III. Blanca y Luis. Luis. Ese rubiales de ojos verdes.

Luis era un niño rubio de ojos verdes que hacía las delicias de las vecinas, de las tías, de la abuela y hasta del panadero.
Era un rubiales con mucha gracia, un golfillo desvergonzado que arrancaba la sonrisa a la persona que tuviera delante.
Ya era un mostrenco en el cochecito, un bebé que ni hablaba, pero si su hermana Blanca le pedía: “sonríe Luis”, él sonreía con la sonrisa más falsa, forzada y graciosa que podía ponerte un niño. Para contentar a la vecina, conocida o quien fuera. Siempre mujeres.
Pero eran un dúo bien avenido, porque antes de pedírselo, Blanca se lo quedaba mirando, no hacían ningún gesto, no había un guiño, nada.
Sólo se miraban unos segundos y ella podía girarse a la persona con la que estuviera presentando a su tesoro y sin más explicaciones le soltaba: “hoy Luis no tiene ganas de ser simpático.” En un gesto de protección hacia “su pequeño”. Enternecedor. Protector.

Y otras veces le hacía hacer todas las monerías habidas y por haber.
Luis le gustaba obedecer a Blanca y llevar la contraria al resto del mundo. Porque Blanca tenía una capacidad de leer su más íntimo estado de ánimo y eso le daba seguridad. Sabía que la hacía sentir importante.

Era un crío con desparpajo, bajaba la ventanilla del coche y saludaba a la gente aunque no la conociera. A las camareras no tenía ni tres años y les decía “guapa”. Y ellas se derretían y hacían todo lo que él pedía, para desesperación de sus padres. Blanca solamente sonreía encandilada. Sabía el poder que irradiaba ese enano. En cuanto la camarera se giraba y se iba. Luis se giraba a Blanca y le decía “tu, princesa guapa” algo que enternecía a Blanca hasta el límite.

Entró en el colegio el primer día con las manos en los bolsillos como si fuera a comprar pipas, se despidió de sus padres, tranquilamente, porque sabía que en el patio estaría Blanca. Lo demás le traía al pairo.

Se paseaba por el mundo como el que se siente invencible, gracioso, encantador e intocable. Así se lo hizo creer su hermana.
Y así le repetían las mujeres, tías, primas y amigas de su madre y hermana.
Luis tenía un objetivo en la vida, o eso desprendía con 3 años, pasárselo bien. Hacía más o menos lo que le decían. Pero si no le apetecía comer verdura, no comía verdura. Ya podían castigarle. Chantajearle. Obligarle. Él no comía verduras. Simplemente. Si decidía que tenía calor no se ponía la chaqueta, aunque el resto de personas que le rodearan ya se abrigaban por tiempo frío según la mayoría de la sociedad. Él no se abrigaba y si se lo ponían se alejaba, se lo quitaba y lo tiraba en el suelo. Para después mirar desafiante a su madre. Blanca nunca le pidió que se pusiera la chaqueta, ella la aguantaba, para cuando el sintiera frío correr a ponérsela.

Tenía amigos, coleguillas. Su gran amigo Tomás. Era el intocable. De pequeñito ya dijo Mi Tomás y otros amigos. No tenían ni tres años cuando se encontraron en p3 y ya se reconocieron el uno al otro. Fue mirarse y ponerse a reír. Como si el mundo no existiera. Como si sus códigos fueran suyos y de nadie más. Cogían una pelota y se inventaban un juego. Reían, chutaban, se escondían, reían y corrían el uno detrás del otro.
Podían separarlos por hablar en clase. Podían castigarlos. Pero entre ellos nada cambiaba. A veces se peleaban. Blanca siempre recordará aquel día a la salida del colegio:
– Luis, estás triste.
– Lo sé. Me he enfadado con Tomas.
– Pero sois amigos.
– Claro, Blanquita, siempre seremos amigos, pero enfadarse con un amigo pone triste.

Fue una reflexión tan madura para un niño, que dejo a Blanca sin palabras. Un rato más tarde en el parque habían hecho las paces y eran tan amigos como siempre.
Blanca se acercó y preguntó:
– ¿ya volvéis a ser amigos? – era tierna la estampa de Luis con el brazo por encima de la espalda de Tomas, tan colegas.
– Siempre seremos amigos, Blanquita.
Luis creció como niño, como chaval, tenía tanto éxito entre las chicas que se agobiaba. Nunca le gustó ninguna en la etapa del colegio. Le divertía gustar. Divertir. Pero él tenía que pasárselo bien. Y ellas querían jugar a ser novios. Y eso le agobiaba. Era un punto gracioso.
Luis nunca se enamoró hasta que conoció a Raquel. Pero eso sería mucho más adelante.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

Anuncios

Un pensamiento en “III. Blanca y Luis. Luis. Ese rubiales de ojos verdes.

  1. Esto ya parece qué se pondrá interesante……..

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s