Volveré.

Y aquí me encuentras, te encuentro, me lees, me desnudo.

Nos miramos y nos perdemos.

En esta esquina de tu tiempo, me descubres, te permito.

Te cuento mentiras, verdades y secretos.

Te preguntas cuánto hay de cierto. Donde acaba la suelta y empiezo yo.

Te explico mis pensamientos y transcribo los tuyos.

Te sorprende. Y hasta te gusta.

 

Me dejas a medias. Me lees y marchas.

Esperas una frase y te respondo con otra.

Recupero tu osadía y desnudo tu misterio.

Interpreto una mirada, pero nunca adivino el futuro.

Espero tenerte en mi mañana.

Que el destino me cite en el guión de tu vida.

 

Desando mi pasado para entender el presente.

Me gusta coger la miseria y mirarla de frente.

Porque todos somos míseros. Porque todos somos humanos.

Porque la debilidad nos vence, la rutina nos apelmaza.

Y en una brisa literaria te arranco la vergüenza,

Le saco la lengua a la pereza.

Y beso lujuriosamente al pecado. O él a mi. Nunca lo supe.

 

Me gusta leer tu mirada, esa que aquí es mía.

Me encanta transcribírtela.

Desnudarte con mis letras. O con mis manos si me dejas.

Pero no me permitas mucho más.

Pues eres mi debilidad.

 

No dejes de leerme,

Sé que me esperas.

Me voy, te dejo.

Pero volveré.

En Septiembre para pensarte.

Ahora descansa, duerme, no pienses.

Y si piensas, que sea en mi.

 

Vuestra.

Tu Suelta.

Las casas y sus rincones.

Las personas somos como las casas, desde fuera sólo se advierte la fachada, las ventanas, la apariencia, el color; por dentro diferentes estancias, con entradas principales y algunas con entradas de servicio.

Con lugares para relajarse, tranquilos; otros para los amigos, bulliciosos.

Con halles y comedores para los compromisos y cocinas para la familia.

También tenemos trasteros, con trastos inútiles, viejos muebles con viejos recuerdos. Álbumes de fotos con recuerdos llenos de nostalgia, melancolía o inquietud.

 

Algunas casas tienen imponentes jardines de bienvenida pero cuando entras en su espectacular apariencia están vacías por dentro. No hay sustancia, no hay esencia. No hay historia, ni explicación alguna.

Otras en cambio pueden tener una triste entrada con hierbajos y mal cuidada en apariencia pero cuando consigues atravesar sus espinas, suciedad y desaliño, cuando indagas cómo entrar y encuentras el camino a su jardín privado te descubren el más dulce de los rincones, las más delicadas flores, los espacios más entrañables acogedores y agradables de cuantos hayas estado. Te hacen sentir bien.

Acogida. Cuidada. Mimada.

Por un instante te sientes privilegiada de haber sido invitada. Elegida.

 

Pues las personas como las casas, no le abrimos la puerta a cualquiera, no dejamos entrar a la primera de cambio. Hay personas selectivas que les cuesta mucho abrir sus puertas a desconocidos. Y hay que trabajar, esperar y convencer para que te dejen entrar en algunos recovecos de intimidad.

Pues no a todo el mundo abrimos todas las ventanas. Ni siquiera las mismas ventanas.

Al jefe le mostraremos aquello que queramos que vea de nosotros.

A la familia le abriremos otras ventanas.

Con los amigos nos mostraremos de otra manera y serán otras ventanas o puertas las que abriremos.

A nuestra pareja le guardaremos el más delicioso de los espacios.

 

Pero hay rincones de nuestra personalidad, de nuestros miedos e ilusiones que no le mostraremos a nadie. Y aquella persona, especial, que consigue entrar, que encuentra para tu sorpresa, sin permiso, la manera de ignorar tu sucia entrada, de no dudar entre las puertas que debía abrir, de dirigirse derecha y firme hacia el rincón del armario que esconde un paso secreto que ni tu conocías y accede al jardín de tus secretos más desconocidos y maravillosos.

