Qué sutil diferencia…

“Te quiero.”

Le dice el cobarde enamorado a su damisela.

Te quiero

¡Qué fácil. ¡O que convincente!

Puedes querer a casi cualquiera pero no puedes amar a quien elijas.

 

Son dos verbos cercanos aunque diferentes

que, más habitualmente de lo necesario,

los entremezclan

y les hacen bailar juntos.

A veces uno sustituye injustamente al otro.

O el otro se hace pasar por el uno.

Querer y amar

De entrada lo mismo. Pero no…

 

Querer. Aprecio. Cariño.

Voluntad de que la otra persona esté bien.

Confortabilidad.

 

Amar. Locura. Angustia. Pasión. Desesperación.

Amar, ¡ay!

¡Qué gran verbo!

Qué simple y qué complejo.

Amar es atreverse, entregarse, arriesgar,

confiar en que todo va a salir bien.

Y para eso, para ese simple y tonto gesto,

hay que tener agallas,

dejarse convencer,

permitir al otro enamorarnos,

cerrar los ojos y darle la mano.

Son demasiados actos heroicos para cualquier pobre diablo.

Y por las mentes racionales, higiénicas o temerosas:

gestos absurdos que pueden ser esquivados, evitados, ahorrados.

 

Yo puedo querer sin arriesgar.

Puedo querer desde la prudencia, desde la tranquilidad.

 

Yo puedo querer sin necesitar.

Pero cuando amas necesitas

Se necesita a esa otra alma para respirar

Necesitas.

Aunque no te guste.

O te percibas susceptible

Es tu otra mitad.

Es tu espejo. Tu reflejo.

Es tu dicha, tu paz, tu sosiego.

 

El problema es que a veces,

nos creemos invencibles, inmortales al amor,

lo saltamos, lo encerramos y matamos esa necesidad.

Lo subestimamos.

Y ahí comienza el drama, la tragedia, el naufragio.

 

Porque al aniquilar la necesidad

Se pierde el verbo y aparece el aprecio

Ese débil sentimiento

Que podría estar como podría no estar

Que huye del grito, evita el llanto,

que se lleva bien con la cordialidad.

Y es tan amigo de la diplomacia.

 

Sin embargo…

¿no creéis que amar con todas sus letras necesita unas gotas de angustia,

unos gramos de tensión, de llanto incluso?

Necesita.

Repetida y descompuesta palabra.

Porque al amar, honestamente, amigo, te digo que necesitarás.

Te duela lo que te duela. Te doblegue lo que te doblegue.

 

Ama con todas las letras de tu corazón,

Hasta donde tu valor te lleve,

Arriesga tu vida.

Déjate la piel,

No temas.

Amando nunca pierdes.

Si acaso vives.

Y a veces vivir deja cicatrices.

 

Atrévete si tienes agallas.

El resto… aprecios.

 

Gallarda.

La Suelta.

 

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II. Blanca y Luis. Blanca, discretamente bella.

Blanca era lo que podríamos llamar una buena niña, era todo lo que su familia, sus amigos, pero sobre todo su papa, esperaban de ella. Blanca era buena, por dentro y por fuera, no tenía maldad, no la conocía, no la utilizó nunca, no le enseñaron a ser mala, nunca eligió esa opción. Le gustaba hacer sentir bien a la gente. Hacer las cosas en función de cómo se esperaba que las hiciera. No se salió nunca del guion.

Cumplió sus deberes, sacaba buenas notas, era ordenada, le gustaba el chico guapo de la clase, bueno y tranquilo. Cada año cambiaba. Nunca se obsesionó.

Nunca se metió en follones.

Blanca no era consciente de su belleza. Se miraba en el espejo sin autoestima, sin orgullo, sin desprecios, pero sin satisfacción.

Y tenía unos ojos verdes que quitaban el hipo, una melena morena que en su bamboleo hipnotizaba. Un cuerpo atlético que ya de niña apuntaba maneras.

Las mujeres la envidiaban en silencio. Los hombres la miraban con inquietud. Pues era sólo una niña y ya destacaba.

Pero ella no se daba cuenta. No alimentó su autoestima.

