El tren en verano…

En Junio publicamos la Primera parte: EL TREN. Por si queréis releerlo. Aquí os lo linko…

http://www.lasuelta.com/?s=el+tren

 

Segunda parte: 

El runruneo del tren continúa, el calor sofoca, el viaje se antoja largo, o corto. Depende de cómo lo leas…

El roce ha dejado paso al descaro, la mirada al beso y en un acto prohibido te ha bajado las bragas…

Te ha sentado a horcajadas sobre él, los dos sudáis, tropezáis, os buscáis, tenéis hambre.

Hubiera estado bien preguntarle el nombre, de donde viene, a donde va, ahora ya es tarde…

Notas la presión ahí abajo, no sabes si podrás metértela… Pero estás tan cachonda…

Y cachonda la coges, levantas el culete y te la acercas buscándote. Y por fin su punta encuentra tu tesoro. Tu delicado y travieso órgano fuente de radiantes orgasmos.

Te la metes. Te entra. Te abre. Te tiene. Te alcanza y levantas la cara. Te erizas. Te abre en canal. Te imaginas que te acaricia el ombligo, la sonrisa. Esto es el clímax. Pondrías el Stop y que no siga la vida. Aquí te quedas. Y él decidido te coge con sus manos tu culo y te sube. Te sube y baja. Sintiendo cómo se te erizan hasta los pezones. Tus pestañas. Y en pura telepatía sabia. U olor de hombre aventajado te baja el sostén te descubre el pecho y te chupa el pezón autoritariamente. Y sólo consigue subirte más. Ponerte más cachonda.

Sientes que vas a volar en cada embestida. Te sientes abierta en dos. Suya. Inmensa. Potente. Tremenda.

Subes al cielo. Le coges el cuello. Miras sus rasgos de adonis imperfecto. Doblegado. A tus pies. Cachondo. Sumiso. Tuyo. Te come la boca. Hambriento. Juegan las lenguas. Se gustan, se desean. Le lames los labios. Le chupas la barbilla. Y él te embiste y te sube. Caes y explotas. En un chorro de tesoros incombustibles. Desde lo más alto que hubieras alcanzado te dejas caer. Te recorre un orgasmo cual lava ardiente tu columna. Te arqueas. Lo sientes. Te dejas.

A la vez que tu orgasmo provoca cual clic efectivo el suyo y se corre contigo en brillante gesto simultáneo con grito ahogado en tu oreja, mientras te agarra fuertísimo tu cabeza entrelazando sus dedos en tu melena.

Poderoso sexo.

Caes y tu cuerpo se va deshinchando. Suavizándose. Enterneciéndose.

Te mira, ahora radiante, poderoso y feliz de haberte alcanzado. Místico instante compartido.

Te besa intenso y tierno a la vez. Te tapa entre divertido y protector con su chaqueta.

 

Pasan unos minutos de silencio necesario. Recomponiendo el aliento. La entereza. La perspectiva.

Casi sientes el fin. Te duele salirte. Te sabe hasta mal volver a vestirte.

Te compones y te colocas la melena.

Mañana te dolerá todo. Hoy sabe a mermelada…

Miras por la ventana divertida.

Te mira, sonríe y vuelve a mirar por la ventana.

Nada que decir. Innecesario.

 

Suelta.

La Suelta.

 

Estaría bien haber preguntado el nombre…

El tren…

Te mira divertido y sonríes. Desvías la mirada. Le esquivas y esperas. Hace tanto calor… tu piel está húmeda… Te levantas la coleta. Te acaricias la nuca. Sabes que te está mirando. Carnívoro y sexy. Te acaricias y miras hacia él. Ahí está: al final de la cola de taquillas mirándote. Con una media sonrisa. Como diciendo: “traviesa. Lo sabes…”

Te vuelves hacia la taquilla a comprar tu billete de tren.
Viajas a visitar a tu hermana. Tren de larga duración. Vagón compartido.
Calor sofocante.
Te sacudes la camisa. Es ligeramente transparente y lo sabes.
Coges tu billete y deshaces la cola hacia el tren. Pasas por su lado sonriendo. Sin mirarle. Él se gira a tu paso descarado.

Llegas al compartimento, dos bancos enfrentados. Con puertas a un lado y ventanas en el otro. Cortinas antiguas.
Estás sola. Y alguien abre la puerta. Es él.
Os miráis y sonreís divertidos, gamberros, traviesos. Qué divertida es la vida a veces. Socarrona. Tuya.
Haces como si la cosa no fuera contigo. Te acaricias el cuello, miras por la ventana,
– ¿puedo? – Pregunta en su papel de tímido- golfo sin poder evitarlo.

Sonríes. No puedes dejar de sonreír.
Se sienta en frente tuyo. Las rodillas se tocan.
Suelta una broma, objetivamente absurda… te descojonas. Mirándote desde fuera hasta pareces ridícula. No puedes evitarlo.

