súper liga. Y tú sin opción ni de vestuario, ni de complementos… existe la palabra depresión pero tú la estás reinventando. Reescribiendo. Dándole la vuelta.

Masoca te llamas, porque mientras te recreas en el nada tengo, nada soy, nada seré.  Menos valgo. Hojeas una revista fashion-cool. Donde ellas no pasan de la 36 no miden menos de 1,80 y aunque puedas refugiarte en que existe photoshop que no existen mujeres así.  Que tú eres la realidad  bla bla… ellas aparecen inmensas, tremendas, insultantemente sexys, para recordarte que el mundo puede ser en rosa y lila. Mundo irreal por supuesto…

Piensas en tus curvas olvidadas debajo de camisetas y tejanos.

Desmerecida. Subestimada. Casera.

Te deleitas en las últimas propuestas de temporada de Louis Vuitton, de Chanel, de Dior… y es que hasta los nombres tienen Charme… los zapatos serán Manolo pero se apellidan Blahnik… ¡claro!

Y caes en una página que llama tu atención, secuestra tu mirada.  No te deja ir.

Ves una modelo envuelta en vestido de tubo. Alta costura. Peinado recogido.  Maquillaje misterioso… y ese vestido… ese estampado… será última temporada… pero jurarías que te suena tanto como la canción de comedor del colegio. Conocido. Tuyo. Sobado. Olvidado y guardado…

Y caes en la cuenta que hay algo en el trastero que podría ser si no lo mismo, primo hermano.

Vas directa al trastero. Buscas y rebuscas entre cajas olvidadas y allí está el forro del antiguo sofá de casa. Bien cuidado, envuelto en una sábana, sin rotos. Increíble pero cierto. Idéntico al modelo de la revista. Lo abres: patronaje grande… se pueden hacer muchas cosas. Sueñas. Y te ríes de ti misma, de tu propia imaginación. De tu idea. Descarada. Irreverente. Como la vida.

Te vas directa a visitar a la yaya. A tu yaya del alma. Con una cajita de pastitas de té. Sus preferidas.

“Yaya, yayita, mi yaya, me has de hacer un favor…”

Patronáis un vestido tubo que ni Chanel… la yaya está orgullosísima de hacerle un vestido a su nieta. Tú orgullosa de semejante idea.

Vestido ceñido a tu cuerpo, cuello de barco, tres cuartos de manga. Se te antoja elegante incluso. Requisas taconazo a tu madre, pides ese clutch dorado a tu amiga, preparas el mismo recogido despeinado que te pones para limpiar la cocina y los baños, cuidadamente ensamblado con un lápiz de grafito dorado, que te ha costado horrores encontrar: 7€.

Maquillaje misterioso calcadito al de la revista.

Lista para la boda. Sales del baño y tu chico se te queda mirando, como si no te reconociera. Él que no sabe de moda, ni lo intenta. Él que advierte un escotazo, pero no un modelo Prêt-à-porter… te mira y embobado sonríe. Y emite sin atisbo de falsedad: “¡estás guapísima, cariño!” Te inflas. “No pareces tú.”  Te desinflas. Pero no tienes tiempo de ofenderte.

Viene y te quiere dar un beso: “¡No, que voy maquillada!”.

Él, orgulloso de llevarte. Tú reconvertida en divina.

Ya en el cocktail. Oyes murmurar a tus espaldas: “¿has visto? ¡Es un Chanel! juraría que de la última temporada…”

Levantas la barbilla miras al cielo y te dices que hoy serás tú la princesa de tus sueños. Que ni Almodóvar saca un vestido del trastero y pasa por Prêt-à-porter…

Vestida para la ocasión: 7€ del lapicero dorado más las pastitas para la yaya.

Pasar por princesa embutida en Chanel: No tiene precio.

 

Reinventando

La Suelta.

Hoy me emborracho

Has tenido un día horrible de trabajo, el día no acababa nunca, lo que habías hecho no servía para nada ni para nadie(que es diferente) el cielo sigue gris, aunque no haya ni una nubecita, quieres desaparecer de la faz de la tierra.

Viernes, 19.30h.  llegas a casa y le sueltas a tu novio nada más verle: ¡hoy me emborracho!. Nunca es la solución, pero sí la salida de emergencia.

