Vete al diablo, amor mío.

¿Qué pretendes, amor?
Viniendo a buscarme,
Besarme, crecerme.
Para después la nada:
Tu ausencia.
El maltrato.
El insulto
El desprecio.

¿Qué pretendes, cariño?
Amarme, deshacerme.
Desarmarme.
Para al minuto esfumarte.
No hablarme.
El silencio envuelto en frío.
Tu mirada repudiándome.

No me eleves, para después soltarme.
No me busques, para después esquivarme.
Me hago pequeña.
Indefensa.
Me convierto en idiota.
Entregada.
Tuya.
Ya no mía.
Ya no valgo. Ya no soy.

Y en esa esquina de angustia.
De menosprecio inmerecido.
Te miro. Te busco. Te pido.
Y tú, altivo, soberbio, impune, respondes, espetas:
“¿y ahora qué miras?”. Con odio. Repulsa.

Y el mundo al fondo.
Las voces. La gente.
Un tumulto de gente.
Lejana.
“¡Tu vales, mi niña.”!
No queda en mi fuerza para creerles.

Ahora vendrá el silencio.
Más tarde el éxtasis a ti envuelto.
Para después dejar paso a la angustia.
Tu repudia. Injusta. Inmerecida. Inevitable.

Un minuto después me lees, me adviertes.
Y te acercas sigiloso me levantas la cara.
Deslizas tus manos por mi cuello.
Te quedas a un centímetro.
Me miras. Dulce. Otra vez mío.
“¡Va, no hagas la tonta!”
Me besas. Como si fuera el primero.
Como si, ojala, fuera el último.
Me derrito. No pienso. No puedo.

Me anulas. Lo sé.
Imposible lucha.
Quiero huir.
Pero ni un músculo mío obedece.
Todos te temen.
Y mi alma espera sumisa tu próximo beso.
Porque tus besos me saben siempre a caramelo.

Desarmada.
La Suelta.

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