Estilo

Estas deprimidísima. Si existiera un superlativo superior lo utilizaría. No hay mejoras.  Ni un duro en cuenta y boda inminente de compromiso high level… es otra liga. Son la Champions. Lo galáctico. La súper liga. Y tú sin opción ni de vestuario, ni de complementos… existe la palabra depresión pero tú la estás reinventando. Reescribiendo. Dándole la vuelta.

Masoca te llamas, porque mientras te recreas en el nada tengo, nada soy, nada seré.  Menos valgo. Hojeas una revista fashion-cool. Donde ellas no pasan de la 36 no miden menos de 1,80 y aunque puedas refugiarte en que existe photoshop que no existen mujeres así.  Que tú eres la realidad  bla bla… ellas aparecen inmensas, tremendas, insultantemente sexys, para recordarte que el mundo puede ser en rosa y lila. Mundo irreal por supuesto…

Piensas en tus curvas olvidadas debajo de camisetas y tejanos.

Desmerecida. Subestimada. Casera.

Te deleitas en las últimas propuestas de temporada de Louis Vuitton, de Chanel, de Dior… y es que hasta los nombres tienen Charme… los zapatos serán Manolo pero se apellidan Blahnik… ¡claro!

Y caes en una página que llama tu atención, secuestra tu mirada.  No te deja ir.

Ves una modelo envuelta en vestido de tubo. Alta costura. Peinado recogido.  Maquillaje misterioso… y ese vestido… ese estampado… será última temporada… pero jurarías que te suena tanto como la canción de comedor del colegio. Conocido. Tuyo. Sobado. Olvidado y guardado…

Y caes en la cuenta que hay algo en el trastero que podría ser si no lo mismo, primo hermano.

Vas directa al trastero. Buscas y rebuscas entre cajas olvidadas y allí está el forro del antiguo sofá de casa. Bien cuidado, envuelto en una sábana, sin rotos. Increíble pero cierto. Idéntico al modelo de la revista. Lo abres: patronaje grande… se pueden hacer muchas cosas. Sueñas. Y te ríes de ti misma, de tu propia imaginación. De tu idea. Descarada. Irreverente. Como la vida.

Te vas directa a visitar a la yaya. A tu yaya del alma. Con una cajita de pastitas de té. Sus preferidas.

“Yaya, yayita, mi yaya, me has de hacer un favor…”

Patronáis un vestido tubo que ni Chanel… la yaya está orgullosísima de hacerle un vestido a su nieta. Tú orgullosa de semejante idea.

Vestido ceñido a tu cuerpo, cuello de barco, tres cuartos de manga. Se te antoja elegante incluso. Requisas taconazo a tu madre, pides ese clutch dorado a tu amiga, preparas el mismo recogido despeinado que te pones para limpiar la cocina y los baños, cuidadamente ensamblado con un lápiz de grafito dorado, que te ha costado horrores encontrar: 7€.

Maquillaje misterioso calcadito al de la revista.

Lista para la boda. Sales del baño y tu chico se te queda mirando, como si no te reconociera. Él que no sabe de moda, ni lo intenta. Él que advierte un escotazo, pero no un modelo Prêt-à-porter… te mira y embobado sonríe. Y emite sin atisbo de falsedad: “¡estás guapísima, cariño!” Te inflas. “No pareces tú.”  Te desinflas. Pero no tienes tiempo de ofenderte.

Viene y te quiere dar un beso: “¡No, que voy maquillada!”.

Él, orgulloso de llevarte. Tú reconvertida en divina.

Ya en el cocktail. Oyes murmurar a tus espaldas: “¿has visto? ¡Es un Chanel! juraría que de la última temporada…”

Levantas la barbilla miras al cielo y te dices que hoy serás tú la princesa de tus sueños. Que ni Almodóvar saca un vestido del trastero y pasa por Prêt-à-porter…

Vestida para la ocasión: 7€ del lapicero dorado más las pastitas para la yaya.

Pasar por princesa embutida en Chanel: No tiene precio.

 

Reinventando

La Suelta.

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