– ¡qué calor!.
– y que lo digas…

El tren arranca, las palabras fluyen.
Las miradas convergen, coinciden, las palabras se entrelazan. Sin trascendencia. Sin objetivo. Por diversión.
Cae una mano. Y la mirada.
Se acerca una pierna. No separas las tuyas.
Cacarería, travesuras, palabrería, carcajadas y de repente… el silencio. Una mirada, mantenida, alargada, sostenida…
Y la distancia se acorta y la acorta. Se acerca y le dejas: sonríes…

Lo deseas. Íntimamente. Parece adivinarlo. Es fácil.
Tibiamente acerca sus labios. Te besa en la boca. Se rozan los labios. Se tocan las lenguas. No se abren los ojos. Instante a medias escrito.
Y podría entrar cualquiera en ese momento. Más te pone…
Con sus dos manos te coge de la barbilla alarga sus dedos a tu cuello, crees que vas a morir, a fundirte, deshacerte. Quieres que siga. No pedirlo. Que te lea la mente…
Es tan guapo de cerca, esos ojos claros. Sonrisa de niño travieso.
Abres los ojos, le ves sonriendo. Seguro y bribón. ¡Oh! Dios!. No vas a soportarlo.
Te estira. Te levanta. Te acerca a él… él sigue sentado, tú de pie entre sus piernas, el ladea la cabeza, mira por la ventana…
Te acaricia las piernas. Es verano. Te acaricia las piernas, las rodillas, los muslos, te sientes intensa, húmeda, cachonda…
Sus manos suben por los lados, debajo de tu minifalda, le acaricias la cabeza que tiernamente apoya en tu vientre…
Notas sus dedos hurgar en tus braguitas, acariciarte el culo… se te eriza la piel, la conciencia y el hambre…
Deseas derretirte…
Pero sigues entera.
Miras por la ventana…
Y él se decide: sube sus manos por debajo de tus bragas…
Continuará…   en Septiembre.

La Suelta

Mi libro. Tu libro.

Tenía pendiente con vosotros este post… En realidad tengo tanto pendiente con La Suelta, con vosotros, mis lectores, no sabéis lo feliz que me hace cuando alguien me pregunta: ¿Cuándo vuelves a escribir? ¡Estamos esperando!

Pues permitidme esta confesión: yo siempre escribo, mi alma no deja nunca de escribir, la vida la entiendo y la respiro escribiéndola, pero hay escritos que merecen pulirse, reposar, enlazarse. Para poder ser entregados a vuestras delicadas, agudas y exigentes lecturas.

También la vida, mi trabajo y las obligaciones no me permiten tantas escrituras que estén a vuestro nivel.

Merecéis más que simples bocetos, que torpes poesías vomitadas en la esquina del tren, en el banco de una playa. En un pellizco de tiempo arrancado al trapo de la agenda.

Pero aquí me asomo después de semejante tropel de emociones…

Tenía pendiente traeros y juntaros todos los cachitos de aquel día, de la presentación del libro, de lo que allí sucedió, momentos, comentarios, algún link. No para acercaros a mi, sino, más bien para que me permitáis acercarme a vosotros.

 

Y así fue como un soleado 8 de abril, en una pequeña y peatonal calle de Tiana, confluyeron un puñado de corazones, las más bonitas sonrisas que conozco y la más grande de mis ilusiones.

 

Os junto en este post alguno de nuestros momentos, dulces momentos, con cariño preparados, con toda la ilusión del mundo.

Mis compañeros de clase de teatro representaron escenas de mi libro.

Presentadas por mi hijo Luca.

Como la escena en la que Laura conoce a Mario en el bar Rincón.

Parte del capítulo 7 del libro. PONME UN CORTADO.

A Mario lo interpreta Koen Willekens Morales y a Laura la interpreta Miri Franch

https://youtu.be/aEIvcg_ibPE

 

Después vino la “presentación oficial de mi libro” que aunque me suene demasiado formal. Así fue…

https://youtu.be/vSL1HGL51nc

 

Para cerrar, Koen Willekens i Miri Franch volvieron a representar una escena del libro un poco más intensa… Representando a Mario y a Ana, esta vez.

Cap.20 TU NO ME ENTIENDES.

https://youtu.be/g-p7-RbhjWs

 

Este libro es un regalo en todo su significado. Pero sobre todo por los comentarios que de mi lectores he recibido. Gente que no se esperaba lo que se ha encontrado…

Comparto uno que especialmente me llegó al alma, por inesperado, sensible y honesto:

“Acabé el libro de Ellos:
Nosotros:
Vosotros:
La Suelta
Que GRANDE eres Suelta
Maravilloso, exquisito, ese punto de erotismo travieso, frases geniales que te hacen pensar de como enfocamos la vida y algunas veces si, algunas veces no, otras ni si, ni no… También me he emocionado, y quiero decirte Suelta que es la primera vez que leyendo un libro se me caen las lágrimas. Ha sido una mezcla explosiva de sensaciones y emociones. Quiero más Suelta” 😘”

De Sonia Huguet. Mahón.

