Volveré.

Y aquí me encuentras, te encuentro, me lees, me desnudo.

Nos miramos y nos perdemos.

En esta esquina de tu tiempo, me descubres, te permito.

Te cuento mentiras, verdades y secretos.

Te preguntas cuánto hay de cierto. Donde acaba la suelta y empiezo yo.

Te explico mis pensamientos y transcribo los tuyos.

Te sorprende. Y hasta te gusta.

 

Me dejas a medias. Me lees y marchas.

Esperas una frase y te respondo con otra.

Recupero tu osadía y desnudo tu misterio.

Interpreto una mirada, pero nunca adivino el futuro.

Espero tenerte en mi mañana.

Que el destino me cite en el guión de tu vida.

 

Desando mi pasado para entender el presente.

Me gusta coger la miseria y mirarla de frente.

Porque todos somos míseros. Porque todos somos humanos.

Porque la debilidad nos vence, la rutina nos apelmaza.

Y en una brisa literaria te arranco la vergüenza,

Le saco la lengua a la pereza.

Y beso lujuriosamente al pecado. O él a mi. Nunca lo supe.

 

Me gusta leer tu mirada, esa que aquí es mía.

Me encanta transcribírtela.

Desnudarte con mis letras. O con mis manos si me dejas.

Pero no me permitas mucho más.

Pues eres mi debilidad.

 

No dejes de leerme,

Sé que me esperas.

Me voy, te dejo.

Pero volveré.

En Septiembre para pensarte.

Ahora descansa, duerme, no pienses.

Y si piensas, que sea en mi.

 

Vuestra.

Tu Suelta.

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Hacían P.4

Hacían P.4 cuando sus miradas se encontraron por primera vez. A ella aquel niño gamberro y descarado le secuestró la mirada, no pudo mirar a nadie más, hasta el día de hoy.

Descorrieron la infancia, aprendieron las letras, los números y los colores, uno muy cerquita del otro. Sus pupitres se tocaban. Él, un niño vivaracho, inquieto, tremendo. Auténtico. Ella dócil, tranquila, paciente, enamorada.

Él a sus cosas, con sus amigos, mirando la próxima travesura.

Ella a sus cosas, con sus amigas, mirándole a él, irremediablemente.

Fueron creciendo, los números pasaron a ser ecuaciones, las letras oraciones, vinieron los exámenes.

Ella tenía pulcramente sus apuntes colocados, ordenados, subrayados por colores, con la misma letra de principio a fin. Él a veces hacía campanas, otras no los había cogido bien, siempre acababa pidiéndole los apuntes, a última hora del día anterior.

Era un día previo a un examen de 8 E.G.B. 20.00pm, en casa de ella, sonó el teléfono, a ella le dio una punzada el estómago y un respingo en la silla, “¿por qué?” pensó.

Su madre asomó en su cuarto: es para ti, ¿adivina quién es?? Le dijo con rintintín.

Cuando oyó su voz al otro lado del teléfono inventándose una historia ya sabía lo que le iba acabar pidiendo. “¿me dejarías los apuntes?”. “Sí, pero tendrás que venir a buscarlos”. “Ahora vengo”. Colgó el teléfono a la vez que sonaba el timbre del portal. Ella corrió a su cuarto a coger la copia de apuntes que le había preparado.

No podía remediarlo, pensaba en él constantemente, lo llevaba con ella a todas partes, se vestía pensando en él, empezaron instituto, BUP. Y llegó la primera novia, de él. A veces los tortazos los recibes sin previo aviso, sin haber hecho nada, o incluso siendo buena gente, haciendo las cosas bien, siendo la mejor versión de ti mismo, en ese preciso momento te puede caer la mayor hostia de tu vida. La vida es así, injusta y cabrona. Es lo que tiene.

Y ese día al salir de clase ella le vio con su carita de pillo, al fondo del pasillo, apoyándose con una mano en la pared y una chica mirándoselo con ojitos de alucinada a dos dedos de su carita, se miraban atontados. Les veía entre el gentío, él se acercó y la besó en los labios, después salió con ella de la mano.

Sintió que el mundo se paraba, el suelo se abría y ella caía al fondo para llevársela. Su vida ya no tenía sentido. No había motivo para seguir. Sus apuntes ya no tenían dueño. Y ella le siguió con la mirada, como cuando miras todos los títulos de una película con final triste a ver si cuando acaban cambia algo. Pasó por su lado y él la sonrió como diciéndole a un amigo: ¡mira qué guay!. Mirada de amigo, de cómplice. Ella fingió y sonrió.

