II. Blanca y Luis. Blanca, discretamente bella.

Blanca era lo que podríamos llamar una buena niña, era todo lo que su familia, sus amigos, pero sobre todo su papa, esperaban de ella. Blanca era buena, por dentro y por fuera, no tenía maldad, no la conocía, no la utilizó nunca, no le enseñaron a ser mala, nunca eligió esa opción. Le gustaba hacer sentir bien a la gente. Hacer las cosas en función de cómo se esperaba que las hiciera. No se salió nunca del guion.

Cumplió sus deberes, sacaba buenas notas, era ordenada, le gustaba el chico guapo de la clase, bueno y tranquilo. Cada año cambiaba. Nunca se obsesionó.

Nunca se metió en follones.

Blanca no era consciente de su belleza. Se miraba en el espejo sin autoestima, sin orgullo, sin desprecios, pero sin satisfacción.

Y tenía unos ojos verdes que quitaban el hipo, una melena morena que en su bamboleo hipnotizaba. Un cuerpo atlético que ya de niña apuntaba maneras.

Las mujeres la envidiaban en silencio. Los hombres la miraban con inquietud. Pues era sólo una niña y ya destacaba.

Pero ella no se daba cuenta. No alimentó su autoestima.

Y en casa sus padres no dejaban de repetir lo buena niña que era. Lo bien que se portaba, lo responsable… nunca nombraron esos ojos de felina que vestía. No mencionaban el cuerpo esbelto, garboso y con una plasticidad fuera de lo habitual con el que se paseaba por la calle. Ni mención de su belleza. Magnética. Inusual.

Y en su infancia esa característica de su persona se escondió, en el silencio, no se nombró, por tanto para el concepto que Blanca fabricó de sí misma ella nunca fue guapa. Sabía que despertaba inquietud. Pero el silencio le dio pie a tantas interpretaciones como miedos.

En su fuero interno, luchó contra esos miedos, portándose bien, obedeciendo, cumpliendo con los deberes. Así todos esos miedos no saldrían a la luz.

Todos arrastramos miedos. El problema es ponerles nombre. Darles contenido y saber contra qué luchamos. Porque a veces es contra una simple, insignificante e inofensiva cucaracha.

Ella no lo supo hasta muchos años más tarde.

Sólo había una cosa en la niña Blanca que le hacía perder los papeles en el buen sentido, que la encandilaba y sacaba lo mejor de ella: su hermano pequeño Luis, su muñeco y su payaso. Era el motor de sus días. Podías saber si Blanca iba a ver Luis por el tamaño de su sonrisa.

Y cuando estaba con Luis simplemente se esperaba a ver qué proponía éste, qué payasada se le ocurría, qué tontería contaba. El la hacía reír hasta la carcajada, era un chiste constante.

Cuando fueron muy niños. Él era el bebé más dulce y sonriente que había. Se reía al verla. Se reía con ella. Y eso a ella indirectamente la hacía inmensamente feliz. En el cochecito sólo quería que empujara ella el cochecito. Y ella se sentía importante.

Cuando fueron un poco más mayores, las bromas fueron evolucionando, se reía de ella, con ella y para ella. Era un espectáculo verlos juntos.

Blanca iba al cole y a clases de ballet por las tardes, delicadamente preparaba la bolsa para acudir a clase. Luis la observaba y le escondía las cosas, los zapatos, la falda, para que le costara más preparar su bolsa, para que tardara en irse e infantilmente pensaba que así no se iría a clase y se quedaría con él.

Cuando fueron adolescentes, ella salía por las noches, pero volvía siempre cinco minutos antes de la hora que le habían dicho sus padres. Luis, niño o no tan niño ya, abría un ojo al verla entrar, pues nunca quisieron dormir separados, verla bien le calmaba y volvía a conciliar el sueño con más tranquilidad.

Blanca siempre fue buena chica, cuidadosa y su única preocupación, alegría y amor fue Luis. Hasta que conoció a Víctor. O Víctor conoció a Blanca.

Allí algo cambió. No supieron muy bien el qué. Pero algo cambió.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

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