Sabroso despertar.

Se oyen allí fuera las últimas gotas de lluvia, las que cierran la noche y descorren el alba. Lloran en la ventana. Se acerca el viernes.

Se anticipa la luz, caen los minutos, se acerca el sonido del despertador, apenas 30minutos, me giro y le busco, ronroneo, me hago un ovillo, le molesto y consigo despertarle, gruñe, se acurruca, cariñoso me mete su mano debajo de la tela, recorre mi piel que se eriza y se alegra de encontrarle a esas horas. Tibio, suave, delicado, mío.

Algo se acelera, el ritmo, la causa, la cercanía de la agenda laboral. Me besa, se despierta, se acelera al ritmo, busco su boca, su lengua.

En un cálculo rápido del tiempo y de las posibilidades que nos brindan las hormonas y esos últimos 30 minutos de “noche”, de cama…

Caen los pijamas al suelo, el edredón aún nos cubre, el alba se acerca. El sol despunta.

Él se sumerge entre el edredón y mi cuerpo, bucea y baja… y baja… mmm.

Yo no he abierto ni los ojos.  Pero mi cuerpo está despierto, diría que deseoso. Hasta se me antoja hambriento. Qué delicia el tenerte…

En un gesto de sana curiosidad, aparto el edredón, levanto mi cabeza y miro:

Se ha adentrado en ese pequeño gran universo que esconden mis dos piernas, que abrazan mis ingles, que se intuye pero no se abarca.

Ha metido su cabeza entre mis piernas, masajea mi clítoris con su lengua, de manera aventajada, sabia, sin dudar. Cambia de ritmo. Suaviza. Se separa, me mira rabioso y voraz.

Con su dedo índice me toca la esquina de mis labios, los inferiores, mientras me mira.

Yo subo, subo y subo. Sigo subiendo. Irremediablemente.

Se para. Y me indigno, suplico, pido: ¡más! ¡No pares ahora!

Sonríe. Lo sabía. Pone sus manos en mis rodillas y acaricia mis muslos, se acerca a mi entrepierna. Vuelve a lamerme, chuparme, elevarme. Sin dejar de hacerlo mete un dedo con la yema hacia arriba, lo mete hasta el fondo y presiona, acaricia, a la vez que su lengua baila con mi clítoris. Puro éxtasis.

Subo y subo. Y sigo subiendo.

Me levanta, me sostiene, me mueve, me oye jadear.

Y en ese mismo punto de placer sublime, acelera, cambia el ritmo, cual baile ardiente, rítmico y armónico y sin parar ni un instante, consigue que me alcance el orgasmo en mayúsculas, intenso, largo, profundo. Me recorre el cuerpo se arquea mi espalda. Me sacude.

Se separa, dejándome el dedo. Me sonríe y me besa en la tripa. Lentamente saca el dedo, cuidadoso, sensible, delicado.  Ni me muevo, apenas una sonrisa, aspiro, expiro. Me tapa. Me besa. Me deja. Se aleja.

Silencio. Sueño profundo. ¿Qué más pedirle al amanecer?

Dormida.

La suelta.

¡Buenos días de Viernes!

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Hacían P.4

Hacían P.4 cuando sus miradas se encontraron por primera vez. A ella aquel niño gamberro y descarado le secuestró la mirada, no pudo mirar a nadie más, hasta el día de hoy.

Descorrieron la infancia, aprendieron las letras, los números y los colores, uno muy cerquita del otro. Sus pupitres se tocaban. Él, un niño vivaracho, inquieto, tremendo. Auténtico. Ella dócil, tranquila, paciente, enamorada.

Él a sus cosas, con sus amigos, mirando la próxima travesura.

Ella a sus cosas, con sus amigas, mirándole a él, irremediablemente.

Fueron creciendo, los números pasaron a ser ecuaciones, las letras oraciones, vinieron los exámenes.

Ella tenía pulcramente sus apuntes colocados, ordenados, subrayados por colores, con la misma letra de principio a fin. Él a veces hacía campanas, otras no los había cogido bien, siempre acababa pidiéndole los apuntes, a última hora del día anterior.

