Mi libro. Tu libro.

Tenía pendiente con vosotros este post… En realidad tengo tanto pendiente con La Suelta, con vosotros, mis lectores, no sabéis lo feliz que me hace cuando alguien me pregunta: ¿Cuándo vuelves a escribir? ¡Estamos esperando!

Pues permitidme esta confesión: yo siempre escribo, mi alma no deja nunca de escribir, la vida la entiendo y la respiro escribiéndola, pero hay escritos que merecen pulirse, reposar, enlazarse. Para poder ser entregados a vuestras delicadas, agudas y exigentes lecturas.

También la vida, mi trabajo y las obligaciones no me permiten tantas escrituras que estén a vuestro nivel.

Merecéis más que simples bocetos, que torpes poesías vomitadas en la esquina del tren, en el banco de una playa. En un pellizco de tiempo arrancado al trapo de la agenda.

Pero aquí me asomo después de semejante tropel de emociones…

Tenía pendiente traeros y juntaros todos los cachitos de aquel día, de la presentación del libro, de lo que allí sucedió, momentos, comentarios, algún link. No para acercaros a mi, sino, más bien para que me permitáis acercarme a vosotros.

 

Y así fue como un soleado 8 de abril, en una pequeña y peatonal calle de Tiana, confluyeron un puñado de corazones, las más bonitas sonrisas que conozco y la más grande de mis ilusiones.

 

Os junto en este post alguno de nuestros momentos, dulces momentos, con cariño preparados, con toda la ilusión del mundo.

Mis compañeros de clase de teatro representaron escenas de mi libro.

Presentadas por mi hijo Luca.

Como la escena en la que Laura conoce a Mario en el bar Rincón.

Parte del capítulo 7 del libro. PONME UN CORTADO.

A Mario lo interpreta Koen Willekens Morales y a Laura la interpreta Miri Franch

https://youtu.be/aEIvcg_ibPE

 

Después vino la “presentación oficial de mi libro” que aunque me suene demasiado formal. Así fue…

https://youtu.be/vSL1HGL51nc

 

Para cerrar, Koen Willekens i Miri Franch volvieron a representar una escena del libro un poco más intensa… Representando a Mario y a Ana, esta vez.

Cap.20 TU NO ME ENTIENDES.

https://youtu.be/g-p7-RbhjWs

 

Este libro es un regalo en todo su significado. Pero sobre todo por los comentarios que de mi lectores he recibido. Gente que no se esperaba lo que se ha encontrado…

Comparto uno que especialmente me llegó al alma, por inesperado, sensible y honesto:

“Acabé el libro de Ellos:
Nosotros:
Vosotros:
La Suelta
Que GRANDE eres Suelta
Maravilloso, exquisito, ese punto de erotismo travieso, frases geniales que te hacen pensar de como enfocamos la vida y algunas veces si, algunas veces no, otras ni si, ni no… También me he emocionado, y quiero decirte Suelta que es la primera vez que leyendo un libro se me caen las lágrimas. Ha sido una mezcla explosiva de sensaciones y emociones. Quiero más Suelta” 😘”

De Sonia Huguet. Mahón.

 

A día de hoy el libro lo tengo a la venta en:

la Botiga Casper de Tiana, en Espai 14 en Es Cos de Mahón, lo tienen en la peluquería L’Atellier de Badalona, por si mientras os cortáis el pelo tuviérais la osadía de empezarlo…

Y a quien ninguno de estos sitios les pille cerca podéis comprarlo online en la editorial… aquí os dejo el enlace.

http://www.editorialmeteora.com/es/libro/ellos-nosotros-vosotros/226

En mi página de Facebook de La Suelta hay colgadas las fotos de aquel día… sólo algunas…

 

y yo, para acabar este post voy a compartir aquí con vosotros mi nota de agradecimiento que puse como prólogo en mi segunda edición

“la nota de la autora para la segunda edición” como la llamó la editorial:

 

Simplemente agradecida.

