Volveré.

Y aquí me encuentras, te encuentro, me lees, me desnudo.

Nos miramos y nos perdemos.

En esta esquina de tu tiempo, me descubres, te permito.

Te cuento mentiras, verdades y secretos.

Te preguntas cuánto hay de cierto. Donde acaba la suelta y empiezo yo.

Te explico mis pensamientos y transcribo los tuyos.

Te sorprende. Y hasta te gusta.

 

Me dejas a medias. Me lees y marchas.

Esperas una frase y te respondo con otra.

Recupero tu osadía y desnudo tu misterio.

Interpreto una mirada, pero nunca adivino el futuro.

Espero tenerte en mi mañana.

Que el destino me cite en el guión de tu vida.

 

Desando mi pasado para entender el presente.

Me gusta coger la miseria y mirarla de frente.

Porque todos somos míseros. Porque todos somos humanos.

Porque la debilidad nos vence, la rutina nos apelmaza.

Y en una brisa literaria te arranco la vergüenza,

Le saco la lengua a la pereza.

Y beso lujuriosamente al pecado. O él a mi. Nunca lo supe.

 

Me gusta leer tu mirada, esa que aquí es mía.

Me encanta transcribírtela.

Desnudarte con mis letras. O con mis manos si me dejas.

Pero no me permitas mucho más.

Pues eres mi debilidad.

 

No dejes de leerme,

Sé que me esperas.

Me voy, te dejo.

Pero volveré.

En Septiembre para pensarte.

Ahora descansa, duerme, no pienses.

Y si piensas, que sea en mi.

 

Vuestra.

Tu Suelta.

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Al final del andén.

Día.1.

La mujer de mirada triste, pelo canoso, entrada en años, exuberante aunque apagada, alcanzaba la estación de tren cada mañana a las 8.42. Sus labios antes deliciosos, hacía tiempo que no dibujaban una sonrisa.

Cada mañana salía de su casa, con el bolso colgado del hombro, arrastrando la obligatoriedad en cada paso. Nada le llenaba, no tenía alegría.

8.45 andén del tren, coincidió en la espera con un señor canoso, de mirada inquieta, con el brío en sus andares, con una mirada serena que al verla sonrío, sin porqué, de puro gozo.

A la mujer de mirada triste le dio un brote el corazón, se le alborotó el alma y le quemaron las mejillas; esbozó una sonrisa en desuso, se llevó la mano al bolso y bajó la mirada al suelo.

Él se la quedó mirando. Orgulloso. De su poder emocionar a alguien con una simple, gratuita, fácil y sincera sonrisa. Se la quedó mirando. Hasta la llegada del tren.

Se perdieron de vista.

 

Día.2.

La mujer de mirada no tan triste, entrada en años, exuberante, alcanzaba la estación a las 8.42. Miraba en el andén, buscaba. No sabía el qué.

Y al final del andén, allí estaba él con el periódico en la mano. Dudó si acercarse. Pensó: “pensará mal…” ¿y qué? Fue dando unos pasos. Hasta que él divisó una presencia. Alzó la mirada y la vio radiante.

Se alegró, sonrió y se la quedó mirando serenamente a la cara. A esos ojos de mirada no tan triste.

Ella se sonrojó, sonrió como una colegiala. Se agarró fuertemente al bolso y se giró nerviosa, inquieta, vergonzosa y pavorosa. Llegó el tren. Subió y desapareció entre la gente.

Él decidió no seguirla.

 

Día. 3.

La mujer exuberante, con labios deliciosos finamente perfilados, alcanzaba la estación esa mañana a las 8.40 esperaba en el andén, entre la gente, para no ser vista.

Le vio acercarse al último banco y coger el periódico. Se lo quedó mirando, sin ser vista. Le gustaba. Debía rondar los 50, tenía el pelo canoso, con porte interesante, mirada inquieta, ojos claros, rostro sereno. Alto y muy bien conservado. Podríamos decir que era atractivo. Se lo miró con detalle intentando encontrar aquel detalle que te echa para atrás. No lo encontraba. Le gustaba. En el fondo quisiera que no le gustara, pues no le alcanzaba, pero le atraía.