 

A día de hoy el libro lo tengo a la venta en:

la Botiga Casper de Tiana, en Espai 14 en Es Cos de Mahón, lo tienen en la peluquería L’Atellier de Badalona, por si mientras os cortáis el pelo tuviérais la osadía de empezarlo…

Y a quien ninguno de estos sitios les pille cerca podéis comprarlo online en la editorial… aquí os dejo el enlace.

http://www.editorialmeteora.com/es/libro/ellos-nosotros-vosotros/226

En mi página de Facebook de La Suelta hay colgadas las fotos de aquel día… sólo algunas…

 

y yo, para acabar este post voy a compartir aquí con vosotros mi nota de agradecimiento que puse como prólogo en mi segunda edición

“la nota de la autora para la segunda edición” como la llamó la editorial:

 

Simplemente agradecida.

 

Este libro es un regalo.

Y no lo digo en el sentido figurado. Sino literalmente.

A veces la vida te pone caramelos. Te ofrece un dulce. Te brinda un regalo.

Esta historia empezó con una idea, se escribió desde la osadía, lo publiqué en mi blog semana a semana, sin saber por dónde transcurriría la historia. Este relato me llevó de la mano con sus personajes.

“Gracias por escribirlo!” “Suelta, no dejes de escribir” “¿cómo sigue la historia?”

“Cada vez que lo leo lloro, me encanta!” algunos de los comentarios que recibí.

Y en un determinado momento, un señalado 30 de noviembre este libro apareció en mis manos. Se materializó un deseo. Se cumplió un sueño.

Aquella noche la pasé en vela, agradeciendo mil veces a esos ángeles de la guarda que habían cumplido mi propia promesa. Por eso y por tanto, gracias.

 

Gracias, Leticia, por ser tan grande, tan grande que nunca te alcance.

Afortunada de ser tu hermana.

Gracias, Sandra, por existir en mi vida, por ser, estar y aprender a leerme.

Por tus lecciones. Por tu idea y tu tenacidad al llevarla a cabo.

Gracias, Carlos, mami, Mayo, Ruth, Eli, Astrid, Silvia, Ana, Vane, Gala, Carmeta, Luz, Cati, Ana, Juana, Gracieta, Monica, Zori, Rebeca, Miguel, Tachu.

Siempre daré las gracias de teneros en mi vida.  Siempre.

 

Si coges por primera vez este libro. Déjate llevar.

Que mi escritura te entretenga, te acaricie, te lleve.

Yo de alguna manera me imagino a tu lado compartiéndolo.

Gracias a ti por encontrarme.

La Suelta. Febrero 2017

 

Siempre vuestra.

La Suelta.

 

Al final del andén.

Día.1.

La mujer de mirada triste, pelo canoso, entrada en años, exuberante aunque apagada, alcanzaba la estación de tren cada mañana a las 8.42. Sus labios antes deliciosos, hacía tiempo que no dibujaban una sonrisa.

Cada mañana salía de su casa, con el bolso colgado del hombro, arrastrando la obligatoriedad en cada paso. Nada le llenaba, no tenía alegría.

8.45 andén del tren, coincidió en la espera con un señor canoso, de mirada inquieta, con el brío en sus andares, con una mirada serena que al verla sonrío, sin porqué, de puro gozo.

A la mujer de mirada triste le dio un brote el corazón, se le alborotó el alma y le quemaron las mejillas; esbozó una sonrisa en desuso, se llevó la mano al bolso y bajó la mirada al suelo.

Él se la quedó mirando. Orgulloso. De su poder emocionar a alguien con una simple, gratuita, fácil y sincera sonrisa. Se la quedó mirando. Hasta la llegada del tren.

Se perdieron de vista.

 

Día.2.

La mujer de mirada no tan triste, entrada en años, exuberante, alcanzaba la estación a las 8.42. Miraba en el andén, buscaba. No sabía el qué.

Y al final del andén, allí estaba él con el periódico en la mano. Dudó si acercarse. Pensó: “pensará mal…” ¿y qué? Fue dando unos pasos. Hasta que él divisó una presencia. Alzó la mirada y la vio radiante.

Se alegró, sonrió y se la quedó mirando serenamente a la cara. A esos ojos de mirada no tan triste.

Ella se sonrojó, sonrió como una colegiala. Se agarró fuertemente al bolso y se giró nerviosa, inquieta, vergonzosa y pavorosa. Llegó el tren. Subió y desapareció entre la gente.

