Mi visita al especialista.

Me duele aquí, ay no, me duele aquí. Pero a veces pienso que debe haberse pasado al otro lado. Y cuando noto un quemazón en la espalda… Pienso que será… lo peor.

Me planto en consulta del especialista. Lo reconozco: tengo un puntito de hipocondríaca. Me he sacado la tarjetita de la mutua y es lo más. Pido hora cada semana con algún especialista. Y hoy estoy convencida de tener algo muy chungo. Mucho. Me siento en su consulta. La miro:

Tía borde, altiva, perfecta, bella, colocada. Seguramente conocedora del tema. Eminencia. Lumbreras. Empollona de pequeña. Fijo. Con la barbilla ligeramente levantada. Una ceja más levantada de la cuenta. ¿O es mi sensación? Ay ya no sé. Las tías tan perfectas me tiran para atrás. Deberían saberlo e intentar ser más amables… así la sensación de inalcanzable no sabe a desagradable.

Tono sabelotodo… vamos mal.

Me mira y escucha con condescendencia.

–          Pues como le decía, Doctora, cuando me duele estoy segura que tiene que ver con la medula, porque noto…

–          Sabré yo lo que le pasa, señorita.

–          Es que me duele y creo que debe ser.

–          Aquí la que cree soy yo…

Silencio incómodo.

Vuelvo a intentar un par de veces más explicarme, siempre con mi suposición de coletilla, y tantas veces me ha ninguneado. O no ha dicho nada, literalmente feo, denunciable. Pero sí: estoy sensible y asustada. Pero a la tercera ha apretado el botón de cabreada… y por ahí no paso:

–          Mire bien, señorita, yo aquí soy la que no sé. Por eso vengo a Usted. Aquí a mi es a quien me duele, me molesta y sí, me asusta, ligeramente, el tema. Que ¿quizá sea un pedo o una almorrana? Puede. Pero usted, en vez de preocuparse si su melena está bien colocada o de que esta pobre ignorante le dé tanto la tabarra, le alargue la consulta o le invada su tiempo, debería preocuparse de encontrar el tono de voz justo que me haga sentir a gusto, en buenas manos, sensiblemente atendida y aplacando mis miedos sin hacerme sentir un gusanito con monstruos en mi cabeza. Porque no sé si recuerda que al fin y al cabo aquí la paciente soy yo. Su tiempo, poco o mucho, mientras esté en su consulta es mío. Y hacerme esperar, por gusto, es simplemente un gesto de mala educación. Y no es Usted un ejemplo representativo, porque he ido a otras consultas donde me han tratado con infinita más delicadeza, donde han comprendido mis tontos miedos. Y los han apartado con una sabia y honesta explicación. Con delicadeza y sin toda la soberbia que a usted le sobra. Espero que cuando salga de esta consulta su timbre, color y alegría varíen. Porque si no, la compadezco a Usted y a los que tienen el gusto de rodearla. Buenos días.

–          No, disculpe, creo que no nos hemos entendido. Si me permite, volveremos a empezar: buenos días, encantada de atenderla. Las molestias de las que me hablaba… ¿podría relatármelas para que pueda hacerme una idea a lo que podría ser debido?

Podría decir que está basada en hechos reales, pero… ya me gustaría.

Porque ninguna de las veces que me he sentido subestimada o ninguneada, he tenido la claridad de ideas para responder al momento. Lo veo 24 horas más tarde, fuera de situación. Ya tarde. Y la oyente ya no está.

Pero todo esto es lo que me dejé por decir y ahora puedo escribir.

Airosa

La suelta.

Eres lo más…

La canción de salsa de Marc Anthony inunda la discoteca, tú sabes moverte como los ángeles, contoneas la cintura, bailas las piernas en perfecta sintonía, se mueven los pies en ese canto sensual y tu culito sigue el ritmo extraordinariamente, controlas tus pechos y los mueves en círculos. La salsa inunda tu cuerpo, te mueves casi tan bien como tu profesora de aeróbic, sabes que estás haciendo los mismos movimientos, controlas, lo llevas en la sangre, en tu cuerpo, en los genes. La música posee tus músculos y tú te dejas llevar.