Y en casa sus padres no dejaban de repetir lo buena niña que era. Lo bien que se portaba, lo responsable… nunca nombraron esos ojos de felina que vestía. No mencionaban el cuerpo esbelto, garboso y con una plasticidad fuera de lo habitual con el que se paseaba por la calle. Ni mención de su belleza. Magnética. Inusual.

Y en su infancia esa característica de su persona se escondió, en el silencio, no se nombró, por tanto para el concepto que Blanca fabricó de sí misma ella nunca fue guapa. Sabía que despertaba inquietud. Pero el silencio le dio pie a tantas interpretaciones como miedos.

En su fuero interno, luchó contra esos miedos, portándose bien, obedeciendo, cumpliendo con los deberes. Así todos esos miedos no saldrían a la luz.

Todos arrastramos miedos. El problema es ponerles nombre. Darles contenido y saber contra qué luchamos. Porque a veces es contra una simple, insignificante e inofensiva cucaracha.

Ella no lo supo hasta muchos años más tarde.

Sólo había una cosa en la niña Blanca que le hacía perder los papeles en el buen sentido, que la encandilaba y sacaba lo mejor de ella: su hermano pequeño Luis, su muñeco y su payaso. Era el motor de sus días. Podías saber si Blanca iba a ver Luis por el tamaño de su sonrisa.

Y cuando estaba con Luis simplemente se esperaba a ver qué proponía éste, qué payasada se le ocurría, qué tontería contaba. El la hacía reír hasta la carcajada, era un chiste constante.

Cuando fueron muy niños. Él era el bebé más dulce y sonriente que había. Se reía al verla. Se reía con ella. Y eso a ella indirectamente la hacía inmensamente feliz. En el cochecito sólo quería que empujara ella el cochecito. Y ella se sentía importante.

Cuando fueron un poco más mayores, las bromas fueron evolucionando, se reía de ella, con ella y para ella. Era un espectáculo verlos juntos.

Blanca iba al cole y a clases de ballet por las tardes, delicadamente preparaba la bolsa para acudir a clase. Luis la observaba y le escondía las cosas, los zapatos, la falda, para que le costara más preparar su bolsa, para que tardara en irse e infantilmente pensaba que así no se iría a clase y se quedaría con él.

Cuando fueron adolescentes, ella salía por las noches, pero volvía siempre cinco minutos antes de la hora que le habían dicho sus padres. Luis, niño o no tan niño ya, abría un ojo al verla entrar, pues nunca quisieron dormir separados, verla bien le calmaba y volvía a conciliar el sueño con más tranquilidad.

Blanca siempre fue buena chica, cuidadosa y su única preocupación, alegría y amor fue Luis. Hasta que conoció a Víctor. O Víctor conoció a Blanca.

Allí algo cambió. No supieron muy bien el qué. Pero algo cambió.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

¿?  Qué es lo que hay que rehacer?

Y se les llena la boca, pronuncian las palabras con más contundencia, con toda la soberbia que da la ignorancia; con la presuntuosidad de sentirse importantes.

Y hablan de otros, de aquellos, de ajenos. De otras vidas que no les son cercanas. Que nunca entenderán. Como si entrar en casa ajena sin permiso fuera un gesto de bravura. O estuviera en su derecho.

Se acercan a los derechos de otros, de aquellos.

Como si fueran juez, parte y auditor.

“Nunca rehará su vida”. Sentenciaban en corrillo.

Que frase más estúpida. Rehacer su vida. Y no por el significado gramatical. Sino por lo que se sobreentiende popularmente. Que haya encontrado alguien, media naranja, compañero/a de vida. Como si la vida se pudiera definir por la compañía que llevamos, por la mano que nos coge, por los ojos que nos miran.

Y no vamos a negar que el cariño es el alimento del alma.

Que empiezo a sospechar que esté en la base de la pirámide de necesidades, por delante del alimento, por detrás del sueño. Eso no lo discuto.

Pero de ahí a no poder tener vida, a tenerla hecho unos quicios. Imaginémonosla toda desmontada, por no haber encontrado a alguien. Rehacer una vida.

