XXI. ELLOS. No me sueltes que tiemblo.

Y Ana embadurnada de tristeza escribió:

 

 

No me sueltes que tiemblo.

No te alejes.

No cierres la historia, no quemes mi risa.

Todo queda en silencio.

No hay mañana, no hay motivo.

Tu llenabas el espacio, ponías en marcha mi magia.

Me arrancabas la locura.

Pero cerraste nuestra historia.

La última chispa de vida.

 

El mundo se ha quedado parado, en mute. No se mueve.

Mi mundo ya no gira, ya no ríe.

Mi mundo, el tuyo.

“Cuídate”. Me dijiste. En la esquina de mi mejilla.

“No cambies. No seas otra. Siempre estaré ahí.“

Es como la lluvia de noche, nadie la ve, ya no se siente.

Yo te abrí la mano, dejé mi certeza entre tus dedos.

Los cerré y me di la vuelta.

Para que mi día quedara a oscuras.

Para no seguir pensándote…

De noche o al alba.

Para apartar tu pensamiento.

Para higiénicamente seguir hacia adelante.

Como siempre.

 

Tengo la amarga certeza que mi felicidad se fue contigo.

Que encontré un cachito de ella en tus abrazos.

En tu risa, en tu mirada alegre y confiada.

En tu forma de desnudarme, leerme y entenderme.

En esa forma sólo tuya de quererme. Sin decirlo.

Pero sintiéndolo.

Y te apartaré de mi día a día.

No podré volver la vista atrás sin tristeza.

Detrás de tus labios está mi risa.

Detrás de tu calor está mi sosiego.

Si querías borrar mi magia. Lo conseguiste.

Gracias.

 

No me arrepiento de uno sólo de mis pasos.

 

Tuya. Siempre. Tu mudita.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

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