Él decidió no seguirla.

 

Día. 3.

La mujer exuberante, con labios deliciosos finamente perfilados, alcanzaba la estación esa mañana a las 8.40 esperaba en el andén, entre la gente, para no ser vista.

Le vio acercarse al último banco y coger el periódico. Se lo quedó mirando, sin ser vista. Le gustaba. Debía rondar los 50, tenía el pelo canoso, con porte interesante, mirada inquieta, ojos claros, rostro sereno. Alto y muy bien conservado. Podríamos decir que era atractivo. Se lo miró con detalle intentando encontrar aquel detalle que te echa para atrás. No lo encontraba. Le gustaba. En el fondo quisiera que no le gustara, pues no le alcanzaba, pero le atraía.

Y poco a poco fue aproximándose. Hasta que él detectó su presencia. Alzó la mirada y la vio, la reconoció y se iluminó su mirada, como cuando se encienden las luces en mitad de la noche, le transmitió vida, energía, deseo. Era muchas cosas a la vez. Y por primera vez en mucho tiempo, sin haber cruzado una palabra, se sentía guapa. Inmensa. No sabía el porqué.

Sensación de gozo molesta, incontrolable. Le hacía sentirse susceptible. Pero ¡qué delicia!

No sabía si decirle algo. Si acercarse o quedarse entre la multitud. Dudó.

Se le encogía el corazón de vergüenza al pensar en empezar una conversación. Esperó su tren y subió al vagón. No miró atrás. Simplemente subió. Se sentía ridícula con el brillo en sus labios.

Tiró de su bolso. Miró al suelo ¿qué perdía? Nada. Sólo saludarle. Se quedó de pie al lado de la puerta y en el último minuto entró él. Se le encogió el corazón. Le quemaban las mejillas. Se le quedó mirando.

Él al verla sonrió, se alegró de encontrársela. Le gustó el encuentro. Se quedó de pie frente a ella, no existía el mundo. Sólo esa mirada. La de ella. La de él. El resto… humo.

El tren arrancó. Inició la marcha, ella se cogía fuertemente a la barra y al bolso con la otra, le sudaban las manos. La vergüenza la invadía. La timidez la atenazaba. La ilusión la desbordaba. El deseo la coloreaba.

Él era la serenidad y la alegría. Se la miraba con gozo. Veía sus labios pintados, su ligero cambio. Ese brillo en la mirada. Era una mujer atractiva. Más atractiva de lo que ella quería creer, más bonita de lo que le habían hecho pensar. Mucho más de lo que su autoestima había valorado. Atisbaba la vergüenza en sus mejillas. Se le antojaba delicada y dulce ¡qué ganas de cogerla! De achucharla y llevársela a dormir una siesta, a cerrarle los ojos y que no se abrieran hasta comerse el mundo.

No podía.

Llevaban tres paradas no habían cruzado una palabra, a él le quedaba una parada. Se la quedó mirando:

  • Me llamo Alberto. Nos vemos. Cuídate. – Ella se quedó escuchando, Alberto. Pensó. Silencio.-

Y supo que debía responder.

  • Yo… María. Encantada.

Alberto bajó del tren, no sin antes girarse, acercarse al oído de María y susurrarle: “¡estás muy guapa!”. Y desapareció entre la gente.

A ella el resto del día le supo a miel. Nadie pudo borrar esa sonrisa de su cara.

 

Día.4.

María exuberante, inmensa y feliz salía de su casa con paso decidido, llevaba los labios ligeramente pintados, el pelo arreglado y teñido, con una camisa de generoso escote. No había quien le hiciera sombra aquella mañana. Estaba radiante. No sabía por qué o quizás sí.

A las 8.40 alcanzaba la estación de tren. Se encaminó al último banco del andén y esperó. 8.42 no veía a Alberto, esperó.

Llegó su tren y ni rastro de Alberto. Decidió perderlo, llegar tarde por un día en su vida, pero volver a ver a Alberto. Se saltó su propia rutina, invirtió su costumbre, su hábito, su modus operandi, por verle. Y se sentó en su banco.

Llegó el siguiente tren y no había llegado Alberto.

Bueno, algo le habrá pasado. Subió al tren y se fue a trabajar. Con penita. Aún inmensa. Igual de guapa. Pero con el corazón encogido.

Alberto nunca más apareció. De Alberto nunca más se supo.

Pero a María nadie la volvió a deshinchar, su autoestima bebió de ese momento por mucho tiempo y su vida se coloreó de ardientes colores, alegres músicas. María decidió levantar la mirada, mirar pa’lante. Pintarse los labios y no dejar de sonreír.

Se arreglaba para Alberto, aunque nunca más le viese. Se vestía para ese instante en que oyó en la esquina de su sonrisa. “¡Estás muy guapa!”