Desde el fondo de la discoteca se acerca el mismísimo Rubén Cortada, moviéndose salsón, mirándote sugerente. Te está desnudando con la mirada. Y tú, interiormente, te dejas. Como baila este tipo, te puede. Te deshaces. Pero le sigues el rollo y sigue acercándose, se queda a un metro mirándote. Bailáis a la vez. Un mambo, una vuelta, un meneíto de culo. Los brazos al aire. Te sale divino. Eres la mismísima. Lo más. Y la música te moja, te colorea. Te dejas llevar. Se acerca peligroso, se pone a un palmo de tu cara. Te mira guasón. Se acerca… Bailas en el mismo centímetro cuadrado. Esperándolo. Se sonríe infinitamente sexy. Te coge de las manos y bailáis una juntos. Como si lo hubierais hecho toda la vida. Como si la salsa la hubieran creado para vosotros. Levitas. Vuelas. Te elevas. Él te gira, te pone de espaldas. Movéis el culo en el mismo círculo paralelo. Mismo ritmo. Te pone la mano en el hombro, la baja por debajo de tu blusa, la desliza entre el sostén y tu piel erizada. Le notas. Seguís bailando. Él será Rubén Cortada, pero tú te sientes la mismísima Jennifer López… como mínimo. Y en un cambio de ritmo de la canción te gira poniéndote de frente, te mira. Te reta. En realidad lo deseas: deseas que se acerque y te bese, te coja de la mano y te lleve, a su casa, al coche, a la esquina. Pero que te lleve. Te sientes húmeda. Pero sigues bailando. Te separas y bailas para él. Te contoneas… se da cuenta. Tonto no es. Te coge de la mano y te lleva. Te saca de la discoteca.

Se oye un perro. ¡GUAU! ¡GUAU! … ¡GUAU! ¡GUAU! ¿Un perro? Parece el perro de mi vecino… ¡es el perro de mi vecino!

Entonces despiertas, te das cuenta que estabas soñando y estabas a puntito de irte a la cama con el mismísimo Ruben Cortada, me cago en tooo lo que se menea… voy a intentar volver a dormir a ver si recupero un cachito del Cortada… ¡GUAU! ¡GUAU! Me sigo cagando en tooo… ¡aaaaix! Mira que es pequeño el perro… me giro, me tapo con el cojín. Nada. Rubén Cortada ha desaparecido. No hay salsa. Vuelvo a ser el cuerpo palo que no sabe mover los pectorales independientes de su cuerpo, ni mover el culito en el plano horizontal como si fuera fácil. Vuelvo a ser La Suelta. Es lo que hay. Y mi profesora de aeróbic vuelve a saber más que yo…

Resignada, te das la vuelta en la cama. Aquella que compartes desde hace mil años con tu cari, tu bollito, tu amor, tu nene. Te preguntas si soñar al límite con el Ruben Cortada será infidelidad…

Te giras bajo la colcha y un brazo pesado y dormido cae sobre ti. Baja a tu entrepierna. Con bravura, honestidad. Ni rastro de las letras d.e.l.i.c.a.d.e.z.a

Se escucha un pedo.

Y a continuación un crudo y honesto: “reina, estoy muy cachondo…”

La sensualidad y erotismo que rezumabas en la discoteca con Ruben Cortada se esfuman como la niebla al salir el sol.

Desaparecen. No queda nada.

Y es que la sensualidad y la realidad a veces parecen llevarse fatal…

Pretendes buscar una continuación suave, dulce, delicada. Pero con semejante comienzo son brutales las posibilidades. Sospechas que nada sútiles.

 

Infiel… en sueños.

La suelta.

LA IRA.

machismo

Ella agachó la cabeza, miro al suelo sin ver y esbozó un ahogado: “es que… creo que no estoy enamorada…”

Él se giró con violencia, la miró con los ojos inyectados en rabia, en ira, en inseguridad desmedida. Se plantó ante ella, la agarró del cuello la embistió contra la pared y a un centímetro de su cara gruñó: «¿con quién te crees que estás hablando?»

El deseo de días atrás se escurrió por el sumidero, el miedo inundó su cuerpo, unas suaves cosquillitas recorrieron su espina dorsal, pero… ¿qué curioso? Estas cosquillas no le hicieron reír, relajarse… era pánico. No osó moverse, le miró aturdida, ¡a qué ogro había dejado paso! Notaba la fuerza de sus dedos en su garganta, en su nuez, apretar con fuerza, no quiso respirar siquiera. Contuvo. Aguantó la mirada.