Hay tantas vidas desmontadas en compañía. Hay otras tantas vacías llenas de gente que te mira. Hay cantidad de vidas que merecen cariño, amor y un fuerte abrazo y nadie habla de ellas.

Que el que una persona camine en soledad, pueda tener sobre sí el análisis gratuito de no haber rehecho su vida… Me parece frívolo, de sabiondos de barrio. Porque seguramente esa persona está precisamente rehaciendo su vida, su camino y hasta su existencia. O mejor aún: ya la tenga rehecha, compuesta y sin novio. Feliz. ¿Por qué no? Así escogida. Plena.

En realidad la vida son diferentes prismas de una misma realidad. Son diferentes miradas de un mismo roto. De una misma sonrisa. Depende de si lo sientes o simplemente lo observas.

Y cuanta ignorancia arrastraremos si no sabemos escuchar a la soledad, pues en ella están las voces de nuestro niño, aquel que arrastramos, cuidamos y llevamos con nosotros desde enanos. Ese que a ratos no nos reconoce y en otros momentos no sonríe. Se muere a carcajadas por escucharnos. ¿Que mejor compañía que nosotros mismos?

La soledad es un buen lugar para ir de visita, un mal lugar para quedarse. Pero a veces necesitamos visitarla, para escucharnos. O para acallarnos. Por un rato en el tumulto de la vida. Y la vida no es sencilla, no es una felicidad a otra entrelazada. No es un saco de risas. No es tantas cosas.

Y puede ser tantas otras. Pero a cachitos sí se me antoja aquella sentencia que leí una vez:

La vida es un continuo recomponer cristales rotos.

Así que la próxima vez que veas una persona caminar en soledad por la vida, no sentencies gratuitamente, no cuelgues el cartel en la entrada tan fácilmente. Porque tal vez no ha rehecho su vida, pero esté rehaciendo su alma. Algo mucho más complejo y satisfactorio.

Acércate dale un abrazo, tatúale un beso. Y no hagas preguntas. No las necesita. Ella o él ya se las está haciendo continuamente y no encontrar las respuestas es su desazón. No el tuyo.

Pues los corazones rotos necesitan más cariño y menos preguntas.

A ratos sola. O con tu compañía merecida.

La Suelta.

I. Blanca y Luis. Luis y Blanca.

Blanca y Luis, Luis y Blanca. Nunca sabías donde acababa Blanca y donde empezaba Luis. Eran casi indisolubles. Eran como dos átomos dependientes el uno del otro para existir. Blanca era 4 años mayor que Luis. Luis siempre fue su cosita, su juguete. Hasta tal punto que nunca jugó con muñecas desde que Luis nació. Le pusieron en los brazos a Luis y Blanca dijo con la más dulce voz de niña de cuatro años que se pudiera oír: “mi bebé”.

Y así fue como Blanca pensó que su mamá le había encargado el más evolucionado muñeco del mercado, “¡lloraba, hacía caca y pipí, como un bebé normal!”, pensaba Blanca. Acudía rauda al llanto, servicial al cambio de pañal, empujaba ella el cochecito y si cualquier señora en la calle se acercaba a preguntar por el bebé, cómo se portaba, lo bonito que era. Blanca, orgullosa, satisfecha y buena nena respondía con voz alta y clara a todo lo que quisieran preguntar.

Blanca y Luis. Luis y Blanca. Luis se quedaba conforme en la compañía de Blanca, ella le cantaba, le bailaba, le ponía el babero. Podía pasar horas cuidando, enseñando, reproduciendo la clase de su señorita con su bebe. Más tarde niño.

Luis debía pensar que Blanca era su ángel de la guarda. Y es que con los hechos, su presencia, su dulzura y su magia así se lo hizo creer. No le faltaba razón. La vida le enseñaría que no habría en el mundo angel de la guarda más eficiente y tenaz.