Ese instante le alimentó durante muchos días, semanas. E invirtió su modo de caminar, de levantarse y de mirar.

 

 

Esa María son muchas Marías, que pueden tropezarse con muchos Albertos, que la alegría está en la mirada, no en las cosas que suceden. Que Albertos hay muchos y Marías más. Que vales mucho la pena si te miras al espejo y simplemente te dices: ¡estás muy guapa! Pero sobre todo. Si te lo crees.

 

Rabiosa

 

La Suelta.

Confieso.

La escritura brota, fluye. Inspira. Expira.

Respiración involuntaria de mi alma.

Y escribo. ¿Para qué escribes?

Escribo para ser leída.

Y tú me lees. Hoy. Quizás mañana.

Tu lectura me acaricia.

Y vuelvo a escribir para, en un descuido, ser leída.

Con tu mirada ser acariciada.

Qué osadía. La mía.

¡Qué avaricia!

 

Escribo de ella, de mí, de nosotras. Tal vez de ti.

Y en tu lectura te detienes, te ríes, te descubro, me desnudo.

Y vuelvo a escribir.

Para no ser descubierta. O quizás sí.

Entonces aparezco y te sientes identificada.

Te leo el pensamiento.

Me meto en tu piel. Ese momento…

Con mis prosas, mis metáforas.

En mí, en ti. En nosotras.

Te gusta lo que lees.

Qué soberbia la mía: al gustarme ser leída.

Qué interesante la mujer:

Laberinto imposible.

Jeroglífico indescifrable.

Exuberancia en colores.

Orgullo infinito.

Montaña rusa de emoción.

Con mi torpe osadía.

Mi humilde escritura.

Vuestra curiosa lectura.

Delicada caricia de mi ego.

 

Gracias por recorrer mis letras, por sumergiros en estos escritos.

Modestas caricaturas.

Vanidosa humanidad la mía.

 

Desnuda

La suelta

 

¡Chicas, chicos!

me despido así de vosotros, hasta Septiembre, prometo traeros nuevos escritos, la segunda parte del tren, volveré sedienta de escritos, de contaros, de encontrarnos, con renovadas ganas. Con nuevas historias o los miedos de siempre. Alegre pero a ratos cabreada. Eufórica o triste.

Esta “primera temporada” de La Suelta ha sido reconfortante, satisfactoria, intensa. Ha sido mi escondrijo, mi máscara, mi tubo de escape. Así que volveré. Porque ya somos un puñado de Sueltos/as que nos encontramos aquí cada semana. Rico.

Un reto: que cada uno de vosotras/os  traigáis un nuevo seguidor al blog… duplicando Las Sueltas que andan por el mundo sin saberlo. Para encontrarnos.

Disfrutad el verano, saboread el sol. Alargad los días. Bebed a porrón…

¡Nos leemos en Septiembre!

 

 

 

III. Blanca y Luis. Luis. Ese rubiales de ojos verdes.

Luis era un niño rubio de ojos verdes que hacía las delicias de las vecinas, de las tías, de la abuela y hasta del panadero.
Era un rubiales con mucha gracia, un golfillo desvergonzado que arrancaba la sonrisa a la persona que tuviera delante.
Ya era un mostrenco en el cochecito, un bebé que ni hablaba, pero si su hermana Blanca le pedía: “sonríe Luis”, él sonreía con la sonrisa más falsa, forzada y graciosa que podía ponerte un niño. Para contentar a la vecina, conocida o quien fuera. Siempre mujeres.
Pero eran un dúo bien avenido, porque antes de pedírselo, Blanca se lo quedaba mirando, no hacían ningún gesto, no había un guiño, nada.
Sólo se miraban unos segundos y ella podía girarse a la persona con la que estuviera presentando a su tesoro y sin más explicaciones le soltaba: “hoy Luis no tiene ganas de ser simpático.” En un gesto de protección hacia “su pequeño”. Enternecedor. Protector.

Y otras veces le hacía hacer todas las monerías habidas y por haber.
Luis le gustaba obedecer a Blanca y llevar la contraria al resto del mundo. Porque Blanca tenía una capacidad de leer su más íntimo estado de ánimo y eso le daba seguridad. Sabía que la hacía sentir importante.

Era un crío con desparpajo, bajaba la ventanilla del coche y saludaba a la gente aunque no la conociera. A las camareras no tenía ni tres años y les decía “guapa”. Y ellas se derretían y hacían todo lo que él pedía, para desesperación de sus padres. Blanca solamente sonreía encandilada. Sabía el poder que irradiaba ese enano. En cuanto la camarera se giraba y se iba. Luis se giraba a Blanca y le decía “tu, princesa guapa” algo que enternecía a Blanca hasta el límite.