Pasaron unos segundos que se tiñeron de eternidad.

Él la sacudió con fuerza contra la pared, le golpeó la cabeza y la soltó con desdén. Ella no notó el golpe. Afuera existirían las leyes, la protección a la mujer, los derechos, la justicia. Pero entre aquellas paredes sólo se oían dos alientos. Uno fiero, otro apenas un hilo.

–          No he querido decir eso. – Sugirió ella. –

–          Pues ¿qué has dicho? Mi niña. Porque las palabras las he oído bien claritas.

–          Que todavía no estoy. ¡Pero lo estaré! ¡Por supuesto! ¡Te lo prometo!

–          Tú eres la que haces que me ponga así. Tú tienes la culpa. Si me dejas, te lo digo: te busco y te encuentro. Lo sabes. No juegues.

Distrajeron la tarde, despistaron el atardecer, pero nada pudieron hacer con la noche. Su lecho era el mismo. Sus sábanas cubrían ambos cuerpos. Ella deseó no sentir sueño. Deseó cambiar de nombre, de apellido y hasta de edad. Deseó dejar de existir. No quería sentir, para no poder sufrir.

Se apagó la luz. Se cerró la puerta. Entró la noche. No había caído el sueño. Ella estaba inmóvil. De cara a la pared, inmóvil para hacerle creer que dormía. Y él hurgó bajo las sábanas. La atrajo hacia sí. No le importaba si dormía. No quería su amor, su respeto. Necesitaba su inferioridad, su dependencia que nunca había conseguido. A él la inseguridad le mataba. Sin que ella pudiera hacer nada.

Le bajó las bragas y la empujó, la embistió y la contuvo. Se la puso de frente. Ella le besó. Todo lo amorosa que pudo fingir. Así lo calmaba. Lo abrazó y le permitió hacer. Él acabó. Ella no sintió. Se quedó dormido en la esquina del alba. Ella espero a sentir sus ronquidos inconfundibles.

Se arrastró por debajo de las sábanas. Cogió sus cosas. Oyó un gemido, él soñaba. Le dejó una escueta nota en la mesita de la cocina:

“cuídate, cariño, te deseo lo mejor!”

Y salió a la frescura de aquella callejuela, llena de aire fresco, cogió el primer bus a ninguna parte y nunca jamás miró atrás. Llegó tan lejos como pudo.

Reescribió su nombre. Ocultó su apellido. Reinventó su edad. Redefinió la palabra felicidad. Pero en el retrovisor nunca pudo borrar la palabra angustia.

 

Rabiosa

La Suelta.

 

Le he escrito el final que ella siempre quiso. El que nunca tuvo.

Todos sabemos el final de esta historia. Triste. Macabra. Injusta. Porque no puede cambiar su nombre, ocultar un apellido, ni reinventar su edad. Pero desde aquí le diría: sí que puedes reescribir tu felicidad, conseguirla, luchar por ella, reinventar tu persona. Cuidar tu valor. Hacerte valer.

Y a él le diría que se mire al espejo, que su gallardía está teñida de inseguridad, de miedo, de inferioridad. Que su bravura está sobredimensionada. Que los excesos se convierten en defectos. Y que descubra el significado del respeto. Porque su machismo adornado de celos, sus desprecios, sus insultos, sus hostias, sólo llevan a destrozar a las personas que le aprecian. Incluso a sí mismo. Triste.

ARTE. Difícil jeroglífico.

Siempre has querido saber de arte, entender la pintura, poder discernir una música de otra, siempre has querido ir a la ópera… suena tan bien… Cuando oyes la palabra ópera lo primero que te viene a la mente es a Julia Roberts envuelta en un vestido rojo emocionada a punto de pipi, con un súper collar que no parece de bisutería y acompañada de Richard Gere en su papel de caballero… quizá eso te haya hecho coger más ganas de entender la ópera, pero no has escuchado ni media. En el fondo acabas poniéndote a la Shakira en la ducha.

Pero te gustaría ir, escuchar y entender. Una cosa no quita la otra. “¡Llámenme contradictoria!”.