Y él contesta: yo me apunto.

Vaya, resulta que vivías con un alcohólico y tú sin saberlo. Pues venga: Llamas a otra pareja, montas un plan P.R. Pizzas Rápidas y a beber se ha dicho, empezáis en casa, con las primeras birritas os sacudís la tensión cervical que te produce el jefe, con las segundas birritas empiezas a despotricar de tu compañera de oficina, aquella que lo sabe todo pero no hace nada. Si trabajara e hiciera todo lo que dice que sabe hacer, se acababa como mínimo el hambre en el mundo. Ya no quedan pizzas, ni compañeras que despellejar, ni birras… queda la calle. Son las 22.30.

En el bar del barrio habéis quedado con unos amigos del grupo, uno de ellos homosexual, el cual es un encanto, de día y de noche, en cualquier momento y situación, le adoras. Pero son las 22.45 y ya vais en ese puntito inmejorable, donde todo te parece genial, cualquier plan es el mejor del mundo y te sientes grandiosa, elevada, tremenda, gigante. ¡Hoy vas a merendarte el mundo! Y te pasas al cubata, hoy no pasa nada si mezclamos y no pasa nada si nos dan garrafón y menos pasa si tu novio no lleva un punto lleva un puntazo y le toca en gesto de afecto, aprecio, colegueo el culo a tu amigo homosexual, todo es guay. El camarero te parece tu amigo del alma, guasón y simpático. Le invitarías a comer a tu casa ¡guapos todos!

Sientes que tu puntito se ha convertido en punto cebollón, ese en que no acabas de conseguir pronunciar las palabras que acuden en tropel a tu cabeza, a tu lengua no le da tiempo a pronunciarlas, joder, qué velocidad el cerebro, levantas la mano, pidiendo al otro borracho que te escucha que se espere, la música está tan alta que es imposible físicamente que la onda del sonido de tu palabra llegue a su oído con una capacidad de audición ínfima a la profundidad del tema. Y las palabras siguen acudiendo a tu lengua.

Y tú: “te decía que, creo que eres ese amigo que siempre he querido tener, porque la vida es inconmensurable… y eso…” por el rabillo del ojo tu novio le da un beso en la mejilla a tu amigo homosexual, tu puntito hace raaato que paso a la siguiente estación y te das cuenta en ese preciso momento que en toda la noche, no te ha hecho p.caso, que no eres tú quien para que pasen de ti. Te levantas sin mediar palabra y dejas a tu amigo del alma con la palabra en la boca, con el sonido de tus balbuceos en su oreja o procesándolas en su cerebelo inundado.

Siguiente imagen: tú histérica cantándole las cuarenta, tu novio con cara de no entender qué había hecho mal, sin saber qué hacer, tambaleándose sobre su eje vertical y siguiéndote a la salida del bar llevando tu chaqueta en la mano.

Es curioso: los pedos pedísimos nunca tienen frío. En pleno invierno y podemos ir todas descocadas, con taconazos, medias finas y el abrigo en ese momento “no es necesario”. Perdonad la curiosidad.

Lo que quieres es una explicación, pero tu novio no está borracho, está… lo siguiente. Y te sigue en modo serpiente=arrastrándose y haciendo S’s. Tú delante airosa, cabreada como una mona, orgullosa, tropezándote con los bordes de las aceras, pero muuuuy enfadada.

Llegáis a casa deja tu chaqueta en la silla pero la vertical de la chaqueta coincide con el suelo. Va al baño a “hacer un pipi interminable” y… (piensas: vendrá a hablar conmigo) tú estás arrebujada en el sofá esperando el consuelo del hombre que la ha cagado mucho.

Piensas: no recuerdas porqué te enfadaste, te duele mucho la cabeza, el sofá está duro y sólo son la 1.40!! Esto ha sido una borrachera express. Y ves cómo del baño, sin atisbo de duda, se lanza en horizontal en la cama, vestido, sobado y k.o. absoluto. Pasa de ti.  La cabeza te da vueltas.

Y te quedas pensando ¿qué puedes hacer? Vas hacia la habitación, abres la puerta con estruendo innecesario, coges la colcha y le espetas: yo no puedo dormir aquí: ¡¡con un borracho!!! Y te largas tooooda tu, orgullo irracional al sofá, a ese tan duro y fashion del salón… y porqué no decirlo: ebria.