 

Este libro es un regalo.

Y no lo digo en el sentido figurado. Sino literalmente.

A veces la vida te pone caramelos. Te ofrece un dulce. Te brinda un regalo.

Esta historia empezó con una idea, se escribió desde la osadía, lo publiqué en mi blog semana a semana, sin saber por dónde transcurriría la historia. Este relato me llevó de la mano con sus personajes.

“Gracias por escribirlo!” “Suelta, no dejes de escribir” “¿cómo sigue la historia?”

“Cada vez que lo leo lloro, me encanta!” algunos de los comentarios que recibí.

Y en un determinado momento, un señalado 30 de noviembre este libro apareció en mis manos. Se materializó un deseo. Se cumplió un sueño.

Aquella noche la pasé en vela, agradeciendo mil veces a esos ángeles de la guarda que habían cumplido mi propia promesa. Por eso y por tanto, gracias.

 

Gracias, Leticia, por ser tan grande, tan grande que nunca te alcance.

Afortunada de ser tu hermana.

Gracias, Sandra, por existir en mi vida, por ser, estar y aprender a leerme.

Por tus lecciones. Por tu idea y tu tenacidad al llevarla a cabo.

Gracias, Carlos, mami, Mayo, Ruth, Eli, Astrid, Silvia, Ana, Vane, Gala, Carmeta, Luz, Cati, Ana, Juana, Gracieta, Monica, Zori, Rebeca, Miguel, Tachu.

Siempre daré las gracias de teneros en mi vida.  Siempre.

 

Si coges por primera vez este libro. Déjate llevar.

Que mi escritura te entretenga, te acaricie, te lleve.

Yo de alguna manera me imagino a tu lado compartiéndolo.

Gracias a ti por encontrarme.

La Suelta. Febrero 2017

 

Siempre vuestra.

La Suelta.

 

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Te lo presento… presentaré.

Y de repente un día te encuentras en tus manos un libro editado, escrito por ti misma.

Casi sin atreverme a soñarlo.

Con toda la humildad del mundo.

Y con infinita sorpresa.

¿A qué angel conseguí seducir en otra vida para que me concediera este deseo?

Nunca lo sabré.

Y para estar a la altura del deseo concedido, para ser justa con mis ángeles, me veo en la responsabilidad de presentarlo.

Qué osadía…

 

Así que fijo fecha, 8 abril,

Lugar: un pueblo encantador y cálido del Mediterráneo, Tiana,

con ayuda de la Botiga Casper a las 12:30. Ahí os espero.

Sucederán cosas… como tú, por ejemplo.

 

¿Qué más debo contarte para que vengas a acompañarme, a darme ánimos?

¿Qué mentira debo contarte para pellizcarte la curiosidad?

Ninguna. 

Sólo me permito la honestidad contigo.

A ti sólo vengo a contarte secretos.

 

Te espero.

Vendrás. Lo sé.

 

Emocionada.

La Suelta.

X. Blanca y Luis. La noche.

Raquel se despidió con dos besos, sinceros, cercanos. Luis y Blanca se marcharon juntos. Luis no dejó de mirar a Raquel hasta que giró la esquina. Cerraron la noche. Sin saber si volverían a verse.

Como todo en esta vida. Cuando pensamos que se ha acabado, todo gira y nos cambia el punto de vista.

De lo que tenemos miedo, nunca se materializa. Los mayores sustos y virajes son inesperados. Y las mayores dulzuras no se planean. Así, que ¿para qué planeamos?

Me gustaría deciros que Luis no durmió pensando en Raquel. Pero os mentiría.

Sí que fue su último pensamiento. El último pensamiento del día es el verdaderamente importante. Sobre todo si tiene nombre y apellidos. Entonces estás pellizcado por la vida.