Entró en el colegio el primer día con las manos en los bolsillos como si fuera a comprar pipas, se despidió de sus padres, tranquilamente, porque sabía que en el patio estaría Blanca. Lo demás le traía al pairo.

Se paseaba por el mundo como el que se siente invencible, gracioso, encantador e intocable. Así se lo hizo creer su hermana.
Y así le repetían las mujeres, tías, primas y amigas de su madre y hermana.
Luis tenía un objetivo en la vida, o eso desprendía con 3 años, pasárselo bien. Hacía más o menos lo que le decían. Pero si no le apetecía comer verdura, no comía verdura. Ya podían castigarle. Chantajearle. Obligarle. Él no comía verduras. Simplemente. Si decidía que tenía calor no se ponía la chaqueta, aunque el resto de personas que le rodearan ya se abrigaban por tiempo frío según la mayoría de la sociedad. Él no se abrigaba y si se lo ponían se alejaba, se lo quitaba y lo tiraba en el suelo. Para después mirar desafiante a su madre. Blanca nunca le pidió que se pusiera la chaqueta, ella la aguantaba, para cuando el sintiera frío correr a ponérsela.

Tenía amigos, coleguillas. Su gran amigo Tomás. Era el intocable. De pequeñito ya dijo Mi Tomás y otros amigos. No tenían ni tres años cuando se encontraron en p3 y ya se reconocieron el uno al otro. Fue mirarse y ponerse a reír. Como si el mundo no existiera. Como si sus códigos fueran suyos y de nadie más. Cogían una pelota y se inventaban un juego. Reían, chutaban, se escondían, reían y corrían el uno detrás del otro.
Podían separarlos por hablar en clase. Podían castigarlos. Pero entre ellos nada cambiaba. A veces se peleaban. Blanca siempre recordará aquel día a la salida del colegio:
– Luis, estás triste.
– Lo sé. Me he enfadado con Tomas.
– Pero sois amigos.
– Claro, Blanquita, siempre seremos amigos, pero enfadarse con un amigo pone triste.

Fue una reflexión tan madura para un niño, que dejo a Blanca sin palabras. Un rato más tarde en el parque habían hecho las paces y eran tan amigos como siempre.
Blanca se acercó y preguntó:
– ¿ya volvéis a ser amigos? – era tierna la estampa de Luis con el brazo por encima de la espalda de Tomas, tan colegas.
– Siempre seremos amigos, Blanquita.
Luis creció como niño, como chaval, tenía tanto éxito entre las chicas que se agobiaba. Nunca le gustó ninguna en la etapa del colegio. Le divertía gustar. Divertir. Pero él tenía que pasárselo bien. Y ellas querían jugar a ser novios. Y eso le agobiaba. Era un punto gracioso.
Luis nunca se enamoró hasta que conoció a Raquel. Pero eso sería mucho más adelante.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

¡Sueltas! ¡Sueltos! ¡Feliz Año Nuevo!!

Que abráis este 2015 con más ilusión que el anterior.

Que se os cumplan esos deseos olvidados. Esos deseos que ni os atrevisteis a soñar.

Que la felicidad os acaricie la cara, os bese en los ojos, os abrace y os eleve.

Que la dejéis entrar. No tengáis miedo a ser felices.

No miréis atrás. Pues el pasado no podemos desdibujarlo, cambiarlo de forma, ni borrarlo.

Mirad sólo hacia adelante. Con ganas, con fuerza, con descaro.

Con la barbilla en alto.

Pues el 2015 es nuestro. Tuyo, mío: Nuestro.

Será de los valientes, los alegres, los ingeniosos, los creativos.

Será para los positivos como tú y yo.

Que no llegue Diciembre del 2015 y nos recuerde todo aquello que no tuvimos cojones de tirar adelante.

Que no venga otoño y sigamos queriendo dejar el tabaco.

El 2015 está por descorchar. Está por abrir, por estrenar, para llevártelo puesto.

Sólo debes ir a por él. Coger tu cachito, sorber lo bueno, escupir lo malo.

Y no mirar nunca atrás.

Aprende de tu ayer y cómete el mañana. Disfruta de tu hoy.

Aprovecha la fuerza del fin de año, de ese arranque de buenas intenciones que nos viene a todos… haré, aprenderé, adelgazaré, subiré, viajaré…

Yo por mi parte me voy a comer todas las perdices*. No dejaré ni una.

Seguiré escribiendo, es mi forma de estar en la vida.

Es la respiración involuntaria de mi alma.

Mi forma de entenderme, de decíroslo, de explicar la paz, el misterio y mis miedos. De volcar inquietudes.

Seguiré esperándoos aquí en la suelta.

Pero hoy os pido que rompáis este 2015 en pos de la alegría.

Que lo llenéis de risa, que celebréis hasta las pequeñas nimiedades.