Esa persona.

Sencillamente no quieres que se marche.

No puedes dejarla ir.

 

Esa persona ha olido tu olor, se ha sentado en tu preciado sofá y ha sorbido tu esencia.

No puede entrar y salir.

Bendices que encontrara el camino, que utilizara esa íntima estancia tuya.

Que abriera las ventanas, que descorriera las cortinas, que entrara la luz y el aire fresco.

 

Es curioso que haya personas que se queden con la simple apariencia de una entrada descuidada, de un jardín de acceso lleno de espinas. Dentro puede esconder pequeñas maravillas.

 

Vale la pena al entrar en ciertas casas, preguntarte donde estará el sofá delicado y tierno, de mullidos cojines. De cómodo asiento. Reservado para ti. Esperando tu llegada.

Todas las personas guardan un recoveco de dulzura, un gramo de simpatía, un kilo de bondad, toneladas de cariño dispuesto a compartirlo. Con el invitado adecuado.

 

¿Eres tú ese invitado?

 

Metafórica.

 

La Suelta.

 

Un poquito de respeto no viene mal.

Soy española, vivo en Barcelona, soy del Real Madrid, hablo castellano y no me siento catalana. Pero mañana votaría sí a la independencia de Cataluña.

No entiendo de Política, no me sé la constitución. Entiendo de personas.

Las personas se entienden cuando se respetan, se toleran y se escuchan.

Las personas se casan porque en un determinado momento se enamoran y deciden por ambas partes compartir sus vidas, sus beneficios y sus penas. Compartir, tolerar y respetar. En lo bueno y en lo malo.

Pero a pesar de lo prometido a veces se rompe el amor, sin intencionalidad, sin maldad, con todo el dolor de nuestro corazón. Y se puede romper por ambas partes o sólo por una. En ambos casos hay divorcio, de mutuo acuerdo, de malos modos. Pero nunca se obliga a nadie a quedarse en un matrimonio en contra de su voluntad. Si una de las partes se quiere ir, se va. Con todo el dolor de nuestro corazón.

Y en el supuesto caso que pretendiéramos que se quedara, que debiera recapacitar y renunciar a su libertad, ¡no se le amenaza, se le infravalora, se le ignora, se maljuzga o se le deja de respetar! En ese absurdo caso sólo se consigue el caso opuesto: más determinación.

La decisión de independizarse ya no sale de su razón, de su reflexión o decisión.

Sale directamente de su corazón. Primitivamente.

¡Secuestro amigdalar!

Han ofendido su autoestima, su sensación de país. Su orgullo.

Soy madre de tres niños, han nacido y se están criando aquí. Yo soy española, siempre lo seré, viva donde viva. De igual manera que si viniera un japonés a vivir a España siempre sería japonés. La nacionalidad se forma en un determinado momento de nuestra infancia, percibo, supongo.

Ellos decidirán su nacionalidad y si quieren, deciden, optan o sienten que son catalanes por encima de cualquier cosa, no pondré reparos. No serán menos ni más que nadie.

Pero por delante de las banderas estamos las personas.

Y por delante del patriotismo debería ir el sentido común y el respeto.

Hablo desde mi experiencia y las peores traiciones no me las ha hecho ningún catalán. Pero la mayor lealtad si la he vivido en esta tierra con esta gente.

Y no entiendo de política, pero creo que hubiera sido más rico para la historia de España respetar a Cataluña como tal, como ellos se sienten, con su riqueza de cultura, gente y generosidad. Respetarla y tratarla por su valía.

Pero sospecho que ya es tarde.

Un poquito de respeto de vez en cuando no viene mal.

Por todo ello mañana yo votaría sí a la independencia de un “país” que no quiere formar parte de otro, simplemente porque no se siente respetado.

Tan simple como la vida misma.

 

Beatriz Puerta

Una súperfan de http://www.lasuelta.wordpress.com
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