Blanca, en cambio, volvió de puntillas, se quitó los zapatos antes de entrar, le arañaba el desazón al entrar en casa, no sabía cómo encontraría a Víctor, pero sobre todo no sabía qué le preguntaría. No había hecho nada malo. Y esa misma sensación no le gustaba. Se quedó pensativa antes de meter la llave en la cerradura. ¿Por qué se cuestionaba tantas cosas?

¿por qué no se sentía feliz de volver a casa? Esa simple pregunta la angustió.

Entró en casa, estaba en silencio y a oscuras. Al fondo del pasillo se oía a Víctor dormir…

Se cambió y aseó en el baño del pasillo, se puso el pijama en sigilo, no quería despertarle, con sumo cuidado se metió en su lado de la cama. Le miró y no le despertó: paz, tranquilidad. La situación la puso en guardia: Le quería con locura, lo sabía. Pero con una locura no sana. Perjudicial, hasta enfermiza. Alguna Blanca dentro de ella se lo chivaba. Sino era Víctor no sería nadie. Sino era Víctor. Nada. Le quería con toda la intensidad que conocía. Él. El resto niebla. Humo. Pero no se sentía bien. Y lo sabía.

Además aquella noche, ver a Raquel y Luis abrazarse con ese cariño, con esa intensidad. Esa bella criatura… Blanca estaba convencida que la volvería a encontrar. Que sería alguien en la vida de Luis. Era como si dos almas se reconocieran al encontrarse. Daba igual su nombre. Al abrazar a Luis habían sido uno. Y bajaron la guardia en los brazos del otro. Por un segundo se quisieron. Y no desearon nada más. Y ella no pudo por menos que sentir envidia.

Cerró los ojos y su último pensamiento fue ese abrazo de Luis y Raquel.

Se despertó muy pronto. Víctor ya no estaba a su lado. Por primera vez sintió alivio. Pero a la vez pensó… ¿dónde estaba? ¿Volvería pronto? ¿Podrían hacer algo juntos al terminar el día? Ninguna respuesta. Ella sola con sus pensamientos. Como siempre. Y una última pregunta acudió a su mente: ¿con quién estaría, a quien sonreiría en esos momentos? Y sacudió la pregunta, cual mosca molesta de su cabecita inquieta. La apartó. Como rascas un picor que vuelve a picar al parar de rascar. Pero por un momento para.

A Blanca le empezaba a doler pensar en todo lo que no sabía de Víctor y él había decidido no compartir con ella. Ella lo sabía. Él lo sabía. Pero no lo nombraban. En aquellos días simplemente la intuición empezó a venir en los silencios a susurrarle miedos o secretos al oído de Blanca. Ella los escuchaba, no quería prestar atención. Pero los oía sin remedio…

 

Luis en cambio al despertar, se le iluminó la más amplia de las sonrisas. No sabía por qué no tardaría mucho en saber de Raquel… estaba convencido. Guardaba aún su olor a uva. Se quedó un rato más. No quería separarse ya de la noche. ¿Para qué?

Si se levantaba de la cama se acabaría la noche. El bar. Ella y el abrazo.

Pero poco más rezangó en la cama. Poco más. Descorrió el día, arrancó con fuerza.

Aún pasó una semana, con sus días y sus noches, Luis ya había pensado que aquella morena habría tirado el número cuando sonó un bip en el móvil y un mensaje cautivador.

  • Te doy otra oportunidad.

 

 

La Suelta.

 IX  Blanca y Luis… y Raquel.

La noche la pasaron riendo, recordando, comiendo y charlando, no salió Víctor, no se pronunció su nombre en toda la cena. Los dos lo sabían. Existía. Pero no era un tema cómodo. Y así fueron hablando de otras cosas. Luis la hizo reír, le hizo el payaso, le recordó trastadas que le hacía de pequeño. La mimó. Y la aduló. Blanca se sentía bien al lado de Luis. No sabía por qué. O sí.