Te encantaría disfrutar la pintura, deleitarte con un cuadro, como hacen “los que saben”. Tienes un amigo que es culto a rabiar, que sabe más que la enciclopedia, que hablar con él es simplemente una delicia, que cuando habla escoge cada una de las palabras, algunas no las has oído nunca, pero las escoge cada una delicadamente. Tú escuchas atenta y cuando llegas a casa las buscas en el diccionario. Saboreas sus palabras y disfrutas sus diálogos, vuestras reflexiones a pachas. Y al acabar te sientes un poquito más culta. Simplemente por su amistad. Este amigo te ha dicho que da igual que no hayas visto nunca un cuadro, da lo mismo que no entiendas de arte, si quieres emocionarte… ve a ver Las Hilanderas. “Te emocionará, te transportará, te sentirás inmensa. Es una pintura que simplemente te traslada.” Y automáticamente afirma: “si no sientes nada al ver ese cuadro… es que ¡no tienes alma!”

¡Uah! Si él lo dice, será así. Quizá sea la experiencia de mi vida… quien sabe. Convences a una amiga, tren a Madrid. Directas al Museo del Prado, la convences con una experiencia mágica, irrepetible, que el arte es mucho arte, que hay que dejarse llevar… entráis directas, buscando el cuadro, allí está, te acercas cual virgen ante su adonis. Lo miras, lo observas, te acercas. Te alejas. Pasan unos segundos, ves muchos tonos ocres, algún punto azul, rojo… unas señoras que hilan… os quedáis en silencio unos segundos. Tú y tu amiga. Es complicado esto del arte… quizá tarde un ratito en hacer efecto, como los Gin Tonics… claro, habrá que darle tiempo.

Sigues en blanco, miras de rasquis a tu amiga. Ella está igual. Te sientes… pequeña, el arte no te hace efecto, debe ser droga para genios. Te vas entristeciendo… no ves nada, miras fijamente el cuadro a ver si se te aparece Da Vinci… pero nada. Os giráis lentamente la una hacia la otra… y le preguntas en voz bajita:

–          ¿tú sientes algo?

–          Nada. Pero nada de nada.

–          Quizá hemos de esperar.

–          Llevamos 20minutos mirando un cuadrote marrón. Me pone más el segurata del museo…

–          Estamos mal.

–          Nos vamos a tomar algo.

–          ¡Rápido!

 

Os largáis a la calle y buscáis un bar un poco alejado sin vistas al Museo… pedís unas cañas y un platito de jamón… mmmm. ¡Por Dios! Qué bueno está el jamón… son las 12.00 del mediodía no tenéis nada en el estómago. La cerveza entra directa sin peajes, semáforos ni curvas a vuestro sistema nervioso. Utomáticamente! Y después viene otra cervecita. Y os decís en secretitos que esto de los museos es para sabelotodos. Y empiezas a pensar si no será todo una farsa. Y que la gente no se emociona, simplemente dice que se emociona… en la cuarta cervecita ya sois taaan amigas del camarero y éste os confiesa que nunca ha entrado en el museo.

El día se alarga, cañita tras cañita, después os váis de compras y a la noche vuelta a casa, agotadas pero felices como una perdiz. Os lo habéis pasado teta. Lástima que la visita al Museo no funcionara. Prometía el plan.

 

Ya en casa, no sabes si llamar a tu amigo, por confesar y porque quizá “no te hace más amigo”. Se mea de la risa cuando oye tu relato…

Otro cuadro será. El arte será para mayores. Tú eres inmune. Será eso.

 

Pero qué bueno estaba ese jamoncito… y el segurata… tendremos que volver a Madrid.

 

Inculta.

La Suelta

 

Esa batalla interna…

Todos hemos sufrido la pregunta ¿qué quieres ser de mayor?

Aquella niña quiere ser creadora de colores para crear el que le falta.

Otra quiere hacer cine, la otra quiere ser Bailarina…

“¡Policía!”, al niño habría que explicarle que no sólo dirigen el tráfico…

O la niña que quería ser granjera, “para tener animales.” pero alguien te dice “¡no! ¿Qué dices? ¡No es rentable!”

Y entra en tu vida el concepto de rentabilidad.

