Ella… y el Lobo.

Caperucita se quedó sola muy pronto.
Su mamá estaba muy enferma y le dijo: Caperucita ves hasta el final del bosque allí encontrarás una casita, es la casita de la yaya. Ella te dará cariño, protección y alimento. Con ella no te faltará de nada. Lleva esta cesta de fruta y leche que le encanta. Y vigila por el bosque siempre puede haber lobos que acechan.
Ella salió sin entender la última frase.
No entendía el término “ten cuidado, vigila” nunca había sentido miedo.
Y salió contenta y saltando, ilusionada por encontrarse con su yaya.

Llevaba un tramo en el bosque cuando, de repente, apareció un lobo, un lobo escuálido, hambriento y rabioso, de ojos grises y profundos. Mirada incisiva, penetrante e inquietante.
Era un lobo de gran tamaño, enormes colmillos y potentes fauces. Pero a ella no le inspiraba miedo.
Al contrario. Le inspiraba, abrazarlo, cogerlo y llevárselo con ella.
El lobo enseñó sus colmillos. Su fiereza. Gruñó y le advirtió: ten cuidado conmigo.
Hubo un silencio.
Y ella le preguntó: ¿me acompañas?
Y así fue como caperucita inició el camino con el lobo hasta la casa de la abuelita.

El lobo en ese momento pensó: esta niñata de los cojones ya me ha descuajeringao el cuento. Pero no puedo dejarla sola.
Algo se lo impedía.
Gruñía y refunfuñaba. Pero no se apartaba un centímetro de su vera.

Ella lo miraba divertida: me habían dicho que me podía encontrar lobos voraces, peligrosos y con grandes garras. Pero tú no pareces uno de ellos, sólo gruñes. Sólo refunfuñas. ¿Seguro que eres un lobo?
El se la quedaba mirando, altivo y ofendido.
Si supiera caperucita a cuantas niñas como ella había devorado.
Pero a ella no podía tocarle un pelo, no podía siquiera sacarle las garras.

Entonces ella divertida y traviesa se apartó del camino y se adentró en el bosque.
Él levantó las cejas, irguió las orejas, alertó sus sentidos.
Ella se puso a hacer pipi y la miró gamberra. Él no la miraba a ella, miraba al fondo del bosque, la maleza. Mirada seria. Ella le buscaba. Él solo guardaba que ningún otro lobo acechara desde el fondo de la arboleda.

Retomaron el camino.
Quedaba poco para llegar. Ella se sentó y él se la quedó mirando.
No había nada en esa mirada de lobo fiero.
No quedaba rastro de la hambruna cruel.
Sólo se veía a un lobo cuidando de una criatura.
Una gamberra niña, no tan niña. Que lo traía loco.

Entró a casa de la yaya: “yaya, yaya!!” no vió a nadie. No oyó a nadie.
Cayó la noche. No se oían ruidos. Y el lobo quedó esperando fuera en el porche, mientras la niña dentro buscaba a su abuelita.
Cayó la noche. Se cerró la luz. Se extendieron las estrellas y brindó la luna.
Y ella cayó rendida. Y en sueños gimió. Gimió y lloró. Por la soledad. Por la tristeza.
No por el miedo.
El lobo no pudo más oír ese llanto y entró, entró a calmarla, cuidarla, abrigarla.
Y se coló en su cama.
Se abrazó a su niña, la niña de mirada gamberra, pelo alborotado y sonrisa traviesa. Y por un minuto de gloria se dejó llevar. Las garras ya no eran garras. El hambre pasó a ser cariño y la niña no se sintió ni tan niña ni tan triste.
El lobo metió la mano debajo de su falda…
Y el resto lo hizo la noche. El deseo y la atracción.
Fue la noche más larga, más corta, más deliciosa e intensa.
La más cierta de las verdades.

Imaginativa
La Suelta.

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