I. Blanca y Luis. Luis y Blanca.

Blanca y Luis, Luis y Blanca. Nunca sabías donde acababa Blanca y donde empezaba Luis. Eran casi indisolubles. Eran como dos átomos dependientes el uno del otro para existir. Blanca era 4 años mayor que Luis. Luis siempre fue su cosita, su juguete. Hasta tal punto que nunca jugó con muñecas desde que Luis nació. Le pusieron en los brazos a Luis y Blanca dijo con la más dulce voz de niña de cuatro años que se pudiera oír: “mi bebé”.

Y así fue como Blanca pensó que su mamá le había encargado el más evolucionado muñeco del mercado, “¡lloraba, hacía caca y pipí, como un bebé normal!”, pensaba Blanca. Acudía rauda al llanto, servicial al cambio de pañal, empujaba ella el cochecito y si cualquier señora en la calle se acercaba a preguntar por el bebé, cómo se portaba, lo bonito que era. Blanca, orgullosa, satisfecha y buena nena respondía con voz alta y clara a todo lo que quisieran preguntar.

Blanca y Luis. Luis y Blanca. Luis se quedaba conforme en la compañía de Blanca, ella le cantaba, le bailaba, le ponía el babero. Podía pasar horas cuidando, enseñando, reproduciendo la clase de su señorita con su bebe. Más tarde niño.

Luis debía pensar que Blanca era su ángel de la guarda. Y es que con los hechos, su presencia, su dulzura y su magia así se lo hizo creer. No le faltaba razón. La vida le enseñaría que no habría en el mundo angel de la guarda más eficiente y tenaz.

A la hora de comer, Luis no se acababa nunca la comida, pero cuando mamá se giraba Blanca le ayudaba, de una u otra manera. Le tapaba. Se quedaba un rato más ayudándole. No hay nada que soportara menos Blanca que riñeran a su Luis, era uno de los momentos más horribles del día. Sufría. Chirriaba por dentro. Aunque supiera que aquel niño travieso e inquieto se lo hubiera ganado. Ella leía su alma noble. Su mirada curiosa. Su lealtad inquebrantable y todo lo demás tenía perdón de Dios. Desde su mirada de niña protectora. Se llevaban 4 años y siempre se llevarían 4 años.

Él era el payaso de la casa, el ocurrente. Y ella se deleitaba mirándolo. Se partía la caja con sus bromas, sus risas, sus payasadas. Él conseguía arrancarle la más difícil de las carcajadas, en el momento más inverosímil.

De noche se dormían juntos en la misma cama, cuando mamá cerraba la puerta de la habitación, Blanca corría a meterse entre las sábanas de Luis a contarle cuentos. Luis le hacía preguntas curiosas, inquietas:

  • ¿Por qué el agua del mar es salada, Blanquita? ¿hay un señor detrás de las rocas tirando cubos de sal?

Blanca en vez de reír, contestaba muy seria y le ponía cara, nombre y volumen a aquel señor. “Será un señor flacucho, que trepa por las rocas. Arrastrando un cubo de sal, Luis.”

Y al final de la disertación, Blanca se quedaba mirando a su tierno Luis a la luz de la lamparita de noche. Era travieso y dulce a la vez. Era inquieto y obediente. Bueno sólo le obedecía a ella. Cosa que la hacía sentir tan importante…

  • ¿crees que las flores son de colores porque de noche viene un hada y las pinta con un pincel?
  • Puede ser, Luis. Yo creo que lleva ayuda, porque tantos colores… ¿qué crees?

Y a la que volteaba Blanca, Luis ya se había quedado dormido. Tierno y suyo. Suave como un bebe. Travieso como un niño. Su niño.

Luis ya dormía, cuando Blanca en un susurro y en la esquina de su oreja le chivaba: “siempre cuidaré de ti, enano.” Y saberse su protectora la llenaba de orgullo. Sabía que lo haría. A aquel enano no le pasaría nada malo mientras ella viviera.

Y en ese primer sueño, a ella le parecía que Luis dibujaba una sonrisa, o era el sosiego del alma, de sentirse arropado por su angel de la guarda. Como fuera, Blanca con Luis era la niña más feliz del barrio.

Luis con Blanca era el niño mejor cuidado de la calle.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

 

La Suelta.

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Un pensamiento en “I. Blanca y Luis. Luis y Blanca.

  1. Anónimo dice:

    Genial Suelta!! Por fin empezamos de nuevo mejor los viernes!!

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