Luis preguntó por ellos dos en los postres, Blanca se lo quedó mirando, hubo un silencio. Y se sinceró. Luis escuchó, la dejó hablar.

  • Me siento rara, Luis. Yo intento hacerlo todo bien, pero algo parece nunca estar bien del todo para él. A veces se queda callado y no sé qué piensa. Otras veces no me avisa de cuando volverá, nunca me dice con quien ha estado. Pero después me dice esas cosas que me derriten, me coge así de la cara y cuando me besa creo que me voy a derretir. No sé es raro, Luis.

 

Luis quiso conciliar, quitó hierro, pero sólo para tranquilizar a Blanca. Debía pensar.

“Va, Blanca, vamos a bailar, veras como nos sentiremos mejor.”

Blanca y Luis descolocaron la noche, bailaron cada minuto, rieron todas las tonterías, y en la última hora del último bar, fueron al baño antes de irse…

Y allí, en esa esquina de la posibilidad se encontraron con Raquel.

Raquel era una mujer inmensa, de quitar el hipo, de rompe y rasga, insultantes medidas, gusto peculiar, atrevido y sexy. Mirada de leona, sonrisa de angel. Carita de revista y melena descarada, cuidada y suelta. Todas querían su cuerpo. Ellos la deseaban lascivamente, con descaro y sin respeto.

Raquel era apabullante, sexy, magnética. Con una piel tersa y delicada. Unos ojos azul eléctrico. Penetrantes. Aunque fueras mujer y heterosexual no podías dejar de mirarla. Y ella lo sabía. No era creída, soberbia, ni altiva. Era dulce y generosa. Pero sabía de su potencial y de su vulnerabilidad, al fin y al cabo.

La gente percibe a una mujer físicamente bella como dueña del universo, pero no necesariamente ella se siente así.

Las fortalezas mejor que no se vean.

Era bella.

Todo en ella era provocación menos su corazón. Más hambriento que su sexo si cabe.

Porque le gustaba el sexo. Pero lo escondía. No fueran a pensar…

Y hambrienta de sexo y cariño se tropezó con Luis.

Niño deseado, sonrisa cautivadora, payaso tierno, adorable. Chico esquivo.

Estaban destinados a encontrarse. Y a mirarse de una manera tan especial como lo hicieron.

 

Antes de cerrar… Él iba un poco más bebido de lo habitual, cuando vió aquella felina salir del baño y se dijo que el alcohol le estaba jugando una mala pasada. Pero se dirigió hacia ella con su descaro habitual y sin vergüenza.

  • Perdona moza, creo que estás alterando el orden en el local.

Ella se lo miró desconfiada, cansada en realidad. Esa noche lo único que tenía ganas no era ni risas, ni sexo, ni hablar. Simplemente quería un abrazo. Así de simple, barato y débil. Se lo quedó mirando. Le despertó ternura y cercanía.

  • Mira, “mozo”, estoy cansada, no te voy a dar lo que buscas, en realidad lo único que te pediría sería un abrazo inmenso, cariñoso y recubierto de respeto. Pero dado que no sé ni tu nombre, no sé ni de donde sales. Y puedo percibir tus intenciones. No vas a poder cumplir mi único y triste deseo.

 

Luis se quedó pensando, se la miró silencioso y le preguntó decidido:

  • ¿me dejas intentarlo?

Raquel dudó, pensó que maldita la gracia ella. Pero en realidad era lo que le apetecía. Y retándole le dijo

  • Sólo tienes una oportunidad.

 

Luis abrió los brazos, la miró con media sonrisa, ladeó la cabeza y surgió de él un cariño hacia aquella criatura felina y sensible. Raquel se acercó ladeó la cabeza, apoyó la mejilla en su torso, con sus brazos rodeo por la cintura a Luis y apretó; Luis la abrazó por la espalda, la atrajó hacia sí, olió su pelo, cerró los ojos y la pegó con más fuerza a su cuerpo. Raquel se relajó, la invadió la paz, respiró y en el fondo de sí, deseó que el día se apagara en ese mismo instante, que pudiera dormirse allí mismo. Que no hubiera que decidir nada más. ¡Qué gusto! ¡Qué silencio! ¡qué inmensidad!

