IV. Blanca y Luis. Blanca y Víctor…

Fue al cumplir 17 años, aquella noche de sábado Blanca se pintó los ojos por primera vez, se dio un brillo a los labios y se vistió una minifalda negra que le quedaba de vicio, había quedado con dos amigas para celebrar su cumple e ir a una fiesta de unos amigos a las afueras. Su padre la vió irse y algo le dio un respingo, su niña no tan niña, su pequeña gran mujer saliendo de casa a los peligros de la noche, desde su punto de vista de padre orgulloso, protector pero sobre todo defensor de su pequeña. Mataría si alguien le tocaba una pestaña. Solo pensar en ello le revolvía el estómago. Se volvió hacia el periódico, intentando apartar los pensamientos negativos, nada le pasaría a su pequeña Blanca, la más hermosa de las criaturas.

Era media noche cuando sus amigas y Blanca entraron en casa de aquellos amigos. Ella no conocía a nadie. Todos fumaban o hacía como que fumaban, no le apetecía ni una cosa ni la otra. Su amiga Cristina le espetó: “venga Blanca no seas tan buena, no te hagas la aburrida y dale una calada!” Blanca por no discutir y con su combinado en vaso de plástico salió a la calle a que le diera el aire. Se apoyó en la barrera de la casa a ver pasar la luna, los coches y el tiempo, le quedaban dos horas para volver a casa a la hora convenida. Cuando se acercaron unas motos haciendo más ruido de lo necesario. Pararon y cinco chicos entraron en la fiesta. Y el último paró delante de Blanca. Se la quedó mirando, sonrió divertido. La situación al chico le gustaba.
Obvio.
Ella se incomodó, sonrojó pero en el fondo le gustaba. El chico era guapísimo. Con cara de pillo. Una chaqueta desgastada. No muy alto. Hombros anchos. Miró al suelo. Pensó y al levantar la cabeza se acercó a Blanca. Se quedó a dos palmos de ella.
– ¿Qué haces aquí sola, muñeca?
¿¡Qué macarra era aquel que con aquella desfachatez le entraba y hablaba de aquella manera!?
Él cogió de la solapa de la chaqueta de Blanca y muy despacio le abrochó los dos botones de arriba, mirándosela. Entre desafiante, juguetón y divertido.
Y se quedó allí.
Blanca notó cómo le escocían las mejillas. Cómo le hervían. Y cómo le atraía ese chico. Sobre todo esa mirada traviesa. Escalofrío. Sonrió.
– ¿es aburrida la fiesta?
– … – Blanca os juro que quería responder. Quería contar alguna cosa. Emitir algún sonido. Pero no pudo. Era como si hubiera bajado Dios a saludarla. Ese chico se alejaba tanto de la idea que rondaba o se había formado en su cabeza. No tenía nada que ver con lo que papa esperaba del que fuera su chico. Pero allí estaba ella, mirándoselo como si hubiera visto un fantasma. Con esa chulería, ese atrevimiento. Era luz. Y brillaba. Entonces sonrió con la más iluminada de las sonrisas. Y entonces él se rio. Y dijo:
– Eres lo más expresivo que he visto nunca, pequeña. Me llamo Víctor. ¿y tú?
– Blanca.
– No podías tener otro nombre. Te lo clavaron. Tienes unos ojos increíbles. Debes de llevarlos locos a todos.
Era la primera vez en su vida que alguien le decía que tenía unos ojos bonitos. Se sorprendió. Y se puso roja. Él lo notó. Soltó una carcajada.
– Oye, Blanca… mmm me encanta tu nombre. ¿puedo sentarme a tu lado?
– Claro. No te tengo visto.
– Bueno, tú debes estudiar, ir a clase, salir con amigas los domingos… no creo que nos pudiéramos encontrar. Verás: no me gustaba estudiar y decidí ponerme a trabajar con 16 años, trabajo en un taller de coches. Y así también ayudo a mi madre…
A Blanca le pareció entre horrible que un chico como aquel no estuviera estudiando y honrable que ayudara con ello a su madre. Algo dentro de ella le decía: esquívalo. Otra parte de ella ansiaba por comérselo a bocados. Pero no sabía cómo se hacía, como se lo hacía saber a él para que fuera él el que diera el paso…
Pero que no estudiara. Que lo dijera así. A ella el sólo hecho de suspender un examen le hacía entrar en estado de pánico.
– No me estás escuchando, ¿verdad? -él había seguido hablando, explicándole, pero vio que ella tenía la mirada en el infinito, después o por algo que él dijo. – Bueno, vale, ya te hablaré de algo divertido. Voy a hacer que te rías…
Víctor se puso en pie y le contó una anécdota en la que se vio envuelto sin comerlo ni beberlo, lo escenificó, él inocente, pobrecito y desgraciado, por culpa de su primo. Blanca no podía parar de reír. Qué gracioso era. Encima. Miró el reloj… ¡quedaban 20 minutos para llegar a casa y su casa estaba como a 15 minutos en coche! Dio un salto. – debo irme. Ya. ¡O me matan en casa!
– ¿puedo llevarte yo a tu casa?
Blanca dejó a sus amigas con la respuesta sin emitir en la boca y se largó en 2 minutos de la fiesta en la moto de Victor, una moto un poco vieja, pero a ella le pareció encantadora, molona. Se sentó y se abrazó a él. Se ablandó.
El trayecto deseó que no acabara nunca. Quiso que se alargara en la noche, en la madrugada, hasta pasado mañana. Se había reído tanto…
Le fue indicando hasta que paró debajo del portal. Bajó de la moto y se lo quedó mirando.
Victor le ofreció la mejilla para despedirse. Ella le besó en el trocito de piel que hay justo al lado de los labios. Y al voltear las dos cabezas se quedaron mirando a los ojos y Victor fue quien besó su otra mejilla.

– Dime tu teléfono, bombón. Quiero poder llamarte.
Ella lo dijo de carrerilla, pensó así no se acordará. El no apuntó, no repitió, no dijo nada, sonrió arrancó y se fue.
Ella subió a casa, despacio, como si al subir cerrara la noche y eso era lo que precisamente no quería. No sabía si le volvería a ver, si en realidad él había sentido una esquina de lo que ella había sentido. Incertidumbre.
Entró en su habitación. Pasaban 10 minutos. Luis se incorporó y se la miró inquisitivo. “buenas noches, Luis.” Blanca se puso el pijama, se metió en la cama y se giró hacia la pared. Había olvidado besar su frente, dedicarle una sonrisa. Luis frunció el ceño y se puso a dormir.
Aquella noche Victor entró en la mente de Blanca para quedarse.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

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Un pensamiento en “IV. Blanca y Luis. Blanca y Víctor…

  1. Anónimo dice:

    Nice ☺

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