Era un día previo a un examen de 8 E.G.B. 20.00pm, en casa de ella, sonó el teléfono, a ella le dio una punzada el estómago y un respingo en la silla, “¿por qué?” pensó.

Su madre asomó en su cuarto: es para ti, ¿adivina quién es?? Le dijo con rintintín.

Cuando oyó su voz al otro lado del teléfono inventándose una historia ya sabía lo que le iba acabar pidiendo. “¿me dejarías los apuntes?”. “Sí, pero tendrás que venir a buscarlos”. “Ahora vengo”. Colgó el teléfono a la vez que sonaba el timbre del portal. Ella corrió a su cuarto a coger la copia de apuntes que le había preparado.

No podía remediarlo, pensaba en él constantemente, lo llevaba con ella a todas partes, se vestía pensando en él, empezaron instituto, BUP. Y llegó la primera novia, de él. A veces los tortazos los recibes sin previo aviso, sin haber hecho nada, o incluso siendo buena gente, haciendo las cosas bien, siendo la mejor versión de ti mismo, en ese preciso momento te puede caer la mayor hostia de tu vida. La vida es así, injusta y cabrona. Es lo que tiene.

Y ese día al salir de clase ella le vio con su carita de pillo, al fondo del pasillo, apoyándose con una mano en la pared y una chica mirándoselo con ojitos de alucinada a dos dedos de su carita, se miraban atontados. Les veía entre el gentío, él se acercó y la besó en los labios, después salió con ella de la mano.

Sintió que el mundo se paraba, el suelo se abría y ella caía al fondo para llevársela. Su vida ya no tenía sentido. No había motivo para seguir. Sus apuntes ya no tenían dueño. Y ella le siguió con la mirada, como cuando miras todos los títulos de una película con final triste a ver si cuando acaban cambia algo. Pasó por su lado y él la sonrió como diciéndole a un amigo: ¡mira qué guay!. Mirada de amigo, de cómplice. Ella fingió y sonrió.

To be continued.

La semana que viene…

 

 

¡Feliz San Valentín! A todos esos corazones secuestrados, obsesionados, trastocados, hechizados, llenos de magia, inundados. Enamorados al fin y al cabo.

Ese loco y delicioso sentimiento.

Ese viaje donde su presencia te acelera, las yemas de tus dedos acarician el cielo y su mirada te parece el clímax.

Hoy es vuestro día, tortolitos. Embriagaros y dejaros llevar. La vida es corta, a veces fugaz.

Es un simple juego donde gana el que más siente.

 

La Suelta.

Hoy me emborracho

Has tenido un día horrible de trabajo, el día no acababa nunca, lo que habías hecho no servía para nada ni para nadie(que es diferente) el cielo sigue gris, aunque no haya ni una nubecita, quieres desaparecer de la faz de la tierra.

Viernes, 19.30h.  llegas a casa y le sueltas a tu novio nada más verle: ¡hoy me emborracho!. Nunca es la solución, pero sí la salida de emergencia.

Y él contesta: yo me apunto.

Vaya, resulta que vivías con un alcohólico y tú sin saberlo. Pues venga: Llamas a otra pareja, montas un plan P.R. Pizzas Rápidas y a beber se ha dicho, empezáis en casa, con las primeras birritas os sacudís la tensión cervical que te produce el jefe, con las segundas birritas empiezas a despotricar de tu compañera de oficina, aquella que lo sabe todo pero no hace nada. Si trabajara e hiciera todo lo que dice que sabe hacer, se acababa como mínimo el hambre en el mundo. Ya no quedan pizzas, ni compañeras que despellejar, ni birras… queda la calle. Son las 22.30.