No consigues pegar ojo en toda la noche.

6.15. abre la puerta de la habitación y viene al salón, te ve despierta y con los ojos como platos te pregunta:

– ¿qué haces aquí, princesa? ¿Cómo es que no has dormido conmigo?.

– No sé muy bien porqué…

– ¿Vienes a la cama conmigo?

– Sí. He dormido muy mal.

Os acurrucáis en la cama y te preguntas quién te mandó beber ayer, mezclar y volver a beber. ¡Dios! ¡Qué dolor de cabeza!.

Buen comienzo de finde: resacosa, habiéndote enfadado sin conocer cierto el motivo, durmiendo en un sofá duro-duro pero fashion, cabreo de pareja. Se puede empezar mejor pero es difícil.

¡Qué duro sienta ser orgullosa!

Resacosa

La Suelta

 

Plan de domingo.

Nunca te han gustado los domingos. Pero si son lluviosos menos. Y si no hay plan y ni un duro. Directamente deberían estar prohibidos. Son una tortura mental. No fomentan, no aportan. Chupan energía positiva. La tarde de domingo se convierte en una lucha mental contra todo lo que hay que hacer en lunes. Deberían teletransportarnos después del vermutito del domingo a las 12:00 del lunes, como mínimo.

¿A quién se le ocurrió semejante día?

Y además este domingo estás especialmente de mala hostia. No sabes por qué. Habéis decidido poner en marcha una campaña de “mierdas las justas” en casa, se va todo fuera lo que no necesitáis. Quizá habéis escogido un mal día de la semana. Pero ahí va.

Cada objeto que coges es: “esto no lo uso… pero… ay! Qué penita! Jolines. Lo guardo. Quizá más adelante, lo necesite. Para… dejar, reciclar, guardar, escribir. No puedo tirarlo. Es muy valioso. Este artilugio me recuerda a cuando… este pañuelo hortero a rabiar me lo regalo… no puedo tirarlo.” Y te vas cargando tú. Las cosas del otro las quemarías todas. No sirve ninguna. Todas son cagamandurrias.

Te sientes rellena de mala leche, como un bollito. Todo está mal. Nada te parece bien.

A la media hora de empezar, paras. ¡Qué hambre por Dios! Cariño, tengo hambre he de parar… le dejas a él sepultado en cajas, trastos y viejos tesoros.

Vuelves… al cabo de una hora, cafetito, bocata, revista y seguimos.

Empiezan las desaprobaciones, todas hacia él:

– Eso ahí no, rey.  Que no ves que eso así no se hace.  ¡De verdad! Cariñito, Que es que no te das cuenta que así no funciona!. ¡por dios, amor, que la cabeza está para algo…!

– Me voy a hacer un pipi.- Vuelves… quizá peor.-

El chico pone voluntad. Su rendimiento es casi el doble al tuyo, lleva todo el trastero limpio. Tú miras, opinas, dudas y vuelves a dudar… y esta mala leche interior que te inunda… vuelves a increparle. Sin venir a cuento y lo sabes… te escuchas y te odias, internamente, en silencio. Hay una vocecita interna, amiga, que te dice: “cuca, ¡así no!. Cambia el registro.”

Él suspira. Y tú respondes:

– ¿suspiras????

– déjame al menos suspirar. – responde él-

Se hace el silencio.

Él te mira:

– ¿cariño?… – se piensa la pregunta, te mira como pidiendo perdón, te busca la mirada.-

Tú te lo quedas mirando, piensas que qué debe ser eso que le cuesta tanto pronunciar estás a una coma de enfadarte… por… por… si acaso!!

– Cariñito, ¿te ha de venir la regla?

Pregunta nefasta, mazazo al domingo, crash matutino, te sientes ofendidísima, ¿cómo se atreve?, será insensible… pedazo de ….