Ella dejó de ser felina, ya no tenía hambre, no buscaba nada, todo lo tenía. Él ya no era aquel astuto esquivo, simplemente un ser protector que la abrazaba, en ese mágico minuto hasta la quiso y se aporderó de él la necesidad de cuidar de aquella bella e indefensa criatura.

Pasaron unos minutos.

Blanca los miraba atónita. Sorprendida y emocionada. Qué gesto más bonito en un entorno tan sórdido.

Al final se separaron, lentamente, como quien no quiere hacer algo, pero debe.

Se despidieron, entre tímidos, avergonzados y dados.

  • ¿me das tu teléfono?, pidió Luis.
  • No, dame tu el tuyo. Mejor. Respondió Raquel.

 

Semana que viene más.

La Suelta.

Fuera de juego.

No nos engañemos, no caigamos en esa autohipocresía, rincón de fantasía.

No querramos convencernos de lo que no es.

A ella no le interesa saber lo que es un fuera de juego, aunque algunas de nosotras lleguemos a comprenderlo (no digo que sea o no una de ellas).

No nos interesa realmente. Lo que nos gusta es veros explicarlo. Preguntároslo. Interrumpiros el glorioso minuto del partido. Y veros apasionados, o fastidiados, respondernos. Decorosos, fuera de sitio, cariñosos o cabreados.

Pero el fuera de juego, el porqué, no nos interesa. REALMENTE. ¡Confesad, chicas!

(alguna hay que sí lo entiende y se vanagloria de ello. Seguro que su hijo, hermano o novio juega al futbol… jejeje.)

Como a vosotros tampoco os importa lo que llevamos puesto. No es la ropa lo que os importa. O lo que os pone. Os gusta nuestra sonrisa, os preocupa su ausencia. No os molesta el kilo de más, os toca los cojones lo que a nosotras nos puede desestabilizar. Pero la ropa el conjunto o la falta de estilo os la pela. Realmente. Sed sinceros, también.

Bueno, quizás la falta de estilo, como tal, a algunos de vosotros os chirría porque os estáis volviendo quisquillosos, o también podéis reconocer que nosotras hemos conseguido pellizcar vuestra sensibilidad al gusto por la estética. O si vamos más allá os dáis cuenta de que un estilo estudiado es un arma de poder social encubierta, no reconocida. Pero esto es otro debate… o no?

Así que no nos llevemos a la mentira de la mano, mutuamente, recíprocamente.

Así que hablemos claro.

Ha sido fuera de juego. Ok. Punto. Porqué. ¿qué más da?

“¿Estoy guapa?” Siempre. Le gustas tanto como el primer día, o le pareces igual de aburrida que lo eras ayer. La ropa no cambia nada. Tu sonrisa, sí. Lo cambia todo. Tu hambre hará el resto.

Ella sólo quiere ser tu centro total y absoluto de atención. Y si te tiene que preguntar qué es un fuera de juego lo hará, aunque le importe tres cominos. Puedes, al responderle, pararte un segundo antes ante sus ojos sin maquillaje; tú serio, contundente y trascendental afirmar sereno: “eres la criatura más bonita que he mirado, princesa.”  Se olvidará del fuera de juego y se le maquillará en la carita la más luminosa de las sonrisas.

Creo que las cosas son sencillas pero las retorcemos.

La vida es fácil aunque sea dura.

Y nos escondemos, camuflamos en escusas; disimulamos nuestras inseguridades en prendas que no combinan con nuestra sonrisa, en preguntas de respuestas que no nos importan.

Porque lo que pone no es la frase, es el tono.