En el bar del barrio habéis quedado con unos amigos del grupo, uno de ellos homosexual, el cual es un encanto, de día y de noche, en cualquier momento y situación, le adoras. Pero son las 22.45 y ya vais en ese puntito inmejorable, donde todo te parece genial, cualquier plan es el mejor del mundo y te sientes grandiosa, elevada, tremenda, gigante. ¡Hoy vas a merendarte el mundo! Y te pasas al cubata, hoy no pasa nada si mezclamos y no pasa nada si nos dan garrafón y menos pasa si tu novio no lleva un punto lleva un puntazo y le toca en gesto de afecto, aprecio, colegueo el culo a tu amigo homosexual, todo es guay. El camarero te parece tu amigo del alma, guasón y simpático. Le invitarías a comer a tu casa ¡guapos todos!

Sientes que tu puntito se ha convertido en punto cebollón, ese en que no acabas de conseguir pronunciar las palabras que acuden en tropel a tu cabeza, a tu lengua no le da tiempo a pronunciarlas, joder, qué velocidad el cerebro, levantas la mano, pidiendo al otro borracho que te escucha que se espere, la música está tan alta que es imposible físicamente que la onda del sonido de tu palabra llegue a su oído con una capacidad de audición ínfima a la profundidad del tema. Y las palabras siguen acudiendo a tu lengua.

Y tú: “te decía que, creo que eres ese amigo que siempre he querido tener, porque la vida es inconmensurable… y eso…” por el rabillo del ojo tu novio le da un beso en la mejilla a tu amigo homosexual, tu puntito hace raaato que paso a la siguiente estación y te das cuenta en ese preciso momento que en toda la noche, no te ha hecho p.caso, que no eres tú quien para que pasen de ti. Te levantas sin mediar palabra y dejas a tu amigo del alma con la palabra en la boca, con el sonido de tus balbuceos en su oreja o procesándolas en su cerebelo inundado.

Siguiente imagen: tú histérica cantándole las cuarenta, tu novio con cara de no entender qué había hecho mal, sin saber qué hacer, tambaleándose sobre su eje vertical y siguiéndote a la salida del bar llevando tu chaqueta en la mano.

Es curioso: los pedos pedísimos nunca tienen frío. En pleno invierno y podemos ir todas descocadas, con taconazos, medias finas y el abrigo en ese momento “no es necesario”. Perdonad la curiosidad.

Lo que quieres es una explicación, pero tu novio no está borracho, está… lo siguiente. Y te sigue en modo serpiente=arrastrándose y haciendo S’s. Tú delante airosa, cabreada como una mona, orgullosa, tropezándote con los bordes de las aceras, pero muuuuy enfadada.

Llegáis a casa deja tu chaqueta en la silla pero la vertical de la chaqueta coincide con el suelo. Va al baño a “hacer un pipi interminable” y… (piensas: vendrá a hablar conmigo) tú estás arrebujada en el sofá esperando el consuelo del hombre que la ha cagado mucho.

Piensas: no recuerdas porqué te enfadaste, te duele mucho la cabeza, el sofá está duro y sólo son la 1.40!! Esto ha sido una borrachera express. Y ves cómo del baño, sin atisbo de duda, se lanza en horizontal en la cama, vestido, sobado y k.o. absoluto. Pasa de ti.  La cabeza te da vueltas.

Y te quedas pensando ¿qué puedes hacer? Vas hacia la habitación, abres la puerta con estruendo innecesario, coges la colcha y le espetas: yo no puedo dormir aquí: ¡¡con un borracho!!! Y te largas tooooda tu, orgullo irracional al sofá, a ese tan duro y fashion del salón… y porqué no decirlo: ebria.

No consigues pegar ojo en toda la noche.

6.15. abre la puerta de la habitación y viene al salón, te ve despierta y con los ojos como platos te pregunta:

– ¿qué haces aquí, princesa? ¿Cómo es que no has dormido conmigo?.

– No sé muy bien porqué…

– ¿Vienes a la cama conmigo?

– Sí. He dormido muy mal.

Os acurrucáis en la cama y te preguntas quién te mandó beber ayer, mezclar y volver a beber. ¡Dios! ¡Qué dolor de cabeza!.

Buen comienzo de finde: resacosa, habiéndote enfadado sin conocer cierto el motivo, durmiendo en un sofá duro-duro pero fashion, cabreo de pareja. Se puede empezar mejor pero es difícil.