– Me ha de venir…

Piensas en qué semana estás y caes en la cuenta que estás a puntito a puntito…

– Me ha de venir… ya. Mañana o pasado. – Lo dices en susurro, en voz débil. Pasan ante ti todos los apelativos destructores que le has dedicado en esta mañana de domingo. Quieres rebobinar la cinta, volver a empezar, cerrar el pico, sufrirte tú a solas. Te sabe mal por él. También por ti: tú eres la hormonada. Y no te has visto venir.-

Se hace el silencio…

Empiezas a reírte. La verdad, visto desde fuera tiene su gracia. No sabes si te ríes de ti, de él o de los dos.

A quien se le ocurre encerrarse en un trastero un domingo en estas condiciones.

Te lo miras, tiernamente, no sabes porqué, pero esa carita de pena al preguntar, ese aguantar y no decirte claramente: “¡vete a la mierda, histérica!”

Decidís largaros a tomar el aire, tocar la lluvia, pisar los charcos, desvestir el domingo y arrancarle minutos. Habéis decidido reíros de vosotros y de lo raro que es este mundo.

Hoy es domingo, lluvioso, tedioso, sin plan, sin un duro y a puntito de regla. No puede haber mejor plan.

La tarde de domingo sólo acepta un plan: películas. A ver si te deja escoger a ti una romántica que acabe en besito, en te quiero y eres lo mejor que me ha pasado.

Pasando de dramas existenciales.

 

Hormonada.

La suelta.

Hay días grises.

Hay días que las cosas no suceden como esperábamos, deseáramos o hubiéramos programado. Hay días que se tuercen sin más. O días que por algún despiste se nos olvida la llave que arranca el coche. Simplemente eso.

Un día te levantas y después de quedarte sin tu champú en la ducha, sin encontrar ropa oportuna en el armario, aquel que no cabe un alfiler de ropa que acumula, sin tener tus vaqueros preferidos limpios (tendrás 10 pero acabamos usando aquellos) chuparte caravana de camino al trabajo, no encontrar sitio para aparcar. Consigues alcanzar tu silla, tu sitio de trabajo. Pasa una compañera de trabajo y te dice (tono normal): “buenos días, uy! Qué mala cara haces!”

Tu boca emite: “buenos días, no, es que he dormido mal!”

Interiormente tu mente rebuzna: “cómprate un bosque y piérdete! Pedazo de burra!”

¡Dios!!

Pero ¿qué ha hecho el cielo para darme tal grado de mala hostia, tal dosis de mala leche, qué ha hecho la santa compañera para recibir de tu subtexto dicho apelativo?. ¿A quien maté en otra vida para querer hacer desaparecer a la gente que te rodea y enviar al otro mundo a los que no son de mi agrado?. Que en este momento sospechosamente son todos. Parezco Obelix en versión marmita de mala hostia. Abres el ordenador y no seguimos bien. Hemos de hacer algo para cambiar, he de apuntarme a clases de yoga, investigar en la religión hindú, aquellos monjes del Tíbet parece que podrían darles por culo y seguirían sonriendo en modo la felicidad soy yo … y a mi que me dicen buenos días… y… ¡quiero convertirme en terrorista!. No puede ser. El mundo está mal, pero yo estoy peor…

No puede ser, algo hago mal.

Pasa otra compañera: “buenos días, ¿Qué no has dormido bien?”

Tu cara: sonríe, justificándote y asintiendo.

Tu subtexto: “te pondré un petardo en el culo que te enviará al extrarradio, so-inútil!”

Y en ese mismo instante caes.

Te das cuenta que con las prisas, los cinco minutos más de sueño, el no sé qué ponerme (cuando podrías vestir a 100 amigas conjuntadas todas y a ninguna le faltaría un accesorio), nunca sabes qué ponerte, whatsapp por aquí, mensajito por allá, te has ido cagando leches… Y NO TE HAS TOMADO EL CAFÉ.

¿seré imbécil? ¡Que mi cuerpo necesita la cafeína!. Más que el aire que respiro, más que el abrigo, más que el pintalabios, más que MacGyver a su chicle.

Te disculpas, sales pitando al pasillo, hoy no te esfuerzas en llegar a la cafetería te conformas con una dosis industrial de máquina y te pides un americano. Y te lo bebes cual yonqui con su dosis. Tu particular droga, tu pequeña dependencia, tu rincón de positivismo inyectado. Ahí va.

Calentito, de cualquier calidad, cafeína.

Y vuelves a tu sitio de trabajo, el cielo dirías que se ha despejado, qué día más soleado, cálido y fenomenal.