Lo que interesa no son los ojos es la mirada.

Ella seguirá preguntando qué es un fuera de juego. aunque debería buscar un minuto más idóneo… entiende el fondo. No atiendas la forma.

Pero cuando se ponga un vestido nuevo (aunque te la pele el vestido), cuando la inseguridad, que no suele saborear, le erice la autoestima,  por favor, mírala serio y con semblante orgulloso… Deja lo que estás haciendo y dile:

¡qué afortunado soy de tenerte, estás preciosa!

¿Es eso difícil?

Sólo pregunto.

 

Preguntona.

La Suelta.

 

Reinventemos la vida.

A la mierda las formas.

El cómo lo digo,

La intención que arrastra.

El respeto que tuviera.

¿Qué más da una forma?

Cuando el fondo contiene tanto.

Cuando la intención está teñida de bondad,

Cosida con sueños,

Escrita por propósitos.

 

A la mierda la vida. ­

Aquel nosotros, el “debo”, el “cuánto”.

A la mierda todo lo que pensábamos que alcanzaríamos

y ni siquiera intentamos.

Somos y ya es mucho.

Tanto, hoy en día.

Estoy aquí frente a ti.

El resto no vale nada.

No quiero ser perfecta.

No quiero ser correcta.

Quiero ser feliz, quiero ser honesta.

El mañana lo desconozco.

El ayer se me antoja lejano.

Hoy: regalo presente.

 

A la mierda lo que esperabas de mí.

No quiero saber en qué te defraudé.

Ya nada me vale.

Poco importa.

 

A la mierda lo que soñé de ti

Pues la vida no es un sueño.

No quiero recordar aquello que de ti anhelaba.

Simplemente lastima. Duele.

 

A la mierda…

Mis lamentos serán lecciones.

Para construir nuevas alegrías.

Los errores son la señalética que nos guía

En los nuevos caminos.

En nuevas montañas.

Aquellas que escalaremos.

Juntos o por separado.

Pues el futuro es y seguirá siendo incierto.

Más allá del pasado,

Por encima de las formas.

Tan ligado a las intenciones.

Que morirías por reescribirlas.

 

A la mierda lo aprendido.

Partiendo de prejuicios absurdos.

De maestros ignorantes.

Con resultados erróneos.

Reinventemos la vida,

Las formas, el camino.

En base a nosotros.

 

Partiendo de ti.

Sabiendo a mí.

El pasado ya fue.

Y con este presente

Haremos nuestro el futuro.

Porque nos pertenece.

 

Honesta

La Suelta.

VIII. Blanca y Luis. Blanca…

Y así fue como Blanca en un abrir y cerrar de ojos se encontró viviendo en un piso que le era desconocido, con el amor de su vida, llena de ilusión y de necesidad de agradar.

Y ahí fue donde se equivocó. No debía agradarle a él. Sino estar bien el uno con el otro. Pero era demasiado inocente para poder darse cuenta. Lo arreglaba todo para que a él le gustara. Nunca se cuestionó qué quería ella para estar bien, qué la haría feliz a ella, sólo Víctor. Blanca se olvidó de Blanca y pensó y ordenó su vida por y para Víctor. Oía su vocecita interior, pero no la quería escuchar, no le hacía caso. La obviaba. La ignoraba. Ponía su mute interior. Pero el run run seguía.

Y así, sin pensarlo ni pretenderlo, sin planearlo, le entregó a Victor lo mejor de su vida, le entregó su inocencia, su pureza y su emoción por vivir. Se entregó a Víctor en una sucesión de fotogramas predecibles a cada cual más desteñido.

Víctor la conocía, sabía que tenía sobre sí la mirada permanente de Blanca, sabía que ella no daría un paso sin su consentimiento, la sabía suya, Blanca había abierto los ojos entre sus brazos y eso es muy difícil de ignorar. Blanca era tan suya como quisiera.

