XXIII. ELLOS. Tu cartera.

Era una chica con mirada triste, sonrisa permanente, siempre dispuesta, voluntariosa, generosa, entregada. Seguía su camino. El camino. Algún camino que le marcaron. Ella nunca lo reconocería pero seguía la voluntad de otros. Hacía las cosas como se debían hacer, porque debía hacerlas así. No conoció nunca el éxtasis. La auténtica felicidad. Nunca se atrevería a luchar por un sueño. Simplemente se había limitado a cumplir las expectativas que sus padres tenían en ella. Laura, nunca ni por lo más remoto se le hubiera ocurrido salirse del camino marcado. Pero últimamente en contra de su voluntad sentía ansia. Ganas… ¿de qué?. No sabía. No se atrevía a cuestionárselo por no conocer las respuestas.

  • ¡Por fin, mamá! pensaba que no venías a buscarlos, me habías dicho a las 16:00 y son casi las 16.30… pero si te los puedes llevar un rato al parque acabaría unos curriculums que he de preparar… – soltó Laura al recibir a su madre.-
  • Hija, te veo muy estresada, ¿seguro que estás bien? -la madre de Laura era una señora muy puesta, muy arreglada, con su chaqueta de tweed a pesar del barrio que no lo requería, iba siempre perfectamente maquillada aunque tuviera que llevar a aquellas dos fieras encantadores a tirarse por el tobogán, jugar al balón o columpiarse con otras fieras llenas de agujeros en los pantalones; a ella eso le daba igual. Lo importante era la presencia, la estampa. Por eso ver a Laura con ojeras, con una coleta y ese jersey de hacía mil años la preocupaba sobremanera. No el por qué llevaba a Laura a estar así…- ¿estáis bien tú y Javi? Yo noto mucha tensión. Piensa que yo a tu edad ya os tenía a ti y a tu hermana más grandes que estos dos bichos y no arrastraba estas pintas, hija mía, que te lo digo por tu bien… y mira cómo tienes la casa, ¡por Dios!- lo último que le faltaba oír a Laura.-
  • Bueno, mamá, no te preocupes, estoy bien. – nunca se le ocurriría responderle con verdades, no le espetaba que en realidad eso no era preocuparse de ella.- Antes de volver hazme una llamada, pero que no sea antes de las 18:30. Llévatelos a merendar. Lo que sea, vale. Dadme dos besos, mis monstruos adorables.

Se tiraron en tropel sobre Laura los dos niños con una fuerza arrolladora… enternecedora. La cubrieron de besos y salieron corriendo a picar al ascensor última diversión y competición del momento.

La abuela fue tras ellos.

Laura cerró la puerta. Sorbió el silencio de la casa, el ruido de la nevera y le pareció el ruido más meloso y delicioso que hubiera oído últimamente. Triste pero real.

Ignoró el desorden general de la casa y se encerró en el despacho. Clicó dos currículums para dos ofertas de trabajo, le venía a la cabeza Javi, su ausencia; buscaba cómo llegar a él. Algo andaba mal. No sabía el qué. Pero no habían pasado ni 10 minutos, cuando alguien picó al telefonillo.

Se quedó parada, pensando, quien podría ser, Javi no acababa hasta dentro de dos horas…

Se acercó al telefonillo esperando alguien que se había equivocado, pero el corazón le dio un respingo al oír la voz de Mario:

  • ¿Laura? Soy Mario. Tengo tu cartera.

Laura se quedó quieta, sin articular, sin saber qué decir. Se le aceleró el pulso, la circulación, la tensión. Pensó en mil cosas en un segundo: el desorden de la casa, sus pelos, aquel jersey, sus ojeras, Mario… Dios.

  • Sí, sube, sube. Perdona.

Mario esbozó una sonrisa. Sabía que la había sorprendido. Andaba divertido.

Subió la escalera de dos en dos. Picó.

No sabía que al otro lado de la puerta Laura miraba por la mirilla desde que había colgado el telefonillo, el corazón a mil, la piel erizada. Lo vió acercarse y picar. No sabía si abrir seria o tan alegre como su cuerpo le pedía.

Abrió.

  • Pasa, pasa. – olió a Mario a su paso. Se le alborotó el alma.
  • Te dejaste la cartera en la barra esta mañana y pensé que la necesitarías, miré la dirección sin permiso, me pillaba de camino a casa. espero no te importe que me presentara sin avisar. – que Mario se justificara ante sus actos, le pareció tierno a Laura.
  • No te preocupes, pasa hasta la cocina, está un poco alborotada.

Él pasó hasta la cocina, le dejó la cartera en la mesa de la cocina.