Y pasas frente a la mesa de tu compañera y cacareas sobre el programa de tele al que estáis enganchadas, seguís, comentáis y despellejáis a todo títere viviente, te disculpas por lo borde y seca que has sido antes, compartes, disertas, comentas. Ya no te sientes un bicho viviente rellenado con mala hostia. Ahora eres esa persona maravillosa, dulce y encantadora cual muñeca Nancy, sin atisbo de mala intención.

Y vuelves a tu sitio gloriosa, te vas a comer la jornada laboral, la vas a arrollar, a diseminar, desmontar y volver a montar, no dejarás informe a medias.

Y para mañana te pondrás dos alarmas: una para salir de la cama y otra para tomarte el café, antes de interaccionar con nadie. Por el bien de la humanidad.

 

Descafeinadamente.

La Suelta.

Lo que da de sí Ikea…

Quería servilletas de colores. Ikea: Son monísimas y baratísimas.

Pero el señor Ikea pretende que me dé una vuelta por sus expositores antes de coger lo UNICO que necesito.

Accedo, no me cuesta mucho, me doy una vuelta.

¡Qué sofás más monos, qué ricura de cojines, qué comedores tan cucos!

veo un invento rarísimo para las bolsas de plástico… 3€! ¡Lo cojo!

Un soporte para el pc en el sofá! ¡Qué invento! ¡Cómo he podido vivir sin ello! ¡Lo pillo! ¡Las cortinas del baño… Modernitas con dibujos, mismo tonos que las baldosas de mi baño, señor Ikea tiene cámara oculta… Baratísimo. La mía está que da pena… ¡La cambiaré! ¡Oh! Unos vasos con vidrio de color… ¡Qué originales!

Me detengo maravillada en la zona de las velitas… Hay un decorado con unas 20 velitas… ¡Divino! Son muy baratas, vela y posa velas 2,5€!!! ¡Cojo una!.

En una esquinita de la zona de alfombras hay una parejita haciéndose carantoñas, no hay nadie más que ellos y yo, se sienten solos. Él le da un beso ella corresponde, lo alarga, ¡Ay! Nena debería mirar hacia otro lado… ¿No? Aparto la mirada… me muero de curiosidad. ¡corroe!

Vuelvo a mirar… Él la abraza… Al principio cariñosamente, pero después la arrima con fuerza y le baja la mano al final de la espalda… ¡Y un poco más! ¡Le apreta el culo! El tío… ¡Se está poniendo cachondo! ¡¡Aquí en medio del Ikea!!?? Les miro atónita, haciendo ver que me interesa una alfombra hortera a rabiar para mi saloncito de 10m2… Mis ojos les apuntan directamente sin titubeos. Me digo que sí, que definitivamente soy voyeur… Sino ¿a qué? Me digo que es como una película romántica en vivo y en directo, sin descargas ilegales, sin entrada al cine, sin palomitas… Pero en high definition… Digo yo. Ella le coge el cuello, mantienen los ojos cerrados, el beso ha pasado a morreo en toda regla. ¡Con lengua!.

Me digo: “no mires. Quita la mirada.”

Mi diablillo interno: “si están en un sitio público…”

Mi conciencia: “no se mira… ¡Es feo!”

En realidad son guapos, parecen enamorados! ¿Serán pareja estable?… mmm puede, ¿amantes?… Fijo, ¿matrimonio?… O reciente o no puede ser. No existe matrimonio que aguante esa pasión… ¡Agotador! ¡No tengo idea! Paran y se miran a los ojos, se deben haber dicho algo así como que tienen que parar que no es el sitio… Miran a los lados y me ven con mi cara de idiota!! Ojos como platos, boca abierta… ¡Lengua seca! Sacudo, miro la alfombra y hago como que muuuy interesante. Pero no, no me la llevo.