Debajo de las sábanas existían unos códigos preestablecidos desde el minuto cero que nadie cambió, ella no había estado con otro chico, todo se lo había enseñado Víctor. A ella le gustaba. Porque había un cachito de su mente que pensaba y presuponía que aquello debía agradarle, otro trocito de su ser se encogía, se preguntaba si aquello era el cielo que tanto había oído hablar. Ella se limitaba a dejarse hacer. Víctor deslizaba una mano debajo de las sábanas, alcanzaba las braguitas de Blanca, con la punta de los dedos la buscaba, la tanteaba y la masturbaba, le besaba la oreja, le susurraba alguna delicia en la esquina de su corazón. Y ella siempre se hablandaba, se entregaba. Y le dejaba hacer. El, unas veces delicadamente, otras con prisas, le bajaba las bragas y se subía encima de ella. Así él controlaba la situación, la posición, el gusto. Su propio placer, ponía la cadencia, la intensidad… Y con las palabras la tenía.

Al acabar siempre le preguntaba: ¿te ha gustado?  “sí, mucho, amor” ella nunca pensó en otra respuesta. Nunca dudó. Era Víctor. El resto humo.

Si él llegaba tarde, ella nunca preguntó. Si él no llegaba a cenar. Tampoco. Ella le permitió todo. Nunca dudó.

Cristina seguía buscándola, respondía. Pero poco más. Estaba. Pero no era Blanca. El resto del mundo lo sabía. Menos ella. Ella era feliz. Pensaba que hacía lo que debía.

Y en el cumpleaños de Luis, Luis le pidió salir de fiesta. Salir los dos solos. Para celebrar que se hacía mayor. Luis la quería para ella, suelta, suya de nuevo.

Blanca quería que Víctor viniera, pero en realidad Víctor no quería ir, puso una sútil escusa que en apariencia Blanca creyó, pero aquella Blanca silenciada sabía la verdad. Y programaron una noche de hermanos, un mano a mano, después se encontrarían con todos en un bar a tomar una copa.

Blanca se arregló para salir, mientras Víctor veía la tele. Se pintó, se perfumó, se puso tan guapa que dolía mirarla, ella era una criatura preciosa, sólo que ella nunca se creyó así, sólo cuando Víctor quería ella se lo podía creer algo, pero de una manera por y para él.

  • ¿así vas a ir? – le espetó Víctor nada más verla. La culpa de Blanca la encogió. La conciencia. Bajó los hombros. Se miró en el espejo y pensó que quizás sí aquella falda era demasiado corta. Se desaprobó a si misma, “parezco una fresca” – y esos morros rojos, nena. ¿Hay algo que deba saber?
  • Bueno…

Blanca volvió al cuarto, cambió la falda por unos pantalones, borró el carmín de sus labios, se dio un discreto brillo. Y se apagó la ilusión en su mirada. Se sintió mal. Quizás le había fallado.

Se acercó a Víctor para darle un beso.

  • No veo la tele, nena. – le puso la mejilla sin apartar la vista de la pantalla. Y refunfuñó: no vuelvas tarde. ¿De acuerdo?
  • Vale, cariño. Volveré pronto.

 

Salió por la puerta al frío de la calle, pero salió y por primera vez la brisa de la noche le supo a caricia, cogió aire. Y apartó sus pensamientos de un manotazo, les rugió que pararan. Que ella quería a aquel hombre. Que no era para tanto. Y salió por Luis, no por ella. Pero salió.

Luis la esperaba donde habían quedado, iba  tan guapo como el era: relleno de esa autoestima y seguridad que a ella le encantaba, cuando la vió se le iluminó la cara. y a Blanca se le coloreó el alma de alegría, el corazón de ternura y reconoció todo lo que quería a aquel gamberro. Su gamberro. Y empezó a tener ganas de pasárselo bien con él. Desde dentro una parte de Blanca decía gracias, gracias, gracias. Por arrastrarme, por venir a buscarme, por obligarme. Por seguir ahí enano. Pero en vez de todo eso, sólo dijo:

  • ¿qué haces sinvergüenza?
  • Aquí, esperando a mi princesa.