  • Así que ¿esta es la chocita donde se esconde la súper mami?
  • Pues sí.

Hablaron de cosas, triviales, hicieron bromas sobre el bote del café, los imanes de la nevera…

  • ¿Quieres que me vaya?. – Mario, por primera vez dubitativo.
  • Qué va. Me alegra un montón tu compañía… no sé por qué…

Se hizo un silencio incómodo. Ninguno de los dos sabía que decir. Él no sabía bien a qué había venido. Ella no sabía porque andaba tan ansiosa. Le empezaron a temblar las piernas. Las manos… sentía ganas. Ahora sí sabía de qué.

Mario se la quedó mirando, cariñoso y cercano. Se acercó a ella y le acarició la cara. Laura cerró los ojos. La tibieza de aquella mano, la calidez en su mejilla. Retuvo aquella mano con la suya. Cerró los ojos y deseó que ese minuto se alargara en la eternidad, pues no tenía derecho a más. Lo siguiente estaba prohibido. El siguiente paso no sería Laura. Abrió los ojos y Mario con la otra mano cogió su otra mejilla, bajó sus manos hacia el cuello. La sostuvo se acercó hacia ella y la besó sin permiso en la comisura de los labios.

Laura era un flan. No se sostenía. Laura era mantequilla, derretida por la más caliente de las debilidades. No podía. Le deseaba tanto… y se mortificaba por ello.

La lengua de Laura torpemente indagó. Mario susurró: “sssht, estate quieta, abre la boca y no te muevas.” Ella obedeció. Y Mario con la punta de la lengua le bordeo los labios y los acarició por la cara interior. Laura exhaló: “oh”

  • No puedo hacer esto Mario. No puedo.
  • ¿lo deseas?
  • Sí, claro.
  • Pues no pienses, déjate llevar.

El la levantó en volandas y la sentó en la mesa de la cocina, puso una silla a cada lado de Laura y apoyó cada pie en cada silla. Se quedó de pie entre sus piernas y se la miró. Laura temblaba como un cervatillo. Lo miraba casi temerosa. Tímida. Y rabiosamente lujuriosa.

Mario sabía cómo tocar a una mujer. Sabía qué tocar, qué acariciar, sabía alargar la espera, moldear el deseo hacérselo suyo, le quitó el jersey, la camiseta, le besó el cuello. Ella sintió morir. Hacía mil que no sentía un beso en el cuello en la superficie justo inferior a su oreja. La desnudó, la tumbó en la mesa de la cocina con los pies apoyados en las sillas.

“Sssh. No pienses, muñeca. Disfruta…”

La poseyó tiernamente. Lentamente al inicio. Ella moría en cada embiste. Miraba al techo de la cocina. Aquella cocina tan familiar. Su mente estaba en blanco. No podía existir tanto placer, tanto éxtasis. Quería arrancarle la piel a tiras. Quería que ese instante fuera eternidad.

Fue un polvazo, un arrebato de placer, un desahogo, un atracón con hambre, por ambas partes. Recubierto de cariño. Escrito con respeto. Y relleno de lujuría. Se mordían. Se besaron.

  • Cómo me deseas, muñeca, por Dios. ¡cuánta hambre tienes! Cierra los ojos y córrete.

Fue oír esas palabras y ella derretirse allí mismo, subir al cielo, a la estratosfera, era una sensación de subir, subir y subir y dejarse caer lentamente. Cuando sintió que los brazos de Mario la rodeaban para darle cariño. La cubrió de besos y espero a que se rehiciera. Ella temblaba. De gozo. Y de miedo…

Mario se vistió. La ayudó a vestirse. Se sentó en una silla y la sentó en sus rodillas.

  • Laura, no le des más vueltas de las necesarias. No le des más significado del que tiene.

Laura no articulaba palabra.

  • Creo que es mejor que me dejes sola. Ahora no sé ni qué siento.
  • Estoy donde siempre, llámame y hablamos de lo que necesites. Quiero que estés bien. Pásate mañana y hacemos un café. ¿de acuerdo?

Le despidió aturdida. Abatida. En realidad triste.

A la noche, los niños ya dormían cuando llegó Javi.

Cuando entró en su habitación encontró a Laura sentada en la cama hecha un mar de lágrimas.

  • ¿Qué pasa cariño?- dijo Javi.-
  • ¿Podemos hablar un momento? –preguntó Laura.-
  • ¡Claro!

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

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XXII. ELLOS. Hasta sueño contigo.

