Hacían P.4… continuación.

Volvió a casa llorando, las lágrimas brotaban de sus ojos, recorrían sus mejillas y caían. La tristeza más honda, más pesada, más gris, inundó su cuerpo. No tenía fuerzas. Sólo quería que el mundo apagara las luces. Pero sobre todo quería no sentirse colgada de aquel chico que no la deseaba. Que no se fijaba en ella.

Y pasaron las novias, ella aprendió a mirar y callar, a escuchar las historias de él, a darle consejo incluso, mientras el corazón se le encogía. Le seguía preparando la copia de los apuntes, nada podía hacer. Su amor era mucho más grande que su dolor y resentimiento. Él nunca le prometió nada, nunca le mintió, ¿por qué debería odiarlo? No podía odiarlo. Sólo tenía un sentimiento de querer cuidarle, quería que él fuera feliz. Lo demás le importaba poco. Ella le seguía teniendo presente en cada uno de sus actos. Sin poderlo evitar él ocupaba todos sus pensamientos, sus intenciones. Se sentía vencida y dependiente. Pero ya no luchaba contra ello.

Y llegó la fiesta de final de curso. De COU.

 

Después de bailar, beber, reír y hacer el burro, juntos. Él no se separó de ella en toda la noche, estuvo pendiente y la miraba cuando reía, embelesado. Ella iba muy guapa, con aquel vestido, con el pelo suelto y un no sabía qué que le tenía flipado, no podía dejar de mirarla, aquella risa le hacía sentir bien.

Ella pensó que si la felicidad existía era lo más parecido a esa sensación.

Y una esquina antes de cerrar la fiesta, encender las luces, irse todos a desayunar… él la miró a los ojos y después detuvo su mirada en aquellos labios, que se le antojaron sexys. Deseó besarla. Y la volvió a mirar a los ojos. Ella lo miraba expectante, con los ojos abiertos como platos, las mejillas hirviendo y las pupilas dilatadas. El corazón sintió que se le iba a salir del pecho. Se quedó quieta y le vio lentamente acercarse a sus labios. Él se detuvo un centímetro antes de tocarla. Con sus dos manos la cogió tiernamente del cuello, levantó su barbilla hacia él. Y acto seguido la besó. Tan delicada y suavemente. Con tal elegancia. Que ella supo que no besaría a nadie más en su vida. La certeza se convirtió en mayúsculas, cerró los ojos y se dejó llevar.

Sus lenguas se conocieron, al principio lentamente, después la premura, el deseo, las hormonas y el descubrirse hicieron el resto.

El la cogió de la mano y se la llevó de la fiesta, se la llevó para quedársela, para nunca más separarse de ella, para seguir mirándola y mimándola toda su vida. Para conseguir su felicidad. Y ella con su risa hacía el resto.

Empezaron a caminar juntos en aquella fiesta de COU. Y nunca más se soltaron de la mano.

No comieron perdices, pero tuvieron dos hijos. Hoy los puedes ver serenos y tranquilos, con el sosiego que te da haber encontrado el amor de tu vida, haberlo reconocido y poderlo abrazar hasta que la vida se reescriba.

Ella siempre podrá decir que se dejó besar por la felicidad. Que su niña saboreó el cielo. Y allí se quedó.

 

Con cariño.

La suelta.

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Hacían P.4

Hacían P.4 cuando sus miradas se encontraron por primera vez. A ella aquel niño gamberro y descarado le secuestró la mirada, no pudo mirar a nadie más, hasta el día de hoy.

Descorrieron la infancia, aprendieron las letras, los números y los colores, uno muy cerquita del otro. Sus pupitres se tocaban. Él, un niño vivaracho, inquieto, tremendo. Auténtico. Ella dócil, tranquila, paciente, enamorada.

Él a sus cosas, con sus amigos, mirando la próxima travesura.

Ella a sus cosas, con sus amigas, mirándole a él, irremediablemente.

Fueron creciendo, los números pasaron a ser ecuaciones, las letras oraciones, vinieron los exámenes.

Ella tenía pulcramente sus apuntes colocados, ordenados, subrayados por colores, con la misma letra de principio a fin. Él a veces hacía campanas, otras no los había cogido bien, siempre acababa pidiéndole los apuntes, a última hora del día anterior.

Era un día previo a un examen de 8 E.G.B. 20.00pm, en casa de ella, sonó el teléfono, a ella le dio una punzada el estómago y un respingo en la silla, “¿por qué?” pensó.

Su madre asomó en su cuarto: es para ti, ¿adivina quién es?? Le dijo con rintintín.

Cuando oyó su voz al otro lado del teléfono inventándose una historia ya sabía lo que le iba acabar pidiendo. “¿me dejarías los apuntes?”. “Sí, pero tendrás que venir a buscarlos”. “Ahora vengo”. Colgó el teléfono a la vez que sonaba el timbre del portal. Ella corrió a su cuarto a coger la copia de apuntes que le había preparado.