 

Rentabilidad se supone que es el rendimiento que adquieres de las cosas que haces, el retorno de la inversión, el beneficio que obtienes.

La rentabilidad es un concepto seguro. Inspira estabilidad. Parece que necesitáramos rentabilidad en nuestra vida.

 

Por otro lado está la Vocación: aquello que te gusta, te divierte, hace tu espíritu de niño aunque tengas 50 años, lo haces sin esfuerzo, con dedicación, con más o menos acierto, con más o menos aptitud. La vocación es tu hobby, tu pasión.

 

Y la vocación es más fuerte que todo aquello y empuja;

Empuja y brota; se anuncia y reclama, grita, se impone.

Sin educación. Salvaje. Primitiva.

Emerge y no pregunta, invade, ¡empapa!

¡Llevaba tiempo acallada, sumergida, silenciada!

 

Al final la vocación sale, cual caballo desbocado.

 

Los niños piensan con el corazón y eso es bueno, ¡es honesto!

Cuánto más jóvenes somos más sentimentales, auténticas y honestas son nuestras decisiones.

Después vienen los años, las formas;

Los pesos, las normas.

El “tengo, tendría. Debo, debería.”

Se encorsetan los modos, nos enfundamos la máscara, de formalidad, rendimiento, economía, ambición, trabajo, diplomacia.

Olvidamos al niño. Le callamos la boca. Lo silenciamos.

 

Pero la vida fluye, avanza.

Y el niño se libra, se suelta, sale, grita y reclama.

Quiere jugar y juega.

 

Porque si decides ser otra cosa que lo que tu corazón pide…

Estate atenta para saber que te estás a ti desviando y no temas: al final la vocación, el corazón, estallará cual verdad desdichada y te suplicará que retomes tu cine, tu baile, tu genio, tu deporte, tu escritura cual respiración anhelosa de tu alma.

Desmerecida, incorrupta, salvaje, en bruto.

 

Las decisiones se toman con el corazón.

 

Y a aquel habría que decirle que el rendimiento de nuestra vocación es directamente la propia, incuestionable, pura y valiosa felicidad más sincera.

Nuestra individualidad más inmensa. Impagable.

 

Porque el corazón al final siempre se deja oír.

Honesta.

La Suelta.

Lo que da de sí Ikea…

Quería servilletas de colores. Ikea: Son monísimas y baratísimas.

Pero el señor Ikea pretende que me dé una vuelta por sus expositores antes de coger lo UNICO que necesito.

Accedo, no me cuesta mucho, me doy una vuelta.

¡Qué sofás más monos, qué ricura de cojines, qué comedores tan cucos!

veo un invento rarísimo para las bolsas de plástico… 3€! ¡Lo cojo!

Un soporte para el pc en el sofá! ¡Qué invento! ¡Cómo he podido vivir sin ello! ¡Lo pillo! ¡Las cortinas del baño… Modernitas con dibujos, mismo tonos que las baldosas de mi baño, señor Ikea tiene cámara oculta… Baratísimo. La mía está que da pena… ¡La cambiaré! ¡Oh! Unos vasos con vidrio de color… ¡Qué originales!

Me detengo maravillada en la zona de las velitas… Hay un decorado con unas 20 velitas… ¡Divino! Son muy baratas, vela y posa velas 2,5€!!! ¡Cojo una!.

En una esquinita de la zona de alfombras hay una parejita haciéndose carantoñas, no hay nadie más que ellos y yo, se sienten solos. Él le da un beso ella corresponde, lo alarga, ¡Ay! Nena debería mirar hacia otro lado… ¿No? Aparto la mirada… me muero de curiosidad. ¡corroe!

Vuelvo a mirar… Él la abraza… Al principio cariñosamente, pero después la arrima con fuerza y le baja la mano al final de la espalda… ¡Y un poco más! ¡Le apreta el culo! El tío… ¡Se está poniendo cachondo! ¡¡Aquí en medio del Ikea!!?? Les miro atónita, haciendo ver que me interesa una alfombra hortera a rabiar para mi saloncito de 10m2… Mis ojos les apuntan directamente sin titubeos. Me digo que sí, que definitivamente soy voyeur… Sino ¿a qué? Me digo que es como una película romántica en vivo y en directo, sin descargas ilegales, sin entrada al cine, sin palomitas… Pero en high definition… Digo yo. Ella le coge el cuello, mantienen los ojos cerrados, el beso ha pasado a morreo en toda regla. ¡Con lengua!.