To be continued.

La semana que viene…

 

 

¡Feliz San Valentín! A todos esos corazones secuestrados, obsesionados, trastocados, hechizados, llenos de magia, inundados. Enamorados al fin y al cabo.

Ese loco y delicioso sentimiento.

Ese viaje donde su presencia te acelera, las yemas de tus dedos acarician el cielo y su mirada te parece el clímax.

Hoy es vuestro día, tortolitos. Embriagaros y dejaros llevar. La vida es corta, a veces fugaz.

Es un simple juego donde gana el que más siente.

 

La Suelta.

Te preguntas…

Yo la veo cada mañana llegar radiante, sonriente, tremenda y divertida haya dormido o no. Le haya cundido la noche o no. Y cada mañana consigue sorprenderme mientras yo sigo con mi cara de pan mañanera. Llega al curro fresca como una rosa.

Y hasta huele a miel.

Se giran los tíos a su paso y se la miran embelesados. No pueden remediarlo. Y le sueltan su devastado y vencido Buenos días y ella les devuelve divertida la mirada entre juguetona y traviesa. Casi como diciendo: ocupada. Claro que sí: a veces la vida tiene eso. No se achanta, no retrae. Saca pecho. Aunque sin esfuerzo pues la generosa naturaleza a ella le ha dado unos generosísimos pectorales y se olvidó de ponerle culo.

Tócate…

Y entonces te preguntas porque la vida es tan injusta y se equivoca de esta manera: sobredimensionándole a ella las tetas y a ti tu trasero. Generoso, generoso culo. Por poner un adjetivo liviano.

Y en ese momento te vuelves a preguntar porque ella rezuma dulzura y tú mala leche cualquier mañana que a la cafeína, la regla, el sueño, la autoestima o el mal rollo te hacen travetas en tus carreras matutinas y diarias.

 

Porqué ella encuentra el estilismo adecuado, la combinación perfecta, el punto, el tono, la gracia. Y tú dudes cada mañana acabando en tus más que sobados vaqueros y camiseta… tantas veces negra.

La vida se equivoca y hay a personas que le da una combinación de genes en armonía que flipas.

Y a ti este anodino adn.

 

Y a pesar de todo esto, material suficiente para casi casi odiar a una persona por el desequilibrio patente y palpable, yo la adoro. Por su ternura, cercanía y cariño. Me río con ella, de ella y de nosotras. De la vida. De sus miserias y sus sorpresas…

 

Porque cuando la naturaleza se equivoca tanto, a veces pienso que tiene su porqué. La naturaleza es sabia.

Y yo no sabría qué hacer con tanto cuerpo. ¡Qué presión!.

¿Infinito cariño o insoportable envidia?

 

Cariñosa.

 

La Suelta.

 

 

Mi amigo. Fiel jardinero.

Yo tenía un amigo. Suelto. Vivaracho. Mochilero. Trompetista. Inventor. Payaso.

Me reía en la distancia con él y de él, con su permiso.
Sorbíamos la vida, la desmontábamos y la volvíamos a montar, a nuestra manera.

Con sólo mirar mis ojos sabía qué estaba pensando. Su mirada era mi abrigo.

Era divertido, presente, soñador, viajero, políglota. Callejero. Sin horarios. Sin medidas.

Fiel. Leal. Honesto. Amigo. Inmenso.
Este amigo un día se enamora. Se vuelve loco de amor. Se arrodilla. Se tuerce al sentimiento. Se le dilatan las pupilas. Se entremezcla inquietud con sentimiento. Se vence ante la vida.
Yo me alegro, sonrío, me enorgullezco del amor. Del imposible y del puede ser.

Pero…

Tantas cosas buenas en la vida traen de la mano un “pero”.
Pero cambia. No a mejor. No a peor. Distinto. Cambia. Gira. Diverge. No por ser un sitio diferente es peor. Diferente.
Se calma. Se retrae. Cambia de tema, de discurso, de color. Deja la mochila. Lee y estudia. Analiza. Conversa.
Se acabó el payaso.
Ya no está presente. Ya no me mira a los ojos.
Anda feliz. Sosegado. Sonriente. Me alegro por él. Extraño el nosotros. Donde está el “¿Dónde quedamos, princesa?”  “¿¡Unas cañas!?”  “¡Tengo que hablar contigo!” “¡Eres mi mejor amiga!” “Estoy abajo. ¡Necesito salir contigo!”. “¡Vamos a perder la conciencia!”.
Ahora sobra la conciencia. La coherencia. El discurso y la reflexión.
Habla de monovolúmenes, trabajos fijos. Sueldos. Ascensos. Proyecto de familia.