Y poco a poco fue aproximándose. Hasta que él detectó su presencia. Alzó la mirada y la vio, la reconoció y se iluminó su mirada, como cuando se encienden las luces en mitad de la noche, le transmitió vida, energía, deseo. Era muchas cosas a la vez. Y por primera vez en mucho tiempo, sin haber cruzado una palabra, se sentía guapa. Inmensa. No sabía el porqué.

Sensación de gozo molesta, incontrolable. Le hacía sentirse susceptible. Pero ¡qué delicia!

No sabía si decirle algo. Si acercarse o quedarse entre la multitud. Dudó.

Se le encogía el corazón de vergüenza al pensar en empezar una conversación. Esperó su tren y subió al vagón. No miró atrás. Simplemente subió. Se sentía ridícula con el brillo en sus labios.

Tiró de su bolso. Miró al suelo ¿qué perdía? Nada. Sólo saludarle. Se quedó de pie al lado de la puerta y en el último minuto entró él. Se le encogió el corazón. Le quemaban las mejillas. Se le quedó mirando.

Él al verla sonrió, se alegró de encontrársela. Le gustó el encuentro. Se quedó de pie frente a ella, no existía el mundo. Sólo esa mirada. La de ella. La de él. El resto… humo.

El tren arrancó. Inició la marcha, ella se cogía fuertemente a la barra y al bolso con la otra, le sudaban las manos. La vergüenza la invadía. La timidez la atenazaba. La ilusión la desbordaba. El deseo la coloreaba.

Él era la serenidad y la alegría. Se la miraba con gozo. Veía sus labios pintados, su ligero cambio. Ese brillo en la mirada. Era una mujer atractiva. Más atractiva de lo que ella quería creer, más bonita de lo que le habían hecho pensar. Mucho más de lo que su autoestima había valorado. Atisbaba la vergüenza en sus mejillas. Se le antojaba delicada y dulce ¡qué ganas de cogerla! De achucharla y llevársela a dormir una siesta, a cerrarle los ojos y que no se abrieran hasta comerse el mundo.

No podía.

Llevaban tres paradas no habían cruzado una palabra, a él le quedaba una parada. Se la quedó mirando:

  • Me llamo Alberto. Nos vemos. Cuídate. – Ella se quedó escuchando, Alberto. Pensó. Silencio.-

Y supo que debía responder.

  • Yo… María. Encantada.

Alberto bajó del tren, no sin antes girarse, acercarse al oído de María y susurrarle: “¡estás muy guapa!”. Y desapareció entre la gente.

A ella el resto del día le supo a miel. Nadie pudo borrar esa sonrisa de su cara.

 

Día.4.

María exuberante, inmensa y feliz salía de su casa con paso decidido, llevaba los labios ligeramente pintados, el pelo arreglado y teñido, con una camisa de generoso escote. No había quien le hiciera sombra aquella mañana. Estaba radiante. No sabía por qué o quizás sí.

A las 8.40 alcanzaba la estación de tren. Se encaminó al último banco del andén y esperó. 8.42 no veía a Alberto, esperó.

Llegó su tren y ni rastro de Alberto. Decidió perderlo, llegar tarde por un día en su vida, pero volver a ver a Alberto. Se saltó su propia rutina, invirtió su costumbre, su hábito, su modus operandi, por verle. Y se sentó en su banco.

Llegó el siguiente tren y no había llegado Alberto.

Bueno, algo le habrá pasado. Subió al tren y se fue a trabajar. Con penita. Aún inmensa. Igual de guapa. Pero con el corazón encogido.

Alberto nunca más apareció. De Alberto nunca más se supo.

Pero a María nadie la volvió a deshinchar, su autoestima bebió de ese momento por mucho tiempo y su vida se coloreó de ardientes colores, alegres músicas. María decidió levantar la mirada, mirar pa’lante. Pintarse los labios y no dejar de sonreír.

Se arreglaba para Alberto, aunque nunca más le viese. Se vestía para ese instante en que oyó en la esquina de su sonrisa. “¡Estás muy guapa!”

Ese instante le alimentó durante muchos días, semanas. E invirtió su modo de caminar, de levantarse y de mirar.

 

 

Esa María son muchas Marías, que pueden tropezarse con muchos Albertos, que la alegría está en la mirada, no en las cosas que suceden. Que Albertos hay muchos y Marías más. Que vales mucho la pena si te miras al espejo y simplemente te dices: ¡estás muy guapa! Pero sobre todo. Si te lo crees.

 

Rabiosa

 

La Suelta.