XIX. ELLOS. Cómo tú me miras.

 

Amaneció despacio con poca luz.

Cuando ella abrió un ojo él estaba despierto mirándosela.

Hacía bastante rato que la observaba dormir.

Apretar los párpados cuando los primeros rayos empezaron a despertarla.

Ella abrió los ojos se lo quedó mirando y sonrió.

El la besó en los labios y se puso en pie.

Surgieron las excusas, tenía que hacer cosas, debían irse, no sabía cuándo podrían volverse a ver. Ana asumió. Entendió y se fue a casa. Se despidieron con un beso. Recatado. Corto y dulce.

Ana podía equivocarse pero sentía que a él le molestaba sentir.

No quería apegos.

El resto del día fue una sucesión de gestos cotidianos sin contenido.Vacíos

Ella a cuestas con sus pensamientos, con el sabor a noche mojada

Dejó pasar las horas.

Pasó un día y ahora otro.

Tenía su teléfono y él tenía el suyo.

Pero no le llamó, no le buscó.

Sabía que para volver a tener a Mario debía quedarse quieta y esperar a que él volviera.

Y al tercer día, rondando las 19:00, sentada en el porche del apartamento vio aparecer un 127 destartalado.

Le dio un vuelco el corazón. Se le hinchó el alma de alegría y la sonrisa de ilusión. Se quedó quieta mirándoselo. Feliz.

Salió el del coche con seis cervezas en la mano.

– ¿Te apetece pedir unas pizzas y me taladras la cabeza? Mudita. Que sé que me has echado horrores de menos… ¡Confiesa!.-sonreía Mario con la más radiante de las sonrisas. Lleno de energía y vitalidad.

Ella quedó entre absorta y prendada.

¡¿Qué golfo era aquel!? ¡Tan bribón y dulce a la vez!

Pidieron pizzas, bebieron las cervezas y él empezó a contarle historias de su infancia, relatos tiernos, rellenos de cariño, recubiertos de dolor. Parecía que nunca hubieran sido contadas. Historias íntimas, otras cómicas. Ella se enternecía, se maravillaba y se prendaba cada vez más. Cuando Mario le preguntaba a Ana, Ana sentía que la escuchaban por primera vez en su vida y salía una versión de Ana que ella misma desconocía. Una Ana profunda, dulce y sensible, graciosa y picarona, que con Mario sacaba su versión mejorada.

El escuchaba, escuchaba los espacios, interpretaba correctamente las comas y sabía interpretar cada tilde, cada exclamación.

Ana sentía con Mario que iba quitándose prendas, desvistiéndose, desprendiéndose de la máscara y el postín. Le sobraba la artificialidad, el postizo y el maquillaje.

Con Mario era la Ana más auténtica.

Y aunque no le conocía percibía que Mario mostraba con ella mucho más de lo que su licencia varonil y de conducta se permitía habitualmente.

Eran distinto género de la misma materia. Se entendían sin palabras, porque sus códigos de conducta eran idénticos.

Ana acababa de dibujar una anécdota, una historia añeja, pasada, con palabras, con tonos, con gestos y expresiones. Mario no había podido dejar de escucharla ni un segundo.

Acabó Ana al borde del llanto.

Aquella historia pasada siempre le descolocaba el ánimo y la entereza.

Acabó el relato y echó un trago.

Mario se la quedó mirando.

-Eres la mujer más fuerte que conozco.

Ana se sintió temblar. Quiso desaparecer.

¿De dónde diablos salía aquel chiquillo? Porque por grande, enorme y fuerte que fuera a sus ojos era un chiquillo juguetón y hambriento de cariño. Miedoso y huidizo. Pero dulce e infantil. Recubierto de fiereza.

Y así se sucedieron los días.

Ana cuando se levantaba nunca sabía si iba a ver a Mario y Mario aparecía como por arte de magia.

Ella nunca le llamo.

Él aparecía y sin darse cuenta le fue cogiendo cariño. Más cariño del permitido. Él empezó a sentir ansia de ella. Ella necesidad de él.