A la hora de comer, Luis no se acababa nunca la comida, pero cuando mamá se giraba Blanca le ayudaba, de una u otra manera. Le tapaba. Se quedaba un rato más ayudándole. No hay nada que soportara menos Blanca que riñeran a su Luis, era uno de los momentos más horribles del día. Sufría. Chirriaba por dentro. Aunque supiera que aquel niño travieso e inquieto se lo hubiera ganado. Ella leía su alma noble. Su mirada curiosa. Su lealtad inquebrantable y todo lo demás tenía perdón de Dios. Desde su mirada de niña protectora. Se llevaban 4 años y siempre se llevarían 4 años.

Él era el payaso de la casa, el ocurrente. Y ella se deleitaba mirándolo. Se partía la caja con sus bromas, sus risas, sus payasadas. Él conseguía arrancarle la más difícil de las carcajadas, en el momento más inverosímil.

De noche se dormían juntos en la misma cama, cuando mamá cerraba la puerta de la habitación, Blanca corría a meterse entre las sábanas de Luis a contarle cuentos. Luis le hacía preguntas curiosas, inquietas:

  • ¿Por qué el agua del mar es salada, Blanquita? ¿hay un señor detrás de las rocas tirando cubos de sal?

Blanca en vez de reír, contestaba muy seria y le ponía cara, nombre y volumen a aquel señor. “Será un señor flacucho, que trepa por las rocas. Arrastrando un cubo de sal, Luis.”

Y al final de la disertación, Blanca se quedaba mirando a su tierno Luis a la luz de la lamparita de noche. Era travieso y dulce a la vez. Era inquieto y obediente. Bueno sólo le obedecía a ella. Cosa que la hacía sentir tan importante…

  • ¿crees que las flores son de colores porque de noche viene un hada y las pinta con un pincel?
  • Puede ser, Luis. Yo creo que lleva ayuda, porque tantos colores… ¿qué crees?

Y a la que volteaba Blanca, Luis ya se había quedado dormido. Tierno y suyo. Suave como un bebe. Travieso como un niño. Su niño.

Luis ya dormía, cuando Blanca en un susurro y en la esquina de su oreja le chivaba: “siempre cuidaré de ti, enano.” Y saberse su protectora la llenaba de orgullo. Sabía que lo haría. A aquel enano no le pasaría nada malo mientras ella viviera.

Y en ese primer sueño, a ella le parecía que Luis dibujaba una sonrisa, o era el sosiego del alma, de sentirse arropado por su angel de la guarda. Como fuera, Blanca con Luis era la niña más feliz del barrio.

Luis con Blanca era el niño mejor cuidado de la calle.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

 

La Suelta.

Tuya y mía. Mi poesía a ti debida.

He escrito una poesía tan bonita y delicada que hasta a mí me conmueve.

Releo mis palabras y buceo en una parte de mí misma que desconocía.

Retengo los versos en la comisura de mi asombro

Me subyuga mi arte.

Me seduce mi mirada.

 

Ansío compartirla contigo.

Mostrártela, cual tesoro imposible.

Esperar tu sorpresa.

Tu silencio sin respuesta.

Ante tanta inmensidad.

Y por primera vez expandir mi soberbia.

 

Sentir mi otra pulsión

Yo en ti

A través de ti

 

Espero tu orgullo

E imperfecta y humildemente tu juicio o

¿Por qué no? elogio agradecido,

Necesario

 

He escrito la más soberbia de mis poesías

No me reconozco en mi escritura

No soy yo

 

Soy ese tallo de madera que esculpió

tu crueldad a mi amor entrelazado;

Por tu cariño a mi dependencia sustentado.

Soy plastilina entregada a tu violencia.

Soy ese puñado de arena mojada que se moldea,

se sustenta, cohesiona, por la humedad.

Soy sin voluntad.

Te permito y me dejo llevar por tu corriente.

 

Y hoy la poesía ha venido a mí,

A susurrarme,

A explicarme mi propio lamento,

Aullido ahogado de mi alma de niña olvidada.

Las grafías me sostienen,

Me salvan.

