XI. ELLOS. Hay personas locas.

La cuestión seguía rondándole y ese día lo tenía presente y estaba alerta.

Hoy quería preguntarle algo.

Hoy quería respuestas.

Habían quedado para desayunar.

Se sentó ella como si tal cosa.

  • ¿Dos besos?
  • ¡Por supuesto! – y se dejaron sendos besos en el borde de los labios. Despacio. Sin prisas. Ella se sentó y sonrió traviesa. Se lo miró, juguetona.
  • Ana, quiero preguntarte algo.
  • ¡Uy! ¡Qué serio te has puesto, bicho!
  • No, en serio. Debo hacerlo.

Ana se lo mira, cambia el rostro, se torna serio, reflexivo. Se serena y asume que algún día debe responder a todo.

  • ¿Quién es él?
  • ¿Quién es quién?
  • El papa de Anita.
  • Esa historia es muy larga Javi.
  • Tengo tiempo.
  • No tanto.
  • Me tienes que contar de dónde sale Anita. Me tienes que explicar quién es el padre ¿sabe que existe Anita?
  • El padre no sabe nada. Cuando lo dejamos yo ya estaba embarazada.

Pero no quise decírselo. No quise abrumarle

Sabía que no quería complicarse la vida

Hubiera sido un shock para él, pensaría que quería cazarle.

  • Pero ha de ser consciente de lo que se está perdiendo.

A lo mejor tomaría otra decisión. Otro camino

Quizás preferiría vivirlo.

  • Mira Javi, las personas nos dividimos entre personas atormentadas y personas enteras. Personas que arrastramos huecos y carencias. Melancólicas inestables. Como yo. Locas, soñadoras, deprimidas.

Y personas inquebrantables, estables, leales, valiosas, como tú.

Unas a otras no nos entendemos. Pero nos necesitamos.

Es mejor que caminemos de la mano.

Vuestra estabilidad coherencia y lealtad rellena nuestros huecos. Cura nuestras heridas.

Él es como yo.

Una persona llena de heridas. Sin capacidad de querer porque tampoco se quiere a sí mismo. Es una persona que huye, que sale corriendo ante las responsabilidades. No porque no pueda hacerles frente, sino porque le apura no cumplir, no dar la talla. Es cobarde. No permite que nadie le cuide.

Pero es un tesoro de persona.

  • ¿Tú quisiste cuidar de él?
  • Sí.
  • Y no te dejó.
  • Sí. Pero salió huyendo.

Estuvimos juntos apenas unos meses. Dulces. Intensos. Nuestros. Pero de mágico que fue, le dio miedo.

Él quiere ser eternamente joven. Es un peter pan.

Pero por un instante fue intenso, real, auténtico. En ese instante fue concebida Ana, Anita.

Ana es fruto de una certeza.

La noche que lo hicimos, yo lo deseaba rabiosamente. Deseaba que me dejara embarazada, porque sabía que a él no le alcanzaba, pero si me dejaba embarazada, tendría algo suyo para siempre. Cuando me abrazó, desnudos los dos, para mi ya era el éxtasis.

  • ¿Tú crees que cuidándole serás tú más feliz?
  • Si, lo fui. No quería perderle. Pero él no quiso y una mañana desperté y en la mesa de la cocina habia una nota.

“No puedo, Ana. Lo siento. Eres especial. No dejes que tu magia se apague por este pobre diablo.”

Cuando se fue supe que estaba embarazada. Y no quiero abortar. Quiero tener esta niña, mi niña.

  • Y ¿dónde está el?

¿Podemos hablar con él?

  • La vida no funciona así
  • Si yo fuera el, por cobarde o mierda que fuera, por mal que lo hubiera hecho querría saber la verdad. Querría tomar decisiones consecuentes, no a medias. Esa niña algún día te preguntara por su papá. ¿Qué le dirás entonces? ¿Que no le contaste la verdad, que su papá no sabe que existe?
  • Me hizo mucho daño yéndose, me dolió.

Me dejó sola. Así de repente.

Yo quería cuidar de él. Hacerle feliz.

  • Pero a lo mejor es más feliz sin ti.

Eso no quita que esa criatura sea de los dos

Ana se quedó pensando, no sabía qué pasaría si volvía a verle. Si cruzaba de nuevo una mirada con aquellos ojos. Pero en el fondo Javi tenía razón, debía contárselo.

  • ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?
  • Se llama Mario. No sé dónde vive. Solo sé dónde vive su abuela. Y tengo su número de móvil. Nada más.