Pensarán que no he visto un hombre en mi vida, que no veo películas, ni besos, que salgo de un convento, que me secuestraron unas monjitas y ahora me han dejado libre. Que soy recatadita…

Me queman las mejilllas, me arden las orejas… ¡Qué sofoco! camino rápido por los pasillos…

Sigo caminando y paso por la zona de armarios, una pareja discute acaloradamente, ella le dice: ¿no lo ves cariño? ¡qué mono quedaría en nuestra habitación! Él: “¡Que no cabe! Cari, ¡no cabe! Nuestra habitación es más pequeña!” “Que noooo…” responde ella, como si el pobre no tuviera ni idea (el tipo que fue el que montó todos los muebles de la habitación ¡fijo!) “cariño, ¡que sí cabe! ¡Es una ricura! ¡Y muy barato!”

Él pone cara de casi-convencido…

Cada pareja parece bis de la anterior. Merece un post…

Paso de largo, cajas de salida… ¡Por fin! ¡Salgo! Con mis servilletitas… y 19 cosas más súper necesarias!

No es normal que entrando a Ikea a por unas servilletas salga con 20 artículos imprescindibles. Todos baratísimos!

Pero claro: barato+barato+barato=un muchito carito!

¡Joder con las servilletitas!

Es que dudo que se pueda entrar en Ikea y mirando al suelo, coger solo las servilletas, volver al mirar al suelo y salir.

¡Si entras en Ikea ya has pringado!

¡Señor Ikea esto no se hace!

Y en ese momento de ida mental los veo: veo a la parejita de la sección de alfombras llegar a caja cada uno con una cosita en la mano, van juntos pero por separado, paga ella y se va lanzándole una mirada carnívora, se dirige al parking por la izquierda; él igualmente paga y se va en dirección opuesta. ¡POR SEPARADO.

¡Uuuuf! Qué raro! ¿Serán amantes furtivos que se citan en ikea? ¿Le estaré poniendo más chicha a la limonada!? Hoy me hacía investigadora privada.

Llego a casa y monto la velita, no queda tan cuca, claro, el decorado era con 25 velitas.

Pero… ¡Lo que da de sí una visita a Ikea!

Voyeur

La suelta.

¡Ole, ole y ole!

A todas esas mujeres trabajadoras que luchan cada día por su valor laboral.

Por su independencia moral.

Que trabajan y trabajan. Remuneradas y sin serlo.

En función de su valía o por debajo de ella. Y avanzan.

Que no les da miedo nada. O lo ignoran.

Que piden su sitio, lo reclaman y lo demuestran.

Que tiran de la casa, de los niños y de su trabajo.

Priorizan entre dudas.

Deciden con el corazón.

Que se ausentan para llevar el niño al pediatra y recuperan de su tiempo libre.

De sus noches recortadas.

Que no aspiran a Dirección.

A veces, simplemente, a que todas las cajitas de su memoria no se desmonten.

Que la palabra lujo les suena a revista.

La palabra viaje en impagable.

Pero siguen currando.

Que inspiran sentido común y lo reparten.

Haciéndose un sitito. Dando opinión.  Archivando facturas ajenas.

Ordenando el mundo éste que anda descolocado.

Coloreando de empatía el extraño mundo laboral.

Acariciando el alba para poder tomar su cafeína en soledad.

Antes que empiece el barullo de su día a día.

Porque antes de su jornada laboral van otras muchas cajitas que ordenar.

Casi todas ajenas.

Que encajan sus horarios cual tetris vital de sus vidas.

Que es tan heroico llegar al final del día como a final de mes.

Que no miran como está el mundo porque se pondrían a llorar.

Pues no entienden. Ellas no entienden las guerras.

Quizá no comprendan los términos inflación, déficit… sólo saben que han de seguir adelante, no desfallecer y a seguir currando.

Porque hay facturas propias por pagar. Bocas que alimentar.

No cabe el desánimo. No se escribe cansancio.

Ya llegará el domingo; o ni entonces.

Y vuelta a empezar.

 

¡Ole ole y ole!

 

¿¡Qué haríamos sin tantas como vosotras!?

¡Qué lección de vida!

Porque siempre han existido las mujeres trabajadoras.

Sólo que ahora les han puesto nombre, son remuneradas. Pagadas.

 

¡Pero no había mujer más currante que nuestras abuelas!

Me refugio en su fuerza para tirar de mi día a día.

Para cuidar, amanecer, trabajar y volver a trabajar.

Porque habrá un mañana más liviano… ¡quien sabe!

¡¡Hoy un ole por todas y cada una de las mujeres trabajadoras!!

 

Admiradora

La Suelta.