Me digo: «no mires. Quita la mirada.»

Mi diablillo interno: «si están en un sitio público…»

Mi conciencia: «no se mira… ¡Es feo!»

En realidad son guapos, parecen enamorados! ¿Serán pareja estable?… mmm puede, ¿amantes?… Fijo, ¿matrimonio?… O reciente o no puede ser. No existe matrimonio que aguante esa pasión… ¡Agotador! ¡No tengo idea! Paran y se miran a los ojos, se deben haber dicho algo así como que tienen que parar que no es el sitio… Miran a los lados y me ven con mi cara de idiota!! Ojos como platos, boca abierta… ¡Lengua seca! Sacudo, miro la alfombra y hago como que muuuy interesante. Pero no, no me la llevo.

Pensarán que no he visto un hombre en mi vida, que no veo películas, ni besos, que salgo de un convento, que me secuestraron unas monjitas y ahora me han dejado libre. Que soy recatadita…

Me queman las mejilllas, me arden las orejas… ¡Qué sofoco! camino rápido por los pasillos…

Sigo caminando y paso por la zona de armarios, una pareja discute acaloradamente, ella le dice: ¿no lo ves cariño? ¡qué mono quedaría en nuestra habitación! Él: “¡Que no cabe! Cari, ¡no cabe! Nuestra habitación es más pequeña!” “Que noooo…” responde ella, como si el pobre no tuviera ni idea (el tipo que fue el que montó todos los muebles de la habitación ¡fijo!) “cariño, ¡que sí cabe! ¡Es una ricura! ¡Y muy barato!”

Él pone cara de casi-convencido…

Cada pareja parece bis de la anterior. Merece un post…

Paso de largo, cajas de salida… ¡Por fin! ¡Salgo! Con mis servilletitas… y 19 cosas más súper necesarias!

No es normal que entrando a Ikea a por unas servilletas salga con 20 artículos imprescindibles. Todos baratísimos!

Pero claro: barato+barato+barato=un muchito carito!

¡Joder con las servilletitas!

Es que dudo que se pueda entrar en Ikea y mirando al suelo, coger solo las servilletas, volver al mirar al suelo y salir.

¡Si entras en Ikea ya has pringado!

¡Señor Ikea esto no se hace!

Y en ese momento de ida mental los veo: veo a la parejita de la sección de alfombras llegar a caja cada uno con una cosita en la mano, van juntos pero por separado, paga ella y se va lanzándole una mirada carnívora, se dirige al parking por la izquierda; él igualmente paga y se va en dirección opuesta. ¡POR SEPARADO.

¡Uuuuf! Qué raro! ¿Serán amantes furtivos que se citan en ikea? ¿Le estaré poniendo más chicha a la limonada!? Hoy me hacía investigadora privada.

Llego a casa y monto la velita, no queda tan cuca, claro, el decorado era con 25 velitas.

Pero… ¡Lo que da de sí una visita a Ikea!

Voyeur

La suelta.

¡Ole, ole y ole!

A todas esas mujeres trabajadoras que luchan cada día por su valor laboral.

Por su independencia moral.

Que trabajan y trabajan. Remuneradas y sin serlo.

En función de su valía o por debajo de ella. Y avanzan.

Que no les da miedo nada. O lo ignoran.

Que piden su sitio, lo reclaman y lo demuestran.

Que tiran de la casa, de los niños y de su trabajo.

Priorizan entre dudas.

Deciden con el corazón.

Que se ausentan para llevar el niño al pediatra y recuperan de su tiempo libre.

De sus noches recortadas.

Que no aspiran a Dirección.

A veces, simplemente, a que todas las cajitas de su memoria no se desmonten.

Que la palabra lujo les suena a revista.

La palabra viaje en impagable.

Pero siguen currando.

Que inspiran sentido común y lo reparten.

Haciéndose un sitito. Dando opinión.  Archivando facturas ajenas.

Ordenando el mundo éste que anda descolocado.

Coloreando de empatía el extraño mundo laboral.

Acariciando el alba para poder tomar su cafeína en soledad.

Antes que empiece el barullo de su día a día.