Y me alegro. Pero…

¿Dónde está el niño? ¿La locura? ¿Nuestras risas?
Y una punzadita de celos recorre mi autoestima: ¿y yo? ¿Ya no recuerda? ¿Ya no le importo?
Jo.
Se queda mi alma con carita de niño frustrado.

Acepto. Pero triste. Entiendo. Pero añoro.

Jo.

Aquí me quedo: al lado del teléfono, esperando:
Un bajón del pasado.
Un giro del mañana.
O un simple equilibrio de los tiempos.
De las salidas con los refugios.
Simplemente un cachito de locura a medias coloreada.
Simplemente.

 

Te espero.

La Suelta.

 

Pero él nunca llama, aunque yo siga esperando.

La espera no tiene final. No termina. No renuncias.

Aceptas. Entiendes. Te frustras.

Mas sigues esperando. Porque la melancolía acecha y nos sacude el niño de antaño, nos grita, pide, aulla: que le saques a la calle, que te rías, te diviertas, te distraigas, te despeines, no pienses, no analices. Seas tú. El de siempre, el de antes. El mochilero, el golfo, el descarado, el trompetista, el actor, mi fiel jardinero. Y en esa esquinita de nostalgia estaré yo, para callejear contigo, para filosofar y viajar, para todo o para nada. Para lo bueno o para lo malo. Porque como dijiste una vez:

– por ti, hasta el final.

– ¿Cuándo es el final?

– Cuando ya no queda nada.

 

Aeropuerto.

Viernes 20:00.

En casa todo revuelto. Mil posibilidades de vestuario.

Quinientos pares de zapatos.

Un solo bolso monísimo nuevísimo última temporada de la marca del momento (mientras no me patrocinen no hago publicidad. Y para lo que voy a contar casi mejor no decirlo…)

Estoy emocionadísima.

He ido 20 veces al baño en el último cuarto de hora. No hago promedios.

Esta noche dos amigas y la menda cogemos un avión a ninguna parte.

A desconectar,  a descolocar nuestro destino.  A que nos deporten, a desvestir nuestro DNI. A lo que salga. Y si hay que reinventar el plan… pues eso.

 

Viernes 21:00.

Aeropuerto a puntito de bus que nos llevará al avión. A pie de pista…

¡Jo! No recordabas que sinfín de tipos de caras diferentes, todas con nariz, boca, dos ojos y dos orejas. Y con estos parámetros fijos… ¡qué diversidad!. Te hacen pensar que ni naciste tan fea, ni tan guapa. Que los días de subidón son meros chutes de optimismo y las depresiones son incorrectas formas de ver las cosas…

Estamos emocionadas.

Y yo con mi bolsito. Mi bolso. Mi tesoro. Mi cucada. Mi emblema. Mi regalo, porque me ha costado parte de una costilla y media teta. Esto digo yo que es mucho.

Lo llevo y me pregunto internamente porqué lo compré: no es una causa pragmática. No es práctico. Funcional. Y no conoce el término ergonomía. Le queda tan lejos. Pero lo miro y me enamoro. Es tan mono y digo yo que hasta me hace más guapa que el pibón que me sigue…  ¡sueños!

No cabe ni cartera. No se cuelga del hombro, se lleva de mano (que dicen ahora).

Y entre el bolso y la animada conversación con mis best friends of this magical moment… que hace mil años que no cogías un avión.

Abren las puertas del bus atribulado de gente…

Todo el mundo sale en tropel. En manada de búfalos en busca del único chupa chup que han dejado en los asientos numerados y ya repartidos del avión. ..

Y tú empanada como vas, te dejas llevar y entre empujón y empujón el bolso cae a pie de pista…

Lo miras pero una fuerte ráfaga de aire del demonio se lleva tu bolsito como a 50 metros de ti… lo miras, echas a andar. El viento es aire del demonio enfurecido y traído con toda la rabia, sacude el bolso y se traga el bolso: lo echa a rodar por la pista. Allí y allí y allí. Es de noche, apenas ves… a lo lejos el rosita de las costuras… tímidamente iluminada por las luces de otros aviones. Echas a correr. A la mierda las composturas.

Oyes a la azafata a tus espalas:

– por favor señorita. ¡Está terminantemente prohibido!. ¡¡Vuelva aquí!!!

