VI. Blanca y Luis. Luis y Víctor…

Luis conoció a Victor, una tarde cualquiera, merendaron juntos. Blanca, Luis y Victor. Invitó Víctor. Y Luis confirmó sus sospechas.
Victor fue en todo momento, atento, simpático, gracioso, o lo intentó, chulito, sobrado, súpero cariñoso con Blanca. No hubo nada que Luis pudiera pensar que Victor hubiera hecho mal esa tarde.
Pero algo, un no sabía qué, que venía de no sabía qué punto del estómago, le decía, “no te fíes”. Luis era muy intuitivo. Blanca era buena, muy buena, confiada, entregada, dócil, generosa. Luis no. Luis era selectivo, intuitivo, prespicaz, astuto. Y nunca se equivocaba. Con Victor quería equivocarse, quería pensar algo que no fuera, quería que Victor despejara su temor. Pero lo único que hizo fue subrayarlo más, reafirmarlo.
Era una especie de energía que hacía que Luis no se abriera.
En aquella merienda habló sobre todo Blanca, Blanca le contó a Víctor todas las cosas buenas de Luis, cosa que lo hizo sonrojar, Luis aguantó el tipo. Victor alabó y piropeo a Luis. Cosa que no era necesario si hubieran estado a solas, los dos lo sabían. Luis se creyó menos todos y cada uno de los piropos. Pero Blanca estaba encantada. Algo en Luis la hacía preocupar, pero oír a Victor la ponía tan contenta.

Y así llegaron a las despedidas, Luis hizo un esfuerzo por ser simpático, amable, diplomático. Lo hizo por Blanca, tenía que reconocerse a sí mismo que en la vida la había visto tan ilusionada, feliz, emocionada. No podía fallarle.

Cuando se quedaron a solas Blanca y Victor, Blanca se sentía enorme, grande, importante, completa. Su hermano, su niño conocía a su amor y para ella era lo más. En ese justo momento Victor soltó:
– Es un poco creidito, no? Tu hermano. – a Blanca aquel comentario le hirió en lo más hondo de su alma, de su estima, de su cariño. Algo, no sabía donde quedó en mute. Una mancha, un pero.
– No! Porqué dices eso? No le conoces! – Victor, entendió que en ese campo no debía meterse, tocar, criticar… si quería ganarse a Blanca y aún quedaba mucho por hacer.

Y pasaron las semanas, dulces, juntos. Pegados. Como cuando se entrelazan los dedos de una mano hasta ser una. Como cuando dos sintonías se acompasan y suena una. Sin saber cómo.
Yo sí sé cómo: Víctor estudió a Blanca, se acopló a ella, hizo y dijo lo que ella esperó de el. Y así fue como Blanca se enamoró hasta lo más hondo de su alma de Víctor, hasta pensar, sentir y defender que Víctor era y sería por siempre el amor de su vida, el motor de su existencia. La única persona sobre la faz de la tierra que podía leerle el pensamiento, sacar lo mejor de ella. Y en esas categóricas afirmaciones se olvidaba que de público y oyente a veces se colaba sin permiso Luis. Un Luis herido, resentido y apartado de su cariño.
La vida es así.
Víctor apartó sin pretenderlo a Blanca del abrazo de Luis. Luis la vio alejarse consolándose de que aquel chico la hacía feliz. Y se refugió, encerró y resintió con la vida, con el mundo y Víctor. A Blanca era incapaz de odiarla.
Un pelo complejo, retorcido. Como la vida.

Y un día, Blanca, amorosa, entregada, enamorada y suya le pidió a Victor encontrar el día, buscar el rato, el lugar. Rascar a sus agendas un cachito de privacidad, de intimidad.
¿hace falta que os cuente para qué?
Y esa noche fue la más dulce de sus noches, la más tierna de las miradas, las estrellas transcribieron sus sueños, porque en esos días, no había deseo ilusión o esperanza en Victor que él no transformase en realidad, se la materializase en sus narices.
Y Blanca no pudo más que enamorarse más y más. Hasta el borde último de la locura, hasta donde piensas que la conciencia ya no te posee, hasta donde las personas que más te quieren te importan un estornudo, porque su mundo, su existencia, sus prioridades pasaron a tener un nombre propio, un único nombre: Víctor. El resto humo.
Y aunque ese fue su fallo, aunque ese fuera su error, nadie, ninguna mujer, podría haber tomado otro camino, otro sentir. Porque Víctor fabricó ese sentimiento. Hasta ese punto, sólo había un camino. Un sentido.
Jodidamente enamorada de Victor. Sin remedio. Sin medida. Con toda la locura que hasta esos días ella desconocía.
Lo duro vendría después, lo difícil llegaría más tarde, el destino le enseñaría a Blanca la única manera de ser fuerte. Porque la otra opción no era opción.
Pero en esos días el camino era tan dulce que ninguna no lo habría dejado por recorrer, por degustar.
Porque el cielo siempre sabe a caramelo.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

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