Lo he dejado.

Quiero un pitillo, necesito un cigarro. Me muero por un piti. Una caladita, notar su nicotina en mis pulmones. Ese pequeño chute. Mataría por uno. La vida no tiene sentido. No puedo pensar, sólo pienso en sorberlo, darle una calada, cerrar los ojos, sentirlo. He llegado al punto de no saber qué prefiero si un polvo o una maldita caladita.

Llevo una semana. Y no se acaban los días, mis pensamientos son grises, como su delicado humo. Me hablan y no escucho. En mi mente sólo recreo el delicado tacto de su boquilla, chupar su aroma. Sostenerlo entre mis dedos, firme pero suave…

Me escondía en el portalito de la calle, en ese rinconcito escondido de las miradas indiscretas, a fumar un piti y al ratito otro. Y si se terciaba podía encenderme un tercero. “Todo por socializar”, decía, mentía. Escusas sociales. Porque no: En realidad lo necesitaba. Me calmaba, me devolvía un cachito de paz. Me hacía, simplemente, sentir bien. Pero duraba tan poco el sosiego. Que mi instinto animal hurgaba en el bolso  por otra indiscreta dosis. Y si notaba el paquete vacío… se me llevaban los demonios. Me quedaba sin personalidad. Sin emoción. Sin alegría. No me quedaba droga. Porque así me veía: dependiente, miserable, pequeña, marioneta. Mi vida se movía alrededor de y para el tabaco.

Me despertaba y antes de mover un pensamiento encendía un pitillo, desde la cama incluso. Me recreaba en los dibujos de su humo. Y poco a poco amanecía en mi cuerpo. Si me tomaba un café ahí me fumaba un cigarro; si había comida, sacaba cigarrito; si se terciaba un copazo… aquí el cigarro era obligado. Si echaba un polvo, no te cuento si era un polvazo, tocaba cigarrito, compartido mejor. Delicioso. Al llegar al curro llevaba ya un par. No era la peor. Hay de peores, lo sé. Pero tampoco buena. ¿no? Y observaba desde fuera mi dependencia, mi búsqueda continua. Mi mente abducida, mi coco comido. Mi vida subyugada. Las conversaciones no tenían sentido si no tenía un cigarro encendido. Era dependiente. Abnegada. Era como una amante dominada. El tabaco me saciaba a su manera, con sus leyes. Pero para tener más siempre debía pagar, apartarme, a veces esconderme, buscar cómplices… me arrastraba donde fuera por conseguir un pitillo. Ansiaba una simple y mísera calada. Desde fuera me daba asco, repulsión, mi propia actitud. “Nada sirvo, nada soy, si tabaco no tengo. Así me siento.” Pensaba…

Hasta que un día dije basta. Hasta aquí. No sigo más tus pasos. No sigo más tu guión. No te necesito. No dependo de ti. No me tienes. Me salgo. Quiero mi libertad. Prefiero otros vicios. Yo valgo más. Yo puedo hacerlo. Cerraré los ojos y no pensaré en ti, ni en los chutes de calma que me dabas. Desandaré mi dependencia y volveré al principio. Seré yo sin subordinaciones.

Y digo esto. Decido esto sabiendo que los fumadores pueden dejar el tabaco pero siempre seré ex.fumadora. En cualquier momento pasa un cigarrito delante de mí y deberé cerrar los ojos para no sorberte, fuerte e intenso, esa inyección de paz interna que me transfieres.

Maldita seas por cruzarte en mi camino: esa primera calada.

 

Fumándote.

La Suelta.

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