Interiormente piensas: ¿sin mi bolso? ¡Y una mierda!

Sigues corriendo en pos del diabólicamente poseído bolsito de los cojones.

Le ves a lo lejos pararse contra un pilar de la mismísimo terminal del aeropuerto!!!

Corres como si fueras el mismísimo Ben Johnson o Usain Bolt detrás de un bolsito. Entre aviones. Cargueros de maletas y señaleros. Todos ellos miran atónitos. ¡No dan crédito! Debes ser una loca. Una esquizofrénica. Alguien indeseable que no tiene idea del peligro al que expone a la sociedad. Al aeropuerto. Sale la policía cuando alcanzas el bolso. E inviertes la carrera camino del avión.  Ahora toca volver. Coges fuerte el bolsito de las narices.

La policía va detrás tuyo. Ellos con carricoche tú poseída por el mismo diablo. Que hoy te viste a ti en particular.

– ¿sabe usted a qué ha expuesto la seguridad del aeropuerto señorita?????

– ¡deberían avisar de este viento del desierto que tienen en estas pistas de aterrizaje!. Me he despeinado y mire ¡Cómo quedó mi bolso!!!!

Automáticamente después pones carita de corderito degollado. Te disculpas 100.000 veces a la policía y a la azafata que te esperaba al pie de la escalerilla. Y al subir al avión le susurras: “el bolsito valía un huevo. ¿Me entiendes?”

Sonríe ella cómplice y divertida.

Subiendo te miras el bolsito monísimo y lleno de porquería. … ya no es tan mono. Hasta huele a queroseno…

¡¡Tendrían que revisar este aire del carajo en las pistas de aterrizaje!!!

 

Despeinada.

LA SUELTA

 

Amistad. Extraño sentimiento.

Cachondo pegamento, unión escogida, cerveza a pachas, pena compartida, risa fácil, broma a medias.

No sabría pensar en un solo tipo de amistad.

Tenemos varias “mi mejor amiga” más de un “amigo del alma”.

Pues la amistad no respeta edades, sexos, ni lenguas.

Le da lo mismo si vienes del norte o del sur.

Si eres chica o chico, si te gustan los tíos o las tías.

La amistad es más noble. Más invisible, más guasona.

La amistad es química pura.

Tengo amigas que me leen la mirada, la risa o la imaginación por adelantado.

Amigas con las que puedes contar para lo que sea.

Las amigas te hacen sentir bien. Muchas veces las admiras, las agradeces y hay momentos que sientes no merecértelas. Son como angelitos de la guarda que cuidan de ti. No sabes porqué pero los duendes del positivismo inundan vuestras conversas y al acabar te sientes ligeramente elevada.

No sabes bien porqué.

Ellas arrasan con la palabra generosidad, se llevan por delante la empatía y reinventan el optimismo. Tiran de ti cuando estás abajo, te entienden y minimizan el problemón. Ya puedes estar metida en aquello insalvable, indoblegable o difícil. Ellas le dan la vuelta.

La amistad surge en algún punto del camino. Y si el amor es magia la amistad es pura dinamita. Surge. No sabes muy bien porqué. Coinciden el sentido del humor, los gustos y hasta los vicios. Coinciden y por qué no compartirlos, debe pensar el destino. Nos mira divertido.

Adoro a esas amigas que recuerdan tu última preocupación, nimia para la vida que vivimos, pero tu preocupación al fin y al cabo. Están, escuchan, se preocupan por ti y te lo expresan. Y en ese momento sientes que escogiste bien. Que no sabes bien qué les aportas tú. Pero te sientes agradecida de que te encontraran en su camino.

Aquella amiga que escucha atentamente.

La amistad es rara, es inmensa, necesaria. Curativa.

La amistad nos elige, nos cuida, nos mejora.

Alguna que otra vez la cagamos, podemos herirla. Pero si hay esencia vuelve a nosotros cual paloma mensajera. Devolviéndonos la palabra perdón tiernamente envuelta en papel de celofán, para ser desenvuelta, como un vestido de gasa y ponérnoslo para salir a bailar… el más dulce de los bailes.

La amistad es vitamina. Es soporte. Perfume. Droga pura.

La amistad es simplemente un espejo que nos devuelve nuestra mejor versión. Nos tunea y transforma en aquello que siempre quisimos ser.

Gracias por estar allí, Sueltas, ángeles, amigos y amigas.

 

Agradecida.

La Suelta.