VII. Blanca y Luis. Blanca… Victor… Luis…

La vida discurría ante sus morros, como discurre el tiempo: líquido inflexible, imposible pararlo, tampoco avanzar. Era. Poco más. Blanca dejó de lado a sus amigas, cada vez la veían menos, después menos. Sólo iba a clase, empezó en aquella época a hacer campanas y se escurría para estar con Víctor, se juraron la luna, se prometieron las estrellas y el tiempo.

Luis lo veía todo y preguntaba, recababa datos. Siempre había una pieza que no cuadraba, un dato. Pero permaneció en silencio, como optan las personas inteligentes. Podía saber, pero no cambiar el rumbo del corazón de Blanca.

Ella dejó de interesarse por los estudios, por su carrera, aprobaba porque no le costaba. La gente más allegada dejó de contar con ella, sólo su mejor amiga, Cristina, la seguía de cerca, seguía llamándola para quedar. Nunca tiró la toalla, si se puede decir así. Sabía que Blanca no era así. Que aquella versión de Blanca no era su Blanca.

Y una tarde de invierno, cuando ya llevaban casi un año, cuando la agenda, el tiempo, los gustos y la ropa de Blanca los marcaba la opinión, el juicio y el criterio de Víctor. Una tarde cualquiera Blanca preguntó:

  • ¿qué haremos el sábado? – súper ilusionada. Pues él la había sorprendido en cada paso, a cada propuesta. Víctor con la mirada ausente, ni la oyó. Ella tuvo que volver a preguntar.
  • ¡Víctor! – alzó la voz. El volvió con ella. La miró con el ceño fruncido, por haberle arrancado de sus pensamientos. – que… ¿qué haremos el sábado? Te he preguntado. – había bajado el tono de voz. Algo en Víctor la extrañó. – cariño…
  • Mira. Yo también quiero salir con mis amigos. – sabía que la hería, pero ese ceño fruncido no desvanecía la duda. La incertidumbre. – he de hacer vida social. ¡lo entiendes! ¿verdad?

Se levantó airoso del banco donde se sentaban, algo le incomodaba.

  • ¿Nos vamos para casa? – era una hora antes de lo habitual. Había algo extraño, que ella no entendía. Había algo… Blanca no entendía qué había hecho mal. Ella había dicho algo que le había incomodado. Estaba segura. Algo. Pero ¿el qué?

La acercó a su casa. Y sabiendo todo, como él sabía. La cogió de la barbilla. Y le miró a los ojos.

  • Nena, no me lo tengas en cuenta. Vale? No me encuentro bien. Eres y serás siempre mi muñeca. No lo olvides. – con esas simples y fáciles palabras ya la volvía a tener a sus pies, suya, confiada, entregada.-
  • Vale, cariño. No te preocupes.

El beso, fue el más seco y escueto beso que le hubiera dado. Apenas un micro segundo. Arrancó la moto y se fue.

A ella se le oprimió el corazón. Buscó y rebuscó entre sus palabras. Cual había sido el fallo.

La semana siguiente tenía exámenes finales. Se decidía mucho. Pero a ella le empezaban a dar igual. Víctor, Víctor. Poco más.

Empezó esa misma noche una idea para entregarse aún más, para darse, para cuidarlo, para hacerle sentir bien. No podía ser ella foco de malestar en Su Víctor. No debía quitarle.

 

Cuando entró en la habitación, Luis, la miró. Se fijó en ella. Y le comentó algo sobre papá y mamá… pero ella no respondió, no opinó, no dijo, no fue Blanca. Otra vez.

  • ¿Todo bien?
  • Sí, todo bien. Luis. ¿sabes qué he pensado?
  • ¿qué?
  • En irme a vivir con Víctor.
  • ¡pero qué dices! ¿BLANCA? Y no vas a seguir estudiando. ¿Qué harás? ¿Te mantendrá?
  • No, me pondré a trabajar, que para eso tengo dos manitas.

A Luis le pareció estar escuchando el final de una peli de miedo, como si un marciano hubiera entrado en el cuerpo y la mente de Blanca y la abdujera, como si hubieran borrado el entusiasmo de su hermana y se la llevaran, lejos, lejos.

Sabía que siempre había querido estudiar, ir a la universidad. Lo sabía, porque era su ilusión de niña. Quería estudiar veterinaria, cuidar animales, tener una granja. Y aparece ese tal Víctor y se lleva su ilusión, su vocación. Luis sentía que habían poseído a su hermana unos marcianos y todo lo que salía de aquella persona lo desconocía. Ella estaba ilusionada, los ojos le brillaban. Pero en realidad, estaba idiotamente enamorada. Estaba cegada. Anulada. No era ella. Aunque en lo más dentro de ella lo sabía.

La Blanca hipnotizada se negaba a permitir opinar a la Blanca mental.

Blanca sólo pensaba por y para Víctor. El resto no existía. Ni ella misma.

Le dio igual quedarse sola en casa un sábado por la noche, no recibió una llamada, un mensaje, hasta medianoche. Un emoticono con un besito. “Duerme bien, nena.”

Y eso la llenó.

La semana siguiente estaban haciendo planes de irse a vivir juntos.

Ella era tan buen plan que él no pudo decir que no. Pero algo chirriaba por los cuatro costados. Sin embargo, una cosa llevó a otra, el primer paso les llevó al segundo. Y cuando has dicho que vas a hacer algo, deshacerlo o desdecirlo, es peor que seguir hacia adelante. Nos lleve hacia donde nos lleve el camino.

Ninguno de los dos sabía. En menos tiempo del que pensaban encontraron un piso. Ella en apenas un mes acababa el bachiller y había apalabrado un trabajo de camarera en un bar del barrio.

Ella seguía ilusionada, los pasos que simplemente la acercaban a Víctor. El resto… nada.

Luis la ayudó en silencio. Pero la ayudó. La única manera de no perder a Blanca en aquella locura era estando a su lado.

Blanca oía su conciencia, la oía, pero no la escuchaba, lo sabía, pero hacía oídos sordos: no es un buen chico, no es un buen plan para ti. Y la Blanca hipnotizada respondía cabreada: le quiero. Le quiero y punto. Es el amor de mi vida.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

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Un pensamiento en “VII. Blanca y Luis. Blanca… Victor… Luis…

  1. msrmanoli dice:

    Enganchada , sigo expectante!

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