Mario.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

 

La Suelta.

 

Anuncios

X. ELLOS. Javi andaba en mute.

X. Javi andaba mute 2Javi andaba en mute, a solas con sus pensamientos. Trabajaba absorto. Vivía en un mundo paralelo. Hacía las cosas mecánicamente. No se concentraba, toda su mente la invadía Ana; todo Ana lo inundaba. Y él lo permitía. El mundo gritaba, exigía y él dejaba volar su mente hasta la última frase, hasta aquel aroma, aquella risa contagiosa. Y sonreía para sus adentros. Ana era única, especial, diferente. Podía captar la atención de quien la rodeara, hombre o mujer, joven o viejo. Tenía magia y con su magia ahora le hacía sentir especial a él. Escogido. Diferente. De nuevo.

Aunque supiera que no era cierto. Aun sabiendo que había algo que debía aclarar, resolver, preguntar. Le gustaba esa sensación. Era adictiva.

Se sentaba delante del ordenador y tecleaba mecánicamente los pedidos, respondía los mails, pero su mente paraba a cada coma, se detenía en cada reglón. Y volvía aquella tonta caricia que ella había dejado caer después del café. Aquella respuesta dulce pero traviesa que le había dado. Y le buscaba la interpretación. La giraba. Para acto seguido sacudir su conciencia los pensamientos y reanudar sus deberes.

Aquel jueves, Javi había quedado con Ana y como siempre que tenía que verla, estaba nervioso, no tenía por qué. Pero lo estaba. Qué pensaría de lo que se había puesto. Qué le parecería la camisa. Y cuando ella aparecía se le disipaba la angustia, el ansia. Se relajaba y se olvidaba literalmente del mundo que le rodeaba.

Era como si una inundación de paz, silencio y sentido inundara su existencia.

Él llevaba todo el día pensando en lo que debía preguntarle, pero al verla, pensó: ¿qué es eso que me recomía y debía preguntarle!? No sé, no recuerdo. Está tan guapa, tan divertida, tan ocurrente. Tan ella… no debía ser importante.

Ella enlazaba una ocurrencia con una anécdota, una travesura, con una trastada, una idea con un chiste, sin parar de hablar, de gesticular y de comérselo con los ojos. Él se dejaba. Permitía, escuchaba y se deleitaba.

Ella calló. Terminó su retórica y se le quedó mirando. Giró la cabeza y sonrío.

Y él dijo como escusándose, como justificándose para sí: “es que eres adorable, ¡por Dios!”

Ella parecía saberlo. Le invitó a tomarse la última cerveza, en casa. “Sin alcohol, mi niña” “por supuesto”

Los minutos cayeron, transformándose en horas. No es que no tuviera que irse. Es que no quería. A su lado se sentía niño, vivo. Especial. Ella se acurrucó en el sofá. El tímidamente cogió una manta y la abrigó, se acurrucó tras de ella.

Yacieron abrazados largo rato. Tenía que irse…
Javi la abrazaba por detrás, la cogía y hundía su cabeza entre sus cabellos, alborotados, hechos un lío como ella, con ese olor que le embriagaba.
Silencio.
Un momento que se hizo eterno.
Entonces Ana preguntó;
– ¿Tú me quieres?
– Yo siempre te he querido.
– ¿Hasta dónde?
– Hasta el final.

Y volvió el silencio.
Ninguno de los dos se quería separar, ninguno quería desvanecer ese momento. Llevarse la magia.
Pero finalmente Javi se incorporó besó su frente y se la quedó mirando.
– ¿Qué voy a hacer contigo?
– Quererme.

Asintió y sonrió
Se levantó, buscó su cartera y su móvil.

– Me tengo que ir.
– Lo sé.
Dos besos. Él miraba al suelo, ella a ninguna parte.
Esa soledad elegida pero mal llevada la descolocaba, la trastocaba.

Se cerró la puerta detrás de Javi, se oyó su coche arrancar y permanecer ahí, parecía que le costara irse.
Imaginaciones suyas.

Al fin se oyó irse el coche
Ana se incorporó, se frotó los ojos en un gesto tonto, intentaba recuperar la frescura, apartar la densidad que se apoderaba de sus pensamientos, de sus decisiones, quitarle hierro… Al asunto. A ¿qué asunto? Al meollo que era su vida. Parecía que le molaran los embrollos.
Pero no sabía vivir la vida como los demás sin sobresaltos, sin emoción, sin riesgo.
Ella tenía que sentir. Sentir cada brisa, cada palabra. A veces tenía que encerrarse en casa de lo acusada que tenía la sensibilidad.
En esos momentos la soledad era la única amable compañera, la única que toleraba.
Se lavó los dientes, hizo un pipi, se puso el pijama, se metió en la cama, se arrebujó debajo del edredón y escribió un “gracias” “no me las des, trasto” respondió Javi.

Javi, aún en el coche, se acordó de lo que durante todo el día había estado pensando en  preguntarle a Ana:

Quería saber quién era el padre de Anita.  El próximo día no se olvidaría.

 

ELLOS. VOSOTROS. NOSOTROS.

La Suelta.

IX. ELLOS. Ana piensa…

Le pica la tripa, se la rasca todo el tiempo. Se le han hinchado los pechos. Tiene una sensibilidad extrema. Le encantan los donuts de chocolate, cuando nunca los había comido. Duerme como un lirón a horas sospechosas. Está más cachonda de lo habitual. Ríe a carcajadas hasta el infinito por una simple y tonta broma, con una risa arrebatadora y dulce. Llora por una respuesta airosa y se ilusiona hasta la lágrima por una simple ilusión, el más fugaz pensamiento.

Todo le parece maravilloso. Está embarazada.

A veces siente miedo. Pero sabe que Javi está allí para ayudarla.

Hasta un punto no sabe si juega con sus sentimientos. No sabe si es su mente la que juega con ella misma. Ella misma es dos Anas. La que le dice “la vida no es así.” Y la que le engaña y le hace creer que todo es maravilloso. Que todo irá bien.

No sabe en qué punto del camino se equivocó, giró y tropezó. Pero ahora está allí y hay que tirar para adelante. Todo lo demás son puras reflexiones, dudas e hipótesis que le llevan a ninguna parte.

¿De qué sirve pensar “¿qué hubiera pasado aquella noche si no hubiera hecho lo que hizo. Si hubiera tomado medidas.”?

Qué hubiera pasado si… es vacío. Inútil. Inservible. No sirve de nada. No le lleva a ningún lugar. Más que a un pasado irreal que no puede cambiar el presente.

Su futuro es incierto. Pero su pasado es nítido. Real y presente. Sus sentimientos serán exagerados o mayorizados. Pero son.

El pasado es inamovible. Y debía ser dueña de su recorrido. De sus pasos y consecuente con sus decisiones. Y había decidido tomar aquel camino.

Pasara lo que pasase. Hubiera quien hubiese.

Su vida era suya. Eso estaba claro. Sus vivencias eran suyas. Y sus fallos también serían suyos. Debía de asumir sus caídas porque serían fruto de sus lecciones.

De qué servía la vida si no la vivía. Si se quedaba en el bordillo para no sufrir. Si algo la hería era porque había vivido tan intensamente que no la había dejado indiferente.

Y ahora había decidido tener a aquella criatura. Aquel bebe que se abría paso a golpe de intensos latidos. Con sus primeras pataditas en forma de burbujitas que subían desde el bajovientre. Apenas apreciables hasta última hora del día cuando yacía cansada en el sofá, sola o acompañada de Javi a ratitos.

Y entonces le venía Javi al pensamiento y se le hacía un nudo en el estómago. En el estómago por el deseo de abrazarle. Impulso incuestionable. Causa dudosa.

Le inspiraba ternura. Le hacía pensar. No la agobiaba. La cuidaba. Y la protegía. Pero ¿por qué nunca le había tenido en cuenta? ¿Por qué nunca le deseó? Y por qué ahora sí.

Había una respuesta que le rondaba en su otra Ana, perversa, cruel y fría. La que miraba todo desde la lectura de la desconfianza. Le chivaba la respuesta en forma de susurro. Y a la Ana presente, a la cálida, romántica y sensiblona, como no le gustaba directamente la apartaba de su mente para no tomar medidas al respecto.

Y la Ana fría volvía a hablar: “le necesitas, te estás aprovechando de su bondad, le estás utilizando, no le quieres, simplemente tienes una necesidad. Un hueco. Una carencia. Y él te la suple, rellena y soluciona. Tú no estás enamorada de él. Y lo sabes.”

Ana ignoraba ese pensamiento. Y en un intento de respuesta se preguntaba: “¿y por qué le deseo con tantas fuerzas?”

Y Ana fría respondía: “porque es prohibido”

 

ELLOS, VOSOTROS, NOSOTROS.

La Suelta.