 

El río me sumerge y me voltea

Me ahoga y se me lleva

Y al fin cierro los ojos

 

El ruido del acantilado me asusta

Me secuestra el miedo

Me eleva

Y algo me dice que ya no soy yo

Eres tú

Ya no tengo voluntad ante desmesurada debilidad

El chorro de agua cae con estruendoso rumor

Pánico

Miedo

No respiro

No oso

 

La adrenalina chorrea mis venas

Me acerco al borde

Poseída

Despeinada

Y al fin caigo en ti

Por ti

De ti

Tu causa y yo mi musa

 

Caigo y destrozo

Me elevo y supero

Salgo

Respiro

 

No eres lo que logras

Eres lo que superas

 

Y hoy mi poesía ha venido a encumbrarme

A elogiarme

Acariciarme

Ante tanto mérito

 

Ya no eres tú

Soy yo

Inmensa y mía

Mágica

Especial

 

Yo y mi poesía

A tus pies para ser desenvuelta

Leída

Recorrida

Como recorren los pájaros el amanecer

Sobre la piel del océano

Como acarician las aves el alba

Como seduce el sol a la noche

Y se la brinda

 

Y tu lectura me desvestirá para tenerme

A tus pies

Humilde y tuya

Para que hagas conmigo lo que tu creatividad nos brinde

 

Hoy será tuya mi poesía

Mi desnudez a ti debida

 

Me abrazaré a tu alma herida

Le arrancaré una lágrima

De algún dolor no recordado

Nunca olvidado

Te traeré violenta aquel grito

Aquella doblez del orgullo

Y tu lágrima vendrá a sellar mi poesía

Para hacerla tuya

Nuestra

 

Y hoy por vez primera

Mi poesía a tu debida

 

La Suelta.

¡Feliz Verano!

 

Tuya y mía. Soberbia.

Y ¿qué derecho tengo yo a buscarte?

Desearte, tenerte.

Acaso mi sombra fugaz, ser en evidencia.

Me retorceré entre las esquinas, matorrales y cunetas del camino.

Escondida entre lo evidente.

Para poder verte.

Sin ser vista.

 

¿Qué derecho tengo yo a poseerte?

Humilde personaje que interfiere en tu trayecto.

Molesto lenguaje que viene a hurgarte la conciencia,

Que entrelaza hábilmente las palabras sin dejar rastro,

Que le guiña el ojo a tu inconsciente.

Dejando k.o. a tu consciente.

 

¿Qué derecho tiene esta pobre alma de besarte?

Disfrutarte a su antojo

Mimarte, vestir de placer inusual tus formas.

Enseñarte allá donde lo mundano nunca osaría.

 

Ninguno.

Cero.

No es mío el derecho.

 

Como tampoco tuyo acariciar mi áurea de ser indescriptible, enorme y mágico

Que consciente de su brillo te permite mirarme

Percibirme

Acaso pensar en una esquina de tu presuntuosidad conocerme

Que te permite en gesto inmenso de generosidad alcanzarla

 

Porque a veces las sirenas

Te conceden entrevistas.

Los unicornios te llevan en su grupa a galopar por parajes mágicos.

Las hadas conceden deseos.

El deseo de poseerme fugazmente un instante en la esquina de la eternidad.

 

Para que tú, con tu ego y  avaricia pises mi cola, mi trazo, mi arte, mi gracia,

mis ganas de brindarte la magia

y así llevarla contigo a otros cuerpos mundanos necesitados

 

¡Ay! ¡Tú! Pobre ser minúsculo e indefenso que no puede percibir la magia al ser ofrecida, la música al ser tocada, la más delicada de las poesías al ser escritas.

 

Mi magia es mía. Selectiva. Y delicada

Ante miradas interesadas.

Triste ante tan poca humanidad.

 

Las almas especiales bailan Valses a la luz de la luna en la orilla del mar, al son de la música de las estrellas.

No pueden conformarse con menos.

Resultaría vulgar.

 

¿Pero cómo lo entendería una pobre y mísera presencia vulgar como la tuya?

 

Mi magia rezará por ti toda mi existencia

Para que tu alma desdichada encuentre sosiego en lo material, el deber y tu obstinación.

Rincón de sufrimiento y lamento.

 

Mi recuerdo quedara indeleble, perenne, intacto.

No soy quién para poseerte.

 

Aún no lo entendiste.

 

No querría, no podría, demasiada magia para tan poca mirada.

 

Cuídate mi chiquillo, se feliz. Lo mereces.

 

Pd:

Seguiré mi camino desprendiendo mi esencia a vainilla

Mi escritura acompasada para cualquier pobre diablo

Mirando atrás de soslayo, divertida y gamberra

Sabiéndote conquistado

Oyendo a tu melancolía hurgar en cada stop, cada semáforo

Pedirme un café

Una mínima presencia en tu mundana existencia.

Porque por rígida que sea tu conciencia no es indiferente a tanta sintonía.

La complicidad suena a imposible.

Las risas son masajes de nuestras almas.

 

Y al adiós

Una mueca

Un alivio

Un nudo

Un abrazo

Un mundo

En un segundo

 

¡Mierda! Amor,

Aun consigues inquietarme,

Alterarme…

 

Aún…

 

Después de cien años

Seguiría siendo tuya…

 

La Suelta.

Tuya y mía. Las sombras de mis pensamientos.

¿Cuándo supiste que sería la siguiente?

Aquella noche lluviosa y gris de noviembre…

que mis labios sabrían a tu rebeldía

Que beberían tu osadía.

¿Cuándo supiste que sacudirías mi alma

rediseñando mi sexo…?

 

Mi mirada coloreada con tus palabras

¿Cuándo supiste que me elegirías?

Entre todas, entre tantas.

Que me indicarías el camino.

Sacudiendo mi virginidad

Sin permiso. Sin piedad.

 

¿Cuándo lo supiste y decidiste no contármelo?

¿Cuándo pusiste tus ojos aguamarina y golfos en mí?

¿Cuándo, sin darme cuenta, me anulaste?

Desenvolviste mi cuerpo y lo pusiste a tus pies.

Me subiste al cielo y me dejaste caer.

Sin licencia.

 

Cuando mis labios sabían a ti, irremediablemente.

En tantos amaneceres me encontraste.

Mis ojos sólo sabían buscarte.

 

Debería haber sorbido un poquito más de ti en cada trago.

Haberte bajado la luna envuelta en papel de regalo.

Debería haberte precintado.

Conmigo llevarte

Coger tu carita de ángel.

Cosérmela al pecho y jamás soltarte.

 

Para que al despertar tu saliva a mi supiera.

Tus ojos claros de mí se tiñeran.

 

Porque cuando todo eso supiste.

Podrías haber apartado mi pelo y escribírmelo al oído.

Para leer la verdad.

Y decidir yo si te permitía invadir mi vida.

Sabes que te hubiera permitido.

Robarme, violarme,

Hasta mi alma llevarte.

Si eso era el tenerte.

 

Devastada

La Suelta

Tuya y mía. Te dejaré.

Dejaré que me acaricies la cara.

Que me arrastres la sonrisa.

Pero no que te lleves mi risa.

 

Dejaré que me hurgues,

que me cojas y me lleves.

Que me traigas y me sacudas.

Pero no que te me quedes.

 

Dejaré que me poseas pero no que me hipoteques.

Dejaré que me enamores pero no me someteré.

Dejaré que bebas de mi magia.

Pero no que la cambies.

Dejaré que tu sonrisa me alucine,

pero no me amargará tu marcha.

Dejaré que indagues mi pudor,

que lo cuestiones y hasta lo transformes,

pero no tocaré mi cuerpo por ti.

 

Te permitiré amarme, adorarme y hasta encapricharte de mi.

Pero no cogerme.

Te permitiré que te encante mi risa,

mi alegría y hasta mi genialidad.

Pero no te la daré.

 

Te permitiré el cielo si me lo pides,

pero no me pidas que me quede allí contigo.

Te permitiré tener mi sexualidad,

disfrutarla, sorberla y hasta quedártela por un tiempo.

Pero la recuperaré.

Nunca será tuya.

No soy tuya ni de nadie.

Soy mía.

 

Permitiré todos y cada uno de tus gestos indecentes.

Pero no los necesitaré al perderte.

Porque acabaré perdiéndote.

O tú a mí.

Como todas las historias de amor.

Pues tú no estarás presente todos los días de mi vida.

Estás aquí, un trocito, un cachito, para pensar que me tienes.

Para imaginarte que te necesito. Para pensar que me posees.

Para soberbiamente pedirme que no me enamore de ti.

Pero yo me iré, por la puerta de atrás sin hacer ruido.

Y sólo quedará la frialdad de mi soledad.

Y la dulzura de mi recuerdo.

Saborea el presente, sorbe mis besos,

ahora que los tienes.

Y déjame ir llegado el momento.

Mi magia no puede ser eterna, mi risa no es tuya.

 

A veces perdiz.

La suelta.

 

Tuya y mía. Seré el más bravo oleaje.

No sé si te das cuenta

que de un tiempo a esta parte

hablo menos y escucho más.

Para no perderme ni una coma.

Para sorber todo lo que venga de ti.

 

No sé si ves

que beso más y pienso menos.

Que pienso menos y siento más.

Pues las personas queremos ser como la roca:

inerte, fuerte e impávida que espera a la ola chocar contra su frente.

Pretendemos soportar impertérritos la embestida.

Tú eres mi roca y yo soy tu ola.

 

Y cual rocoso e imponente acantilado,

fruto de ecos ahogados,

me esperas allí en el borde del mar.

Y piensas que ningún oleaje podrá con tremendo frente.

Piensas que no hay tramontana que te rompa,

ni oleaje que se deshaga.

 

Pero yo soy el oleaje, el mar y si hace falta el océano

que repite y choca contra aquel,

que embiste y moja al ser inerte.

Y solo el tiempo, la tozudez y mi salitre

convierten al acantilado en dulce playa,

la roca cede y se deshace,

se torna arena que acaricia mis pies.

Y al final de tan tierno gesto.

El oleaje seguirá viniendo a tus pies, entonces arena,

a lamerlos, cuidarlos y mojarlos.

Hasta la eternidad si cabe.

 

Pues la combinación de tal bravo oleaje y el tiempo

no lo soporta ninguna piedra, roca ni acantilado,

por alto que sea.

 

Todo tiene una grieta. Por donde entra la luz.

 

Tenaz.

La Suelta.

Sólo cuatro letras

El amor viene. Y se va.

Te inunda y se retrae.

Te infla y te deshincha.

Te llena y te vacía.

El amor o sus sujetos.

 

Da miedo atreverse a amar.
Porque sabes que duele.
Porque al final hace daño.
Quema.
Atraviesa el alma y la parte en dos:
Una es tuya la pequeñita, la enana, la necesaria para seguir adelante.
La otra se la llevaron, se quedó en mute, callada, con miedo, agazapada.

O quizás, tal vez, sea de un solo uso. Una sola vez.
Y esa vez ya pasó por tu vida.
¿Qué hacer cuando el amor de tu vida pasó de largo?
Y como un tsunami arrasaron tu credibilidad y llenaron tu alma de escepticismo, de incredulidad, de frialdad.
Miras la vida con distancia, con prudencia.
Mejor pasar de puntillas.
Mejor no bajar otra vez al ruedo.
¿Para qué? te dices.
Ahora estoy bien. Bien. Simplemente.
Es tanto. Remanso de paz.
Después del dolor, del sufrimiento, del quebranto, del amor.
Ahora esto. La nada. Silencio. Ausencia de dolor.

Pobre alma desafortunada que no encontró en los brazos del amor la dicha sino el desasosiego y no identifica la dicha en esas complicadas cuatro letras tan popularmente entrelazadas, tan sobadas, tan incorrectamente empleadas.

Amar es un verbo complejo, profundo, valiente y muy selectivo.

Verbo que conjugan los necios, los ignorantes; con el que se disfrazan los cobardes, con el que sueñan los ilusos. Verbo que les encanta a los sin sentido.

Amar es un verbo que solo entienden los luchadores. Los gladiadores emocionales.

Amar es tu verbo y tú eres el sujeto.
Sólo descúbreme tú el complemento directo que te merezca.

 

Tú me inspiras.

La Suelta.