XII. ELLOS.  Mario hace una visita.

  • Hola yaya, ¿Cómo estás?

Mario entró sin llamar al timbre, vigoroso y alegre de encontrarla. La abuela estaba sentada en su rincón del sofá. Haciendo ganchillo. Llevaba las gafas apoyadas en la última curva de su nariz. Levantó la mirada, frunciendo el ceño.

  • Hombre!!! Mi chatito. ¿qué alegría de verte? ¿qué cuentas? ¿cómo estás? ¿quieres tomar algo?
  • Yaya, vengo a verte a ti. A que me cuentes tú. Yo nada especial. Como siempre. Currando. Poco más.
  • Y ¿qué sucede en ese bar? ¿Algo interesante?

La yaya está bebiéndose una infusión. En ese momento se atraganta y tose. Se encalla. Tose más fuerte y se pone roja. A Mario el miedo le atenaza. Pega un brinco de su silla. Se acerca a la Yaya, la incorpora le da golpecitos en la espalda.

En unas décimas de segundo ni un sonido. Ni un gemido. Ni una tos. Mirada en blanco. Mario deja de respirar y acto seguido ella inhala, tose y se recupera. Tose y se recoloca en el sofá. A Mario le ha dado un brinco el corazón. Por un instante ha sentido lo peor. Lo más frío, negro y silencioso. El mundo se ha puesto en pausa. Pero ahora respira aliviado. La mira preocupado. Su yaya. Lo más grande. La única mujer a la que quiere por encima de cualquier cosa. Más allá de él mismo. Ella ha sido su referente, su sostén, su apoyo, su calor. Lo ha sido todo. No quiere ni pensar en perderla. Se niega a ello. Ella es inmortal. Punto.

Ella recuperada, acalorada, pero bien. Se lo queda mirando cariñosa. Y suelta una carcajada.

  • No te preocupes por mí, nenito. Soy fuerte. Ya lo sabes.
  • Lo sé. Por eso me preocupo. Yaya. No soportaría que te pasara nada.
  • Bueno, algún día no estaré.
  • Sí.
  • Haz el favor de callar, yaya.
  • Pues ese día, deberás seguir adelante como si yo siguiera estando aquí. Porque yo seguiré mirándote donde quiera que esté. ¿lo has entendido, chatito?
  • Sí, yaya. Pero que no llegue nunca ese día. ¿de acuerdo?
  • Trato hecho. Y ahora cuéntame. ¿qué vienes a contarme? Que hace mucho que no vienes por aquí.
  • ¿Pues porque no te acercas algún día al bar donde estoy trabajando?
  • Puedo hacerlo. Sí. ¿Dónde es?
  • Bar el rincón. Encima del colegio.
  • Ah! Ya sé. ¿y a qué hora es buena pasarse?
  • Pásate por la mañana, prontito, que a mediodía se me llena el bar.
  • ¿Pero a esa hora no habrá mucho follón? ¿Con la salida de los nenes?
  • Te tendré reservado el mejor sitio. Al fondo de la barra. Al ladito mío y así te enseño, te cuento y te hago un chocolate calentito. ¿qué me dices?
  • ¡Ay! Eso es pecar. Chatito. Tengo el azúcar por las nubes… – se lo queda mirando con carita deseosa, imaginando ese chocolate, ese olor saliendo de la taza caliente… – pero por un día, no pasará nada, ¿verdad? Hace tanto que no me tomo uno. Tú sabes que después de la guerra el chocolate caliente era el lujo de la semana. ¿Los domingos por la mañana? – Mario había oído esa historia miles de veces. Y se le iluminaba la cara cada vez que la escuchaba, de leer en su yaya la emoción con la que la contaba. En este momento su mente había dejado de escucharla, se deleitaba mirándosela como una niña pequeña recordando su chocolate caliente. Le cogió la mano y la tapó con la otra. Y se la quedó mirando embelesado. No sabría qué haría cuando la vida le recordara que su yaya no era inmortal del todo. Pero ahora disfrutaba de su compañía más que de cualquier otra mujer. Bueno, de casi cualquier mujer.

Y se sorprendió a si mismo al recordar a la chica del pelo alborotado, loquita y rebelde reír a carcajadas por una payasada suya a la orilla del mar. La recuerda y una punzada de tristeza le encoge el pecho. Se le cae la mirada. ¿Por qué la dejó pasar? ¿Por qué no supo leer la oportunidad en aquella historia? Seguía adorándola como no había adorado a nadie. ¡Por Dios, su loquita!

  • ¿en quién estás pensando Mario? No me estás escuchando.
  • En…
  • ¿Sabes que ese “nada” siempre tiene nombre y apellidos y en tu caso lo más probable es que sea mujer? – él se sonrojó. Se sintió pillado. Sonrió y miró a su yaya. Los dos sabían que había algo. Algo inocente y bonito y como tal no podía ser nombrado. Porque Mario era mucho Mario. Y la yaya aparte de ser inmortal era sabia. Muy sabia. Porque cuando Mario iba, ella había ido y vuelto 100 veces. Y precisamente eso era lo que a Mario le hacía sentir bien con ella. Porque tenía la facultad de leerle el pensamiento. De adivinarle, entenderle, pero no descubrirle para no hacerle sentir mal.
  • Yaya, yaya. ¡qué haría yo sin ti!
  • ¡qué harás! No lo sé. Dime tú. – viendo que la conversación se le iba por derroteros que no le gustaban. Que volvía a angustiarse sobremanera…
  • Te espero en el bar, un día cualquiera de esta semana. ¿Vale?
  • Por supuesto. Un beso, chatito. No te vayas sin darme un beso.

Él ya en pie se agachó para besarla, ella lo agarró bien fuerte de la camiseta y le soltó tantos sonoros besos como pudo. Hasta achucharlo. Estrujarlo y rellenarle las mejillas de besucones. Como siempre.

Él se incorporó y se sintió aliviado. Aliviado de que su yaya siguiera como siempre. Sin cambiar ni un gramo la fuerza al estirarle de la camiseta; ni sin dar un beso de menos. No podría. Sería su tristeza. Su antesala.

  • Adiós, yaya. Cuídate mucho.
  • Tú también, chatito. Saluda a la nada de mi parte.
  • No, yaya. No está en mi vida.
  • Pues eso es un error que no te puedes permitir. Búscala. Y tráemela.

 

Sonrió Mario ante tanto romanticismo. ¿Encontrarla? ¿Cómo? ¿Dónde?

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

 

La Suelta.

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Un pensamiento en “XII. ELLOS.  Mario hace una visita.

  1. Anónimo dice:

    Genial!

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