¡Qué duro sienta ser orgullosa!

Resacosa

La Suelta

 

Hay días grises.

Hay días que las cosas no suceden como esperábamos, deseáramos o hubiéramos programado. Hay días que se tuercen sin más. O días que por algún despiste se nos olvida la llave que arranca el coche. Simplemente eso.

Un día te levantas y después de quedarte sin tu champú en la ducha, sin encontrar ropa oportuna en el armario, aquel que no cabe un alfiler de ropa que acumula, sin tener tus vaqueros preferidos limpios (tendrás 10 pero acabamos usando aquellos) chuparte caravana de camino al trabajo, no encontrar sitio para aparcar. Consigues alcanzar tu silla, tu sitio de trabajo. Pasa una compañera de trabajo y te dice (tono normal): “buenos días, uy! Qué mala cara haces!”

Tu boca emite: “buenos días, no, es que he dormido mal!”

Interiormente tu mente rebuzna: “cómprate un bosque y piérdete! Pedazo de burra!”

¡Dios!!

Pero ¿qué ha hecho el cielo para darme tal grado de mala hostia, tal dosis de mala leche, qué ha hecho la santa compañera para recibir de tu subtexto dicho apelativo?. ¿A quien maté en otra vida para querer hacer desaparecer a la gente que te rodea y enviar al otro mundo a los que no son de mi agrado?. Que en este momento sospechosamente son todos. Parezco Obelix en versión marmita de mala hostia. Abres el ordenador y no seguimos bien. Hemos de hacer algo para cambiar, he de apuntarme a clases de yoga, investigar en la religión hindú, aquellos monjes del Tíbet parece que podrían darles por culo y seguirían sonriendo en modo la felicidad soy yo … y a mi que me dicen buenos días… y… ¡quiero convertirme en terrorista!. No puede ser. El mundo está mal, pero yo estoy peor…

No puede ser, algo hago mal.

Pasa otra compañera: “buenos días, ¿Qué no has dormido bien?”

Tu cara: sonríe, justificándote y asintiendo.

Tu subtexto: “te pondré un petardo en el culo que te enviará al extrarradio, so-inútil!”

Y en ese mismo instante caes.

Te das cuenta que con las prisas, los cinco minutos más de sueño, el no sé qué ponerme (cuando podrías vestir a 100 amigas conjuntadas todas y a ninguna le faltaría un accesorio), nunca sabes qué ponerte, whatsapp por aquí, mensajito por allá, te has ido cagando leches… Y NO TE HAS TOMADO EL CAFÉ.

¿seré imbécil? ¡Que mi cuerpo necesita la cafeína!. Más que el aire que respiro, más que el abrigo, más que el pintalabios, más que MacGyver a su chicle.

Te disculpas, sales pitando al pasillo, hoy no te esfuerzas en llegar a la cafetería te conformas con una dosis industrial de máquina y te pides un americano. Y te lo bebes cual yonqui con su dosis. Tu particular droga, tu pequeña dependencia, tu rincón de positivismo inyectado. Ahí va.

Calentito, de cualquier calidad, cafeína.

Y vuelves a tu sitio de trabajo, el cielo dirías que se ha despejado, qué día más soleado, cálido y fenomenal.

Y pasas frente a la mesa de tu compañera y cacareas sobre el programa de tele al que estáis enganchadas, seguís, comentáis y despellejáis a todo títere viviente, te disculpas por lo borde y seca que has sido antes, compartes, disertas, comentas. Ya no te sientes un bicho viviente rellenado con mala hostia. Ahora eres esa persona maravillosa, dulce y encantadora cual muñeca Nancy, sin atisbo de mala intención.

Y vuelves a tu sitio gloriosa, te vas a comer la jornada laboral, la vas a arrollar, a diseminar, desmontar y volver a montar, no dejarás informe a medias.

Y para mañana te pondrás dos alarmas: una para salir de la cama y otra para tomarte el café, antes de interaccionar con nadie. Por el bien de la humanidad.

 

Descafeinadamente.

La Suelta.