No podía remediarlo, pensaba en él constantemente, lo llevaba con ella a todas partes, se vestía pensando en él, empezaron instituto, BUP. Y llegó la primera novia, de él. A veces los tortazos los recibes sin previo aviso, sin haber hecho nada, o incluso siendo buena gente, haciendo las cosas bien, siendo la mejor versión de ti mismo, en ese preciso momento te puede caer la mayor hostia de tu vida. La vida es así, injusta y cabrona. Es lo que tiene.

Y ese día al salir de clase ella le vio con su carita de pillo, al fondo del pasillo, apoyándose con una mano en la pared y una chica mirándoselo con ojitos de alucinada a dos dedos de su carita, se miraban atontados. Les veía entre el gentío, él se acercó y la besó en los labios, después salió con ella de la mano.

Sintió que el mundo se paraba, el suelo se abría y ella caía al fondo para llevársela. Su vida ya no tenía sentido. No había motivo para seguir. Sus apuntes ya no tenían dueño. Y ella le siguió con la mirada, como cuando miras todos los títulos de una película con final triste a ver si cuando acaban cambia algo. Pasó por su lado y él la sonrió como diciéndole a un amigo: ¡mira qué guay!. Mirada de amigo, de cómplice. Ella fingió y sonrió.

To be continued.

La semana que viene…

 

 

¡Feliz San Valentín! A todos esos corazones secuestrados, obsesionados, trastocados, hechizados, llenos de magia, inundados. Enamorados al fin y al cabo.

Ese loco y delicioso sentimiento.

Ese viaje donde su presencia te acelera, las yemas de tus dedos acarician el cielo y su mirada te parece el clímax.

Hoy es vuestro día, tortolitos. Embriagaros y dejaros llevar. La vida es corta, a veces fugaz.

Es un simple juego donde gana el que más siente.

 

La Suelta.

Contradicciones

Estoy esperando religiosa, obediente y pacíficamente en la cola del supermercado, cuando sin quererlo ni pretenderlo, mis ojos caen sobre esa mujer mulatona, negra, exótica, tremenda, lo sabe bien.

Se ha maqueado como si fuera a un casting para el club eclipse… ¡Dios mío de mi vida! Tiene unas curvas que volvería loco a un compás. Un culo y unas tetas que ni la … lleva un vestido ceñido en estampado tigre. Labios rojos carmín. Zapatos de aguja. Melena con mechas que juraría por mi blog que venía de la peluquería. Melena leona. Y se contonea bordeando lo erótico sacando la leche y el arroz del carrito del súper.

Efectivamente el mundo lo formamos diversidades culturales con multitud de inquietudes. Distintos pudores. Y diametralmente opuestos gustos.

Pero ella no para de sonreír. Parece hasta divertirse.

Y no puedo dejar de mirarla.

Me pregunto qué hará y cómo vestirá, pues, para ir a la discoteca…

Quito la mirada y en la cola de al lado un chico embobado se la mira con total descaro. Con literalmente la boca abierta. Lengua seca y con la novia al lado. Modosita. Discreta de formas. Melenita. Mocasines y pinta de no haber roto en la vida un plato. Empezar las frase con perdón y acabar con por favor. Se lo mira disimulando. Como sin mirarle. Pero sin quitarle ojo.

Y la mulatona repara en el descaro del “niño”, en los celos de su chica y en el poder de su curva. Y se lo mira descaradísimamente a la cara y le sonríe juguetona. Le guiña un ojito. Le pone morritos y se carcajea en su cara.

La novia no da crédito. Se gira indignada.

Pero el chico ya nada ve: ojos en blanco intentando poner en funcionamiento el cerebro superior.

Que la chica que le conviene es la que está en su cola.

Se queda mirando al suelo…

Miro el reloj: 12:00.

En el súper

Bueno, al menos la espera está siendo divertida. Pero me pregunto si hay cámara oculta. Fijo.

El mundo no es el que conocía. He cambiado de planeta o me salté alguna clase.

La mulatona se va con su carrito para el parking.

Contoneándose a más no poder.

El chico la mira cruelmente descarado alejarse.

Y en un instante se acuerda que vino con su chica. La mira, está dolida. Se lee en sus ojos: la cagué. Sorry. Pero estaba buena. Casi justificado…

 

Me voy hacia el parking, dándole más vueltas a mis pensamientos.

La encuentro en el baño de mujeres en esos que tienen el bajo de la puerta alto y ves los pies… se mete en uno.

Me quedo flipando al verle los pies como se colocan los hombres de pie y mirando al wc…

No puedo soportarlo, me agacho y miro debajo de la puerta: EFECTIVAMENTE. Es un tío.

Hubiera salido corriendo a decírselo al pobre chico dudoso mentalmente infiel.

 

O mejor no.

Mejor no saberse engañado por otro hombre…

 

 

Inquieta

 

La suelta