Cada uno podía sentir lo que el otro necesitaba y se sentía feliz de poder brindárselo.

Se fueron prendando el uno del otro. Fueron coloreándose a expensas del mundo. Absortos. Sin mirar a ningún lado que no fuera a los ojos del otro. Percibiendo cada gesto. Registrando cada olor.

Se embriagaron. Ella esperaba y él venía a buscarla. Ella le llenaba el gesto de magia de risa, de alegría.

  • ¿qué es lo que más te gusta de mi? Mudita.
  • Cómo tú me miras. Vencido y sin argumentos. Nunca nadie me había mirado así.
  • No me conozco, mudita.
  • ¿Y no te gusta?
  • No.

El en gesto decidido la cogió de la barbilla y la acercó hacia sí.

Abrazándola la besó unos largos segundos.

Y la miró orgulloso.

Sus cuerpos empezaron a ser el lienzo del otro, el refugio, fuente de vida, rincón de paz. Los brazos de Mario eran paz para Ana. Mario conocía cada curva de Ana. La tocaba con una dulzura que nadie le había enseñado, con una pasión que la derretía. Mario sabía qué teclas tocar, qué puntos volvían loca a Ana y Ana hambrienta se lo comía, le devoraba.

Ana veía más allá del Mario seductor y varonil, sentía al caballero, al único caballero que había entrado en su cama. El único que priorizaba su placer al suyo propio. La llevaba al éxtasis y precisamente esto era lo que le hacía sentir bien a él. El placer volvía cual boomerang aumentado.

Ana y Mario en la cama eran dos cuerpos que se entendían sin hablarse, bailaban la misma música, seguían el mismo ritmo. Alcanzaban el orgasmo a la vez sin mayor excepcionalidad. En la cama eran uno. Sin más.

Y así escribieron un día tras otro, entrelazaron las semanas. Emborrachándose el uno del otro.

Una noche…

Estaban los dos hechos un ovillo, entre las sábanas, desnudos, con la tibieza que da la piel y el calor de sus cuerpos entrelazados, ella hundía la cabeza en su pecho, le olía, le besaba, cerraba los ojos y volvía a besarlo, abrazados. Él boca arriba estirado y ella de costado con la cabeza recostada en el brazo de él, las piernas de ella lo abrazaban y la mano libre de ella dibujaba círculos en el torso inmenso de él. El acariciaba su espalda, con las yemas de los dedos de arriba abajo, lentamente. Le besaba la frente.

En un gesto enfadado con el mundo la miraba a los ojos, le cogía la carita y le preguntaba ofendido:

  • ¿Por qué me gustas tanto? ¿qué me has dado? ¿qué me has hecho? – preguntó ofendido Mario.-
  • No forzarte. Entenderte y cuidarte. Poco más. –contestó rendida Ana.-
  • ¡Eres una bruja hechicera!. Yo no quiero sentir esto.

Ana se ofendió, se incorporó y despeinada como leona, desnuda hasta la dulzura, con un rostro sonrojado y rabiosamente adorable se lo miró de frente y le dijo:

  • Mario, no sé por qué tienes tanto miedo. No voy a hacerte daño, no voy a forzarte a hacer nada que no quieras, todo lo que ha sucedido es porque tú lo has deseado, buscado y querido. Tú puedes quererme, pero no quieres. Cuando te conocí, no sabías quererme y creo que tengo el pequeño honor de haberte enseñado a quererme… pero a partir de aquí, es cosa tuya, es si quieres o si no quieres. Yo ahí nada puedo hacer. Lo que yo sí sé es que te quiero. Y no puedo remediarlo. No lo pretendo y no voy a luchar contra eso.

Mario la cogió, la acercó hasta sí, la besó intensamente y le espetó: “calla la boca, piltrafilla.”

Y se hizo el silencio.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

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Un pensamiento en “XIX. ELLOS. Cómo tú me miras.

  1. Anónimo dice:

    Que bien que llegó el viernes! ^_^

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