ARTE. Difícil jeroglífico.

Siempre has querido saber de arte, entender la pintura, poder discernir una música de otra, siempre has querido ir a la ópera… suena tan bien… Cuando oyes la palabra ópera lo primero que te viene a la mente es a Julia Roberts envuelta en un vestido rojo emocionada a punto de pipi, con un súper collar que no parece de bisutería y acompañada de Richard Gere en su papel de caballero… quizá eso te haya hecho coger más ganas de entender la ópera, pero no has escuchado ni media. En el fondo acabas poniéndote a la Shakira en la ducha.

Pero te gustaría ir, escuchar y entender. Una cosa no quita la otra. “¡Llámenme contradictoria!”.

Te encantaría disfrutar la pintura, deleitarte con un cuadro, como hacen “los que saben”. Tienes un amigo que es culto a rabiar, que sabe más que la enciclopedia, que hablar con él es simplemente una delicia, que cuando habla escoge cada una de las palabras, algunas no las has oído nunca, pero las escoge cada una delicadamente. Tú escuchas atenta y cuando llegas a casa las buscas en el diccionario. Saboreas sus palabras y disfrutas sus diálogos, vuestras reflexiones a pachas. Y al acabar te sientes un poquito más culta. Simplemente por su amistad. Este amigo te ha dicho que da igual que no hayas visto nunca un cuadro, da lo mismo que no entiendas de arte, si quieres emocionarte… ve a ver Las Hilanderas. “Te emocionará, te transportará, te sentirás inmensa. Es una pintura que simplemente te traslada.” Y automáticamente afirma: “si no sientes nada al ver ese cuadro… es que ¡no tienes alma!”

¡Uah! Si él lo dice, será así. Quizá sea la experiencia de mi vida… quien sabe. Convences a una amiga, tren a Madrid. Directas al Museo del Prado, la convences con una experiencia mágica, irrepetible, que el arte es mucho arte, que hay que dejarse llevar… entráis directas, buscando el cuadro, allí está, te acercas cual virgen ante su adonis. Lo miras, lo observas, te acercas. Te alejas. Pasan unos segundos, ves muchos tonos ocres, algún punto azul, rojo… unas señoras que hilan… os quedáis en silencio unos segundos. Tú y tu amiga. Es complicado esto del arte… quizá tarde un ratito en hacer efecto, como los Gin Tonics… claro, habrá que darle tiempo.

Sigues en blanco, miras de rasquis a tu amiga. Ella está igual. Te sientes… pequeña, el arte no te hace efecto, debe ser droga para genios. Te vas entristeciendo… no ves nada, miras fijamente el cuadro a ver si se te aparece Da Vinci… pero nada. Os giráis lentamente la una hacia la otra… y le preguntas en voz bajita:

–          ¿tú sientes algo?

–          Nada. Pero nada de nada.

–          Quizá hemos de esperar.

–          Llevamos 20minutos mirando un cuadrote marrón. Me pone más el segurata del museo…

–          Estamos mal.

–          Nos vamos a tomar algo.

–          ¡Rápido!

 

Os largáis a la calle y buscáis un bar un poco alejado sin vistas al Museo… pedís unas cañas y un platito de jamón… mmmm. ¡Por Dios! Qué bueno está el jamón… son las 12.00 del mediodía no tenéis nada en el estómago. La cerveza entra directa sin peajes, semáforos ni curvas a vuestro sistema nervioso. Utomáticamente! Y después viene otra cervecita. Y os decís en secretitos que esto de los museos es para sabelotodos. Y empiezas a pensar si no será todo una farsa. Y que la gente no se emociona, simplemente dice que se emociona… en la cuarta cervecita ya sois taaan amigas del camarero y éste os confiesa que nunca ha entrado en el museo.

El día se alarga, cañita tras cañita, después os váis de compras y a la noche vuelta a casa, agotadas pero felices como una perdiz. Os lo habéis pasado teta. Lástima que la visita al Museo no funcionara. Prometía el plan.

 

Ya en casa, no sabes si llamar a tu amigo, por confesar y porque quizá “no te hace más amigo”. Se mea de la risa cuando oye tu relato…

Otro cuadro será. El arte será para mayores. Tú eres inmune. Será eso.

 

Pero qué bueno estaba ese jamoncito… y el segurata… tendremos que volver a Madrid.

 

Inculta.

La Suelta

 

Esa batalla interna…

Todos hemos sufrido la pregunta ¿qué quieres ser de mayor?

Aquella niña quiere ser creadora de colores para crear el que le falta.

Otra quiere hacer cine, la otra quiere ser Bailarina…

“¡Policía!”, al niño habría que explicarle que no sólo dirigen el tráfico…

O la niña que quería ser granjera, “para tener animales.” pero alguien te dice “¡no! ¿Qué dices? ¡No es rentable!”

Y entra en tu vida el concepto de rentabilidad.

 

Rentabilidad se supone que es el rendimiento que adquieres de las cosas que haces, el retorno de la inversión, el beneficio que obtienes.

La rentabilidad es un concepto seguro. Inspira estabilidad. Parece que necesitáramos rentabilidad en nuestra vida.

 

Por otro lado está la Vocación: aquello que te gusta, te divierte, hace tu espíritu de niño aunque tengas 50 años, lo haces sin esfuerzo, con dedicación, con más o menos acierto, con más o menos aptitud. La vocación es tu hobby, tu pasión.

 

Y la vocación es más fuerte que todo aquello y empuja;

Empuja y brota; se anuncia y reclama, grita, se impone.

Sin educación. Salvaje. Primitiva.

Emerge y no pregunta, invade, ¡empapa!

¡Llevaba tiempo acallada, sumergida, silenciada!

 

Al final la vocación sale, cual caballo desbocado.

 

Los niños piensan con el corazón y eso es bueno, ¡es honesto!

Cuánto más jóvenes somos más sentimentales, auténticas y honestas son nuestras decisiones.

Después vienen los años, las formas;

Los pesos, las normas.

El “tengo, tendría. Debo, debería.”

Se encorsetan los modos, nos enfundamos la máscara, de formalidad, rendimiento, economía, ambición, trabajo, diplomacia.

Olvidamos al niño. Le callamos la boca. Lo silenciamos.

 

Pero la vida fluye, avanza.

Y el niño se libra, se suelta, sale, grita y reclama.

Quiere jugar y juega.

 

Porque si decides ser otra cosa que lo que tu corazón pide…

Estate atenta para saber que te estás a ti desviando y no temas: al final la vocación, el corazón, estallará cual verdad desdichada y te suplicará que retomes tu cine, tu baile, tu genio, tu deporte, tu escritura cual respiración anhelosa de tu alma.

Desmerecida, incorrupta, salvaje, en bruto.

 

Las decisiones se toman con el corazón.

 

Y a aquel habría que decirle que el rendimiento de nuestra vocación es directamente la propia, incuestionable, pura y valiosa felicidad más sincera.

Nuestra individualidad más inmensa. Impagable.

 

Porque el corazón al final siempre se deja oír.

Honesta.

La Suelta.