Y sintáis que hacéis el amor con la felicidad. El éxtasis.

Para vosotros.

Mis poquitos lectores.

Un brindis por vuestros propósitos.

 

Vuestra.

La suelta.

 

*porque ese es el alimento de los felices…

ARTE. Difícil jeroglífico.

Siempre has querido saber de arte, entender la pintura, poder discernir una música de otra, siempre has querido ir a la ópera… suena tan bien… Cuando oyes la palabra ópera lo primero que te viene a la mente es a Julia Roberts envuelta en un vestido rojo emocionada a punto de pipi, con un súper collar que no parece de bisutería y acompañada de Richard Gere en su papel de caballero… quizá eso te haya hecho coger más ganas de entender la ópera, pero no has escuchado ni media. En el fondo acabas poniéndote a la Shakira en la ducha.

Pero te gustaría ir, escuchar y entender. Una cosa no quita la otra. “¡Llámenme contradictoria!”.

Te encantaría disfrutar la pintura, deleitarte con un cuadro, como hacen “los que saben”. Tienes un amigo que es culto a rabiar, que sabe más que la enciclopedia, que hablar con él es simplemente una delicia, que cuando habla escoge cada una de las palabras, algunas no las has oído nunca, pero las escoge cada una delicadamente. Tú escuchas atenta y cuando llegas a casa las buscas en el diccionario. Saboreas sus palabras y disfrutas sus diálogos, vuestras reflexiones a pachas. Y al acabar te sientes un poquito más culta. Simplemente por su amistad. Este amigo te ha dicho que da igual que no hayas visto nunca un cuadro, da lo mismo que no entiendas de arte, si quieres emocionarte… ve a ver Las Hilanderas. “Te emocionará, te transportará, te sentirás inmensa. Es una pintura que simplemente te traslada.” Y automáticamente afirma: “si no sientes nada al ver ese cuadro… es que ¡no tienes alma!”

¡Uah! Si él lo dice, será así. Quizá sea la experiencia de mi vida… quien sabe. Convences a una amiga, tren a Madrid. Directas al Museo del Prado, la convences con una experiencia mágica, irrepetible, que el arte es mucho arte, que hay que dejarse llevar… entráis directas, buscando el cuadro, allí está, te acercas cual virgen ante su adonis. Lo miras, lo observas, te acercas. Te alejas. Pasan unos segundos, ves muchos tonos ocres, algún punto azul, rojo… unas señoras que hilan… os quedáis en silencio unos segundos. Tú y tu amiga. Es complicado esto del arte… quizá tarde un ratito en hacer efecto, como los Gin Tonics… claro, habrá que darle tiempo.

Sigues en blanco, miras de rasquis a tu amiga. Ella está igual. Te sientes… pequeña, el arte no te hace efecto, debe ser droga para genios. Te vas entristeciendo… no ves nada, miras fijamente el cuadro a ver si se te aparece Da Vinci… pero nada. Os giráis lentamente la una hacia la otra… y le preguntas en voz bajita:

–          ¿tú sientes algo?

–          Nada. Pero nada de nada.

–          Quizá hemos de esperar.

–          Llevamos 20minutos mirando un cuadrote marrón. Me pone más el segurata del museo…

–          Estamos mal.

–          Nos vamos a tomar algo.

–          ¡Rápido!

 

Os largáis a la calle y buscáis un bar un poco alejado sin vistas al Museo… pedís unas cañas y un platito de jamón… mmmm. ¡Por Dios! Qué bueno está el jamón… son las 12.00 del mediodía no tenéis nada en el estómago. La cerveza entra directa sin peajes, semáforos ni curvas a vuestro sistema nervioso. Utomáticamente! Y después viene otra cervecita. Y os decís en secretitos que esto de los museos es para sabelotodos. Y empiezas a pensar si no será todo una farsa. Y que la gente no se emociona, simplemente dice que se emociona… en la cuarta cervecita ya sois taaan amigas del camarero y éste os confiesa que nunca ha entrado en el museo.

El día se alarga, cañita tras cañita, después os váis de compras y a la noche vuelta a casa, agotadas pero felices como una perdiz. Os lo habéis pasado teta. Lástima que la visita al Museo no funcionara. Prometía el plan.

 

Ya en casa, no sabes si llamar a tu amigo, por confesar y porque quizá “no te hace más amigo”. Se mea de la risa cuando oye tu relato…

Otro cuadro será. El arte será para mayores. Tú eres inmune. Será eso.

 

Pero qué bueno estaba ese jamoncito… y el segurata… tendremos que volver a Madrid.

 

Inculta.

La Suelta

 

Un caso no es representativo.