Aquella noche pasaron cosas, pero sobre todas, apareció Raquel en sus vidas.

Apareció como aparece la luna llena en pleno agosto, sin poder quitarle la mirada. Porque Raquel era mucha Raquel.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

VII. Blanca y Luis. Blanca… Victor… Luis…

La vida discurría ante sus morros, como discurre el tiempo: líquido inflexible, imposible pararlo, tampoco avanzar. Era. Poco más. Blanca dejó de lado a sus amigas, cada vez la veían menos, después menos. Sólo iba a clase, empezó en aquella época a hacer campanas y se escurría para estar con Víctor, se juraron la luna, se prometieron las estrellas y el tiempo.

Luis lo veía todo y preguntaba, recababa datos. Siempre había una pieza que no cuadraba, un dato. Pero permaneció en silencio, como optan las personas inteligentes. Podía saber, pero no cambiar el rumbo del corazón de Blanca.

Ella dejó de interesarse por los estudios, por su carrera, aprobaba porque no le costaba. La gente más allegada dejó de contar con ella, sólo su mejor amiga, Cristina, la seguía de cerca, seguía llamándola para quedar. Nunca tiró la toalla, si se puede decir así. Sabía que Blanca no era así. Que aquella versión de Blanca no era su Blanca.

Y una tarde de invierno, cuando ya llevaban casi un año, cuando la agenda, el tiempo, los gustos y la ropa de Blanca los marcaba la opinión, el juicio y el criterio de Víctor. Una tarde cualquiera Blanca preguntó:

  • ¿qué haremos el sábado? – súper ilusionada. Pues él la había sorprendido en cada paso, a cada propuesta. Víctor con la mirada ausente, ni la oyó. Ella tuvo que volver a preguntar.
  • ¡Víctor! – alzó la voz. El volvió con ella. La miró con el ceño fruncido, por haberle arrancado de sus pensamientos. – que… ¿qué haremos el sábado? Te he preguntado. – había bajado el tono de voz. Algo en Víctor la extrañó. – cariño…
  • Mira. Yo también quiero salir con mis amigos. – sabía que la hería, pero ese ceño fruncido no desvanecía la duda. La incertidumbre. – he de hacer vida social. ¡lo entiendes! ¿verdad?

Se levantó airoso del banco donde se sentaban, algo le incomodaba.

  • ¿Nos vamos para casa? – era una hora antes de lo habitual. Había algo extraño, que ella no entendía. Había algo… Blanca no entendía qué había hecho mal. Ella había dicho algo que le había incomodado. Estaba segura. Algo. Pero ¿el qué?

La acercó a su casa. Y sabiendo todo, como él sabía. La cogió de la barbilla. Y le miró a los ojos.

  • Nena, no me lo tengas en cuenta. Vale? No me encuentro bien. Eres y serás siempre mi muñeca. No lo olvides. – con esas simples y fáciles palabras ya la volvía a tener a sus pies, suya, confiada, entregada.-
  • Vale, cariño. No te preocupes.

El beso, fue el más seco y escueto beso que le hubiera dado. Apenas un micro segundo. Arrancó la moto y se fue.

A ella se le oprimió el corazón. Buscó y rebuscó entre sus palabras. Cual había sido el fallo.

La semana siguiente tenía exámenes finales. Se decidía mucho. Pero a ella le empezaban a dar igual. Víctor, Víctor. Poco más.

Empezó esa misma noche una idea para entregarse aún más, para darse, para cuidarlo, para hacerle sentir bien. No podía ser ella foco de malestar en Su Víctor. No debía quitarle.

 

Cuando entró en la habitación, Luