XIV. ELLOS. Su certeza. La causa de su risa.

Ana se siente débil, sin fuerzas. Se siente triste. Está adormilada. Apenas quedan restos de su brillo. Manchas de su magia. Abre los ojos le molesta la luz. Tiene la persiana bajada. Oye un bip.bip.bip constante y molesto. Se sitúa, está entubada, en una cama de hospital. Está sola. Más sola que nunca. Mira su brazo, esquelético, blanco y sin vida. Su mano quieta. Hace un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, le cuesta horrores.

Recuerda las palabras del médico: “te queda poco, no quiero aventurar tiempo. Quizás meses. No muchos. Deberás ser fuerte”

Y ¿cuándo no lo ha sido? Todas las veces que la vida se lo ha pedido.

Y no será menos esta vez.

Pero de golpe le busca con la mirada.

¿Dónde estará? Le necesita a su lado. Asiéndole la mano. Acariciándole la cara. Diciéndole que todo irá bien. Mintiéndole.

Se da cuenta que necesita tenerle cerca. Volver a sentir su carita de niño grande. Pues si él está a su lado todo irá bien. Podrá cerrar los ojos y dormir.

Podrá ser.

Apoya la cabeza, la ladea y piensa en él, en esas risas tontas a la orilla del mar. En ese dejar pasar las horas a su lado mientras el mundo en ellos no repara.

Él. Poco más.

Mario.

Y despierta. Sobresaltada. En su cama. En su casa.

Acaricia su barriga, su panza llena de vida. Está sudando.

Pocas veces las certezas vienen a despertarnos de madrugada, para demostrarnos hacia donde, o hacia donde no. Porqué o porqué no.

Y ahora recuerda la causa de su estado.

Se queda boca a arriba, embarazadísima, asustada, temblando. Sola.

Con los ojos abiertos. Y sabiendo que si algo le pasara a quien querría a su lado sería a Mario. Su certeza. La causa de su risa. El motivo de su dicha.

Pero también la explicación de su marcha. Es tan parecido a ella… no podía ser. Pero es.

Se gira en la cama. 3:30h. Se vuelve a tapar. Y tarda en dormir. Ve caer los minutos. Y en cada segundo él. Sus frases. Aquellos gestos oblicuos de amor incondicional. Ese cabreo que arrastraba con él mismo al saberse enamorado.

Y Ana cierra los ojos y rompe a llorar, amargamente, le quema, la despedaza.

¿por qué no pudo ser?

Y vuelven sus frases a mecerla, a enfriarla, a recordarle porqué marchó:

  • no temas, mi niña, me olvidarás, encontrarás a alguien que te trate como una reina. Como te mereces. No llores. Seca tus lágrimas. ¿No ves que somos iguales? nos haríamos daño. Y es lo último que quiero. Hacerte daño. Somos dos almas salvajes. Libres y desbocadas. Tú tienes muchos cuadritos por pintar, muchos corazones por romper, yo muchas olas por surfear. Vivamos la vida y guardemos esta historia en el mejor rincón de nuestra memoria. Y si me necesitas, sólo llámame.”
  • Tú no dejas que te quiera.
  • Ven aquí gordita. – La abraza. La estruja. La aprieta contra sí. La separa y le da un beso en la frente.

Ana sigue recordando… Pero le abrasa.

Las lágrimas corren por sus mejillas. Se las seca pero vuelven a brotar fruto de la amargura. Se siente triste, muy triste. Mira por la ventana y ve la luz del alba. Otro día. Otro amanecer… sin él. Mira su panza y sonríe. Le queda ese fruto de ese nosotros. Tan dulce. Tan suyo. Especial.

Hay motivo para alegrarse. Siempre vale la pena tirar para adelante. Piensa.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

 

La Suelta.

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XIII. ELLOS. No me gusta estar enamorado.

El despertador había sonado tres veces, Laura había salido a trompicones y dejado los niños en el colegio, tenía algunos mails por contestar y chorropotocientas cosas por hacer en casa. Pero antes necesitaba un café. Entró en el Rincón y buscó consciente a Mario, para hablar, reír o distraer sus grises pensamientos.

Buscó su cartera, pensaba que la hubiera perdido… en el último bolsillo del bolso estaba… la dejó sobre la barra.

Salió Mario de la cocina, la vio y sonrió.

  • ¿qué tal Laura? ¿Cómo está la mami más increíble del mundo mundial?
  • Tengo la cabeza llena de cosas que debo hacer sí o sí, esta mañana, o se cae el mundo.
  • Eso no es así. Y lo sabes.

Laura se lo quedó mirando, en realidad deleitándose de como un hombre cómo aquel secaba los vasos del lavavajillas… miró sus brazos fuertes y musculados mientras Mario atendía a otro cliente. Y al rato vino a su lado. Ya se tenían confianza… cierta amistad.

El roce hace al cariño.

  • Mario, ¿tu alguna vez te has enamorado? – le mataba la curiosidad a Laura-
  • No me gusta estar enamorado.
  • ¿Por qué? es muy bonito.
  • ¿Bonito? Te duele la barriga, no piensas bien, andas gilipollas todo el día. No das pie con bola y lo peor de todo es que lo más probable te hagan daño o lo hagas tú. No sé cuál de las dos opciones es peor.
  • No me has contestado. –Mario se la queda mirando y recordando a la vez. Le da una punzada el estómago, se le eriza la piel al recordarla.-
  • Laura, hace daño.
  • ¿por qué? ¿Quién es?
  • No sé nada de ella. Hace demasiado tiempo. Duele. La dejé. Y sé que le hice daño.
  • Y ¿por qué la dejaste? Para no hacerle más daño. No era un buen compañero de viaje. Era malo.
  • Tú no eres malo, Mario.
  • No quería que ella sufriera. Prefería que buscara su felicidad. Que encontrara lo que merecía.
  • Pero eso es una decisión de ella, ¿no crees?
  • Creo que no hacerle daño era una opción.

Se hizo un silencio cálido, se quedaron mirando a los ojos, Laura pensó en quien sería esa niña afortunada, quien sería la persona que había conseguido doblegar a ese lobo, quien había conseguido seducir a ese hombre… la imaginó impresionante y voluptuosa, generosa… pasó de seguir imaginando. Volvió a él.

Él levantó la mirada, se la quedó mirando, como esperando la siguiente pregunta.

  • ¿querrías volver a verla?
  • Creo que tengo miedo, no sabría qué decirle. Yo que no le tengo miedo a nada. Ella era mi todo.
  • ¿era o es? ¿aún la quieres? – Mario se quedó pensando, mirando a través de la ventana, miraba la vida y unos segundos después se giró hacia Laura y:
  • Siempre la querré. Nunca dejaré de quererla. Esté donde esté siempre podrá contar conmigo. Ella es ella. Lo demás ya no importa. Sólo entretengo la vida, porque sé que el amor de mi vida ya pasó de largo.
  • No, no tergiverses las cosas, Mario, tú la dejaste ir.
  • Yo no era suficiente para ella. Ella era demasiada mujer para mí. Era perfecta.
  • ¿Y? ¿qué problema hay? Búscala.
  • Quita, quita. Estoy bien así. Hablando contigo. Acabando a las 17.00. no me ralles la cabeza.
  • Eres un cobarde.
  • Eres una bocazas.
  • Y un rabioso.

Mario se levantó y se fue a preparar algo, a hacer ver que estaba muy liado. Ella se lo quedó mirando, con una punzada de envidia, de rabia. De rebeldía que nunca había tenido, sentido ni exigido en sus propias ambicionas. A ella la vida le había venido dada. No había luchado, peleado, discutido, cuestionado. Las cosas le habían venido así. Y ahora al escuchar la historia de Mario… sentía rabia. Rabia que un amor tan auténtico… se dejara pasar. Cogió su móvil, el bolso y se marchó.

Se olvidó de pagar.

Y se olvidó de la cartera que dejó encima de la barra.

Salía Laura a trompicones del bar. Mirando al suelo… y Mario desde el fondo de la barra, la vio salir… y vio la cartera. Se quedó quieto. No hizo ademán.

Así tendría la excusa para buscarla.

Y para llevarle la cartera.

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.

XII. ELLOS.  Mario hace una visita.

  • Hola yaya, ¿Cómo estás?

Mario entró sin llamar al timbre, vigoroso y alegre de encontrarla. La abuela estaba sentada en su rincón del sofá. Haciendo ganchillo. Llevaba las gafas apoyadas en la última curva de su nariz. Levantó la mirada, frunciendo el ceño.

  • Hombre!!! Mi chatito. ¿qué alegría de verte? ¿qué cuentas? ¿cómo estás? ¿quieres tomar algo?
  • Yaya, vengo a verte a ti. A que me cuentes tú. Yo nada especial. Como siempre. Currando. Poco más.
  • Y ¿qué sucede en ese bar? ¿Algo interesante?

La yaya está bebiéndose una infusión. En ese momento se atraganta y tose. Se encalla. Tose más fuerte y se pone roja. A Mario el miedo le atenaza. Pega un brinco de su silla. Se acerca a la Yaya, la incorpora le da golpecitos en la espalda.

En unas décimas de segundo ni un sonido. Ni un gemido. Ni una tos. Mirada en blanco. Mario deja de respirar y acto seguido ella inhala, tose y se recupera. Tose y se recoloca en el sofá. A Mario le ha dado un brinco el corazón. Por un instante ha sentido lo peor. Lo más frío, negro y silencioso. El mundo se ha puesto en pausa. Pero ahora respira aliviado. La mira preocupado. Su yaya. Lo más grande. La única mujer a la que quiere por encima de cualquier cosa. Más allá de él mismo. Ella ha sido su referente, su sostén, su apoyo, su calor. Lo ha sido todo. No quiere ni pensar en perderla. Se niega a ello. Ella es inmortal. Punto.