Javi cogió la carita de Ana entre sus manos, se la acercó y la miró de cerca. Miró al fondo de esos ojitos locos. Tenía los ojos pequeños y vivarachos. Juguetones. Inquietos y curiosos. Esos ojitos gamberros. Miró sus labios, ligeramente abiertos. Temblaban. Suplicaban. Levantó la mirada y la vio suplicando. Cerró los ojos e inhaló ese olor a vainilla que siempre la envolvía. La acercó y besó sus labios. Un beso. Luego otro. La volvió a besar y no la separó de sí. Entreabrieron los labios. Se encontraron las lenguas. Al principio torpemente. Después deseosas de encontrarse. Ella se abrazó a él. Le cogió. Estiró. Buscando donde asirse. Donde enganchar el deseo. Donde anclar sus gestos. El arrastró sus dedos entre sus cabellos.

Soplaba el viento de final de tarde.

La separó, la miró y la abrazó contra sí. Suspiró: “Ana… Ana… Ana…”

Pero Ana no respondía… sintió miedo. Inquietud. Incertidumbre.

Ana… Ana… Ana…

Se sacudió y despertó, el sueño había sido intenso, palpitaba.

Laura dormía a su lado profundamente.

Sabía que Ana nunca sería para él, pero aún así su mente y su deseo iban hacia ella.

Después de su confesión, de saber que el padre de Anita era un tal Mario, de conocer parte de la historia y de ver en los ojos de Ana que aún seguía sintiendo ese amor tan limpio, auténtico y puro que él mismo sentía por ella. Debía ayudarla. Ayudarla a encontrarle. Ayudarla a que fuera feliz.

Aunque no fuera a su lado.

Al día siguiente se escabulló de la oficina justo después de comer y fue a buscar a Ana, con la excusa de salir a caminar, a estirar las piernas, por su estado, por su bien, se la llevó al paseo, cerca del mar, a dejarse acariciar por la brisa marina. Se la miraba de soslayo, aquella niña gamberra y dulce a la vez, ella vivía la vida a su manera, como le venía bien, sin pedir explicaciones, sin darlas, sorbiendo sus chupitos de felicidad mezclados a su manera, con su propia composición, llevar a Anita en su vientre le aportaba felicidad aunque no tuviera a ese tal Mario.

Javi recibió una llamada en ese momento… “laura…” silenció el teléfono, no lo cogió.

Y volvió la mirada a su loquita, no habían pronunciado palabra, no habían reído. Ana extrañamente estaba seria, pensativa. Algo le rondaba, se comía las pieles de las comisuras de los labios, destrozándoselas. Ana miraba a Javi con una sonrisa de paz y tranquilidad, si le tenía allí a su lado, nada podía salir mal. El cuidaría de ella. No quería el siguiente pensamiento, pues sabía que nada bueno le aportaba o una nueva lucha le esperaba y andaba cansada, con aquella panza.

Javi era la descripción de la bondad hecho persona, era un chucho relleno de buenas intenciones aunque algo le rondaba…

  • ¿qué piensas bicho?
  • Ya sabes que nada bueno, trasto. O siempre bueno: Pensaba en ti.
  • Eso no es bueno. Ya lo sabes. No debes pensar en mi, sólo cuidar de mi Javi. No soy buena para ti, por eso te necesito a mi lado. Porque no me fío de mi.

Javi, si no estuvieras cerca de mi… ¿qué diantres haría? No puedo descarriarme en mi             estado. Soy autodestructiva. En esta etapa necesito alguien que piense cosas positivas y       que cuide de mi. Te necesito.

  • Bicho, dices hoy muchas tonterías.
  • Lo sé, por eso te traigo loquito.
  • ¡Trasto!

Entró otra llamada de Laura… “debo coger, disculpa, no sé qué pasa”

  • Dime.
  • Javi, he perdido la cartera, estoy en casa con los niños, mi madre va a venir a llevárselos pero no me ha dicho a qué hora. No sé dónde he podido dejar la cartera. Quizás en el bar rincón.
  • ¿quieres que pase a buscarla?
  • Si puedes, estaría bien. Me harías un favor, cuando acabes, pásate por allí. ¿sabes dónde es? Ha tenido que ser esta mañana, pero desde entonces no he usado la cartera.

En ese mismo instante en el bar rincón, Mario salía con la cartera de Laura en el bolsillo, dirección a la calle del mar, 52. Como indicaba el DNI. No sabía porqué estaba haciendo aquello, se sentía vacío. Andaba anclado en el pasado, en oportunidades que había dejado pasar, por gilipollas, por falta de huevos, había dejado de vivir desde entonces, simplemente se limitaba a sobrevivir. Sin vida. Y siempre la mirada de Laura hacía que se sintiera menos vacío, algo querido incluso. Esa mujer le transmitía sólo cosas buenas.

La curiosidad hizo el resto.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.