XVI. ELLOS. Ni rastro de Mario.

Ana llevaba dos semanas en el apartamento y no había vuelto a ver a Mario; había recorrido las deshabitadas calles de la urbanización.

Había bajado cada día a la playa a la misma hora que lo encontró, había esperado cada atardecer.

Se estaba volviendo obsesiva, se estaba poniendo paranoica y no se gustaba.

Quería no pensar en él.

Pero cuanto más pretendía apartarlo de su mente, más volvía su mente a subrayar su recuerdo, a enviarle flashes de aquella sonrisa irresistible.

De aquella voz grave. Y de ese olor a mar.

Intentaba distraer su cotidianidad con actos mundanos, subía cada día a comer con su tía, le llevaba cada día su dosis necesaria de positivismo y mejoraba. La notaba mejor.

Salía a tomar algo con su prima y fue en una de estas cuando su prima le dijo que se montaba una fiesta…

Ana vio la luz. Pensó que allí fijo que encontraba a Mario.

Se probó todo el armario. Tardó el doble en arreglarse y su prima y ella fueron las primeras en llegar a la fiesta.

Sólo estaba Tomás, el anfitrión, que les puso un copazo.

Ana con los nervios bebió, se preocupó y bebió, no había risas ni bromas.

Su prima y Tomas se enzarzaron en una conversación que no seguía, era incapaz de escuchar…

Llegaron los segundos invitados y los terceros.

Ana no conocía a nadie.

Ni rastro de Mario.

Y siguió bebiendo. Apoyada en un rincón.

Ya se había quitado el jersey, llevaba despendolado su vestido de flores. Estaba apoyada en la pared y una de sus botas cruzada sobre la otra.

Cogía su copa sin interés pero seguía bebiendo.

Ella no era consciente de su nivel de alcohol.

No había hablado con nadie. Así que no supo medirse. Nadie le interesaba, el mundo empezaba y acababa en Mario. Y Mario no estaba.

Era tarde, se había empezado a ir gente cuando apareció Mario, con el amigo de la playa.

Para Ana fue como si le iluminaran la sonrisa, la hincharan cual globo de ilusión.

Se lo miro. No podía creérselo.

Sonrió.

El entró rebosante de seguridad, la misma frescura, saludó a Tomas, eran colegas, más que amigos… la vió nada más entrar, se disculpó y sin fijarse en nadie más fue hacia ella, con una sonrisa de oreja a oreja.

Se paró a un palmo de su cara.

  • ¿Qué hace por aquí mi mudita preferida?

Ella rió torpemente, ahora sí se notaba pastosa.

Quiso emitir alguna palabra, algún chiste u ocurrencia… ¡Nada!

El automáticamente vio que ella iba pasada de rosca, se pilló una cerveza y se quedó cerca de ella. Ella empezó a preguntar sin enlazar hábilmente las palabras.

Se fue al baño dando tumbos, se lavó la cara. Se golpeó con la pared. Se tambaleaba.

Era Mario.

Estaba ahí fuera.

¡Qué fuerte!

Pero su mente era un pastizal de alcohol y pensamientos detenidos. De intenciones.

Y ahí paró su noche.

Lo siguiente que recordó Ana fue despertar en una cama de sábanas blancas y el rumor del mar como si la cama estuviera plantada en la misma arena de la playa. No sabía dónde se encontraba.

Llevaba el mismo vestido de flores de la noche anterior.

Las botas colocadas al borde de la cama.

Y un olor a café venía desde algún lugar de la casa.

Y de repente pensó en quién debía ser que lo estaba preparando…

En la habitación sólo había la cama y un pequeño armario. Una mesita de noche con una luna de lamparita de noche. La ventana no tenía ni cortina.

Se incorporó y se asomó a la sala contigua.

Era una casa antigua con puertas de colores, ninguna del mismo tamaño, una casa con sabor a playa, se asomó a la cocina y vio a Mario en los fogones preparando algo y una cafetera en marcha.

Se giró sobresaltado.

Ella se apoyó en el marco de la puerta, avergonzada y feliz de encontrarle a él.

Se lo quedó mirando.

Él sonrió.

Hay momentos, instantes que quisieras retener, ponerle el pause a la vida. Grabarlos cual fotografía en tu disco duro de la memoria, para que nada los destiña. Para ellos ese fue uno de esos momentos.

– ¡Ay! Mi mudita, ¡cómo le gusta beber! – se la quedó mirando Mario, ¿qué niña descarriada era aquella que conseguía preocuparle cada vez que la encontraba y que una fuerza superior a él hacia molestarse más allá de lo necesario para su maldito bienestar?, maldita gamberra –  ¿Quieres un café? O directamente algo para la cabeza? – dijo con socarronería…-

– Un café estará bien. -respondió, fingidamente modosita.-

– Vamos a hacer una cosa, vamos a salir tú y yo, me vas a enseñar esa forma tuya de beber y yo te diré cuando parar…

“¿Este listillo iba a decirle lo que tenía que hacer con su vida?” pensó Ana…

  • Vale. – respondió Ana.-
  • ¿Mañana?
  • ¡Perfecto!
  • Te recojo a las 20:00h.

Ana se quedó pensando, ¿sabía dónde vivía?

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

 

 

 

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Un pensamiento en “XVI. ELLOS. Ni rastro de Mario.

  1. Anónimo dice:

    Aix…que bonito! Es como volver a sentirse adolescente jiji

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