Porque antes de su jornada laboral van otras muchas cajitas que ordenar.

Casi todas ajenas.

Que encajan sus horarios cual tetris vital de sus vidas.

Que es tan heroico llegar al final del día como a final de mes.

Que no miran como está el mundo porque se pondrían a llorar.

Pues no entienden. Ellas no entienden las guerras.

Quizá no comprendan los términos inflación, déficit… sólo saben que han de seguir adelante, no desfallecer y a seguir currando.

Porque hay facturas propias por pagar. Bocas que alimentar.

No cabe el desánimo. No se escribe cansancio.

Ya llegará el domingo; o ni entonces.

Y vuelta a empezar.

 

¡Ole ole y ole!

 

¿¡Qué haríamos sin tantas como vosotras!?

¡Qué lección de vida!

Porque siempre han existido las mujeres trabajadoras.

Sólo que ahora les han puesto nombre, son remuneradas. Pagadas.

 

¡Pero no había mujer más currante que nuestras abuelas!

Me refugio en su fuerza para tirar de mi día a día.

Para cuidar, amanecer, trabajar y volver a trabajar.

Porque habrá un mañana más liviano… ¡quien sabe!

¡¡Hoy un ole por todas y cada una de las mujeres trabajadoras!!

 

Admiradora

La Suelta.

¡Qué sueño!

¡Rifo mi cuerpo, lo regalo, lo doy, lo cambio!

Sobre todo cuando se desvela, se angustia, a la 3, las 4… De la noche. Caen los minutos y se ensanchan las PREocupaciones, se torna la angustia en mayúsculas y pesa la noche. Pesa y pesa.

3:00

Y miras la hora, me doy la vuelta y otra vuelta.

Un pipi. Un vaso de leche. Un post. Una angustia y otra. Un miedo.

¡Un ladrón! ¡Ay! ¡No! Era un gato.

3:30

La noche se alarga se hace eteeeeerna.

Como este post.

No acaba.

¿Sueño? No lo percibo.

¿De donde vendrá el sueño? ¿Del cerebro? ¿Del corazón? ¿De mi alma?

¿Quién produce mis sueños? ¿Quién es el guionista de mis sueños?

Se apodera de mi la angustia: mañana me deja! Fijo! Me ha dicho un “hasta luego…” Muy seco. ¡Qué raro!

4:10

Ya han pasado 40 minutos.

Me odio, a mí misma. Y este run.run en la boca del estómago.

Y sigue. Ronronea y no calla.

Es culpa mía.

Todo es culpa mía: la lluvia, el viento, la crisis, todo es culpa mía…

He de pensar algo para solucionarlo.

¿Me pongo a trabajar?… No. Eso ya sería de psicoanalista. De traca.

Pero él… ¡Fijo que me deja!

Se acerca el reloj a las 5…

Aaaaaaah! Un bostezo.

Pareeeeeece que tenga aaaaaaaalgo de sueño! ¿No?

Ahora… Ahorita…

No.

Vuelta, me coloco el pijama se me ha envuelto en la pierna.

Reproduzco la conversación en caso de que me deje…

«Yo más…»

Me duermo hacia las 5:30….

Sueño profundo.

7:00

Bip.bip.bip.

¡Qué ruido es ese!!!!?? Parece que me arranquen la vida, que una losa cierre mis párpados…

¡Quéeeeee sueño! ¡Diooooooos!

¡¡Que me muero!!!

¡Que se quede otro mi cuerpo indominable!!

Mi caprichoso horario de sueño…

Me miro al espejo, simple espectro de lo que puedo ser.

Nada que no arregle una buena capa de antiojeras, maquillaje, maqueadita.

Me digo, me juro, me prometo, me automotivo. “Avanti avanti, bella! ¡La piú bella!”

Y salgo a la luz del día…

¡Aaaay! ¡Duele!

Soy como una rosa…. En invierno.

El sol pesa. Mancilla, quema.

Miro a la gente vigorosa, inquieta, decidida…

¿Qué les han dado durante la noche…???

Me falta sueño.

No cuento las horas de sueño.

Quedo con él a la tarde.

Encantador, atento, delicado… ¡Seré paranoica!

Un día de estos abro un blog de esos…

Desvelada.

La suelta.