Ella recuperada, acalorada, pero bien. Se lo queda mirando cariñosa. Y suelta una carcajada.

  • No te preocupes por mí, nenito. Soy fuerte. Ya lo sabes.
  • Lo sé. Por eso me preocupo. Yaya. No soportaría que te pasara nada.
  • Bueno, algún día no estaré.
  • Sí.
  • Haz el favor de callar, yaya.
  • Pues ese día, deberás seguir adelante como si yo siguiera estando aquí. Porque yo seguiré mirándote donde quiera que esté. ¿lo has entendido, chatito?
  • Sí, yaya. Pero que no llegue nunca ese día. ¿de acuerdo?
  • Trato hecho. Y ahora cuéntame. ¿qué vienes a contarme? Que hace mucho que no vienes por aquí.
  • ¿Pues porque no te acercas algún día al bar donde estoy trabajando?
  • Puedo hacerlo. Sí. ¿Dónde es?
  • Bar el rincón. Encima del colegio.
  • Ah! Ya sé. ¿y a qué hora es buena pasarse?
  • Pásate por la mañana, prontito, que a mediodía se me llena el bar.
  • ¿Pero a esa hora no habrá mucho follón? ¿Con la salida de los nenes?
  • Te tendré reservado el mejor sitio. Al fondo de la barra. Al ladito mío y así te enseño, te cuento y te hago un chocolate calentito. ¿qué me dices?
  • ¡Ay! Eso es pecar. Chatito. Tengo el azúcar por las nubes… – se lo queda mirando con carita deseosa, imaginando ese chocolate, ese olor saliendo de la taza caliente… – pero por un día, no pasará nada, ¿verdad? Hace tanto que no me tomo uno. Tú sabes que después de la guerra el chocolate caliente era el lujo de la semana. ¿Los domingos por la mañana? – Mario había oído esa historia miles de veces. Y se le iluminaba la cara cada vez que la escuchaba, de leer en su yaya la emoción con la que la contaba. En este momento su mente había dejado de escucharla, se deleitaba mirándosela como una niña pequeña recordando su chocolate caliente. Le cogió la mano y la tapó con la otra. Y se la quedó mirando embelesado. No sabría qué haría cuando la vida le recordara que su yaya no era inmortal del todo. Pero ahora disfrutaba de su compañía más que de cualquier otra mujer. Bueno, de casi cualquier mujer.

Y se sorprendió a si mismo al recordar a la chica del pelo alborotado, loquita y rebelde reír a carcajadas por una payasada suya a la orilla del mar. La recuerda y una punzada de tristeza le encoge el pecho. Se le cae la mirada. ¿Por qué la dejó pasar? ¿Por qué no supo leer la oportunidad en aquella historia? Seguía adorándola como no había adorado a nadie. ¡Por Dios, su loquita!

  • ¿en quién estás pensando Mario? No me estás escuchando.
  • En…
  • ¿Sabes que ese “nada” siempre tiene nombre y apellidos y en tu caso lo más probable es que sea mujer? – él se sonrojó. Se sintió pillado. Sonrió y miró a su yaya. Los dos sabían que había algo. Algo inocente y bonito y como tal no podía ser nombrado. Porque Mario era mucho Mario. Y la yaya aparte de ser inmortal era sabia. Muy sabia. Porque cuando Mario iba, ella había ido y vuelto 100 veces. Y precisamente eso era lo que a Mario le hacía sentir bien con ella. Porque tenía la facultad de leerle el pensamiento. De adivinarle, entenderle, pero no descubrirle para no hacerle sentir mal.
  • Yaya, yaya. ¡qué haría yo sin ti!
  • ¡qué harás! No lo sé. Dime tú. – viendo que la conversación se le iba por derroteros que no le gustaban. Que volvía a angustiarse sobremanera…
  • Te espero en el bar, un día cualquiera de esta semana. ¿Vale?
  • Por supuesto. Un beso, chatito. No te vayas sin darme un beso.

Él ya en pie se agachó para besarla, ella lo agarró bien fuerte de la camiseta y le soltó tantos sonoros besos como pudo. Hasta achucharlo. Estrujarlo y rellenarle las mejillas de besucones. Como siempre.

Él se incorporó y se sintió aliviado. Aliviado de que su yaya siguiera como siempre. Sin cambiar ni un gramo la fuerza al estirarle de la camiseta; ni sin dar un beso de menos. No podría. Sería su tristeza. Su antesala.

  • Adiós, yaya. Cuídate mucho.
  • Tú también, chatito. Saluda a la nada de mi parte.
  • No, yaya. No está en mi vida.
  • Pues eso es un error que no te puedes permitir. Búscala. Y tráemela.

 

Sonrió Mario ante tanto romanticismo. ¿Encontrarla? ¿Cómo? ¿Dónde?

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

 

La Suelta.