Esa noche se alinearon los planetas, se pusieron de acuerdo las estrellas, tu punto de soltura era el de antes de “ponerte pesada” y el de después de “llevo un puntito”. De repente en medio del bar con tu amiga del alma, aparece el tío más bueno que hubieras visto en persona, no una estrella de cine, ni maqueado por el Photoshop en una revista. Lo estás viendo con tus propios ojos, podemos decir que lo estás viendo en alta definición, pero dado tu grado de locura de esa noche… todo puede ser subjetivo.

Y ese tío con pinta de no haber roto nunca un plato, con sonrisa picarona y mirada fulminante, te mira. ¡A ti!! ¡Sí, sí, a ti! Porque miras detrás de ti y no hay nadie, salvo la entrada de servicio. Le miras y te señalas interrogándole. ¿es a mí?. Sí, sí, dice con el gesto, desde el fondo de la barra. Sonríe, bebe de su copa y se acerca decidido.

¡Ay! ¡Dios!! Que en realidad no soy tan fiera, ni tengo tanto vocabulario, no soy tan guapa ni tengo medidas de infarto. ¡Me confunde con su prima, fijo! Atacas tu copa a ver si un grado más de alcohol en sangre te resuelve el conflicto. Interiormente sabes que sólo puede agravarlo. La lengua ya está suelta. Si sigues soltándola, no conseguirás dominarla, ni pararla. Siguiente parada: pastosa-ridícula.

El chico de mirada directa, sonrisa irresistible, efectivamente te está preguntando por ti, que qué haces tú por este bar, que no te tiene vista. S.O.S. Esto no es una peli es mi vida y nadie está grabando con cámara oculta… crees. ¡No me sé el guión!!

Le explicas, le cuentas, sigue preguntando y la memoria ya no recuerda las palabras, sí los gestos y esa sensación de volar. De soltura. Tu boca emite coñas que tu cerebro desconoce. Vamos mal.

El tío te pregunta que si te vendrías con él a dar una vuelta, tu cuerpo te dice que si quiere que te secuestre, durante unas horas nadie te extrañará. Te haces de rogar, es lo que toca. Por dentro piensas: “¡ay, nena, que el tipo se nos echa para atrás!”.

y “¿a dónde?” Y “¿porque?” “Mis amigas me buscarán…”

¡Qué excusas más malas! ¡Dios! Si no quisieras nada, ya le habrías echado un moco que el pobrecito hubiera salido volando.

Entonces le ves venir, te acerca esa carita de melocotón, sus ojos se clavan en los tuyos, buscando la vergüenza y la encuentra… ves cómo se inclina y se para a dos dedos de tus morros, te mira y sonríe, dominando la situación el muy cabr…! Te coge con las manos de la barbilla… ¡te quieres derretir!! Y te besa. Despacio. Quedándose con la humedad de tus labios, después con lengua, tan despacio. ¡Dios! ¡Qué tío! ¡¿Dónde estabas desde que naciste!!?? ¡Lo quieres grapar a tu cuerpo!

Acto seguido te coge de la mano y te lleva fuera, dejándote convencer. Le grafías a tu amiga que esto es un bombón y no puedes quedarte… “ciao, ciao! Mañana te cuento!!”

Atropelladamente llegáis a su apartamento, te besa desnudándote, con una mano quita el sujetador (gran prueba a todo tipajo nocturno con entrenamiento en otras damas…), quieres hacer copia de seguridad de todo lo que está pasando, quieres otra vida para volver a vivir esta noche, te dices. Te empuja a la cama, tú medio desnuda, él en calzoncillos, luz tenue, sin música, sin palabras. Se desnuda…

…y… el tipo no es que la tenga pequeña… es que la tiene XS, no sé cómo grafiarlo sin herir sensibilidades. Él sigue, tú has bajado dos enteros. Te dices a ti misma que hagas acopio de toda la bibliografía porno que cayó en tus manos, que el cerebro se ponga a mil, porque es el otro órgano de tu cuerpo, a parte del clítoris, que te puede provocar un orgasmo, no quieres que la noche acabe en fiasco, esto hay que resolverlo.

El chico pone toda la carne en el asador, pone creatividad, tira de películas y de vocabulario. Debe estar examinándose del kama Sutra con tu cuerpo. Tú estás a medias. Después de la sorpresita.

Poquito a poco, lentamente y concienzudamente consigues llegar al orgasmo. Un orgasmo notable. Muy mental, para qué engañarnos. Pero orgasmo. El chico tiene otras cualidades, obvio: sensibilidad, empatía, delicadeza.

Acabas acurrucada en el calor de su abrazo, en la tibieza de su piel. Te preguntas: ¿ha sido sexo? Porque si hay cariño y caballerosidad… no me liga con la palabra sexo!

Siempre habías pensado que el tamaño no importaba, o sí. No lo tenías claro.

Hoy ya sabes: debes seguir investigando. Un caso no es representativo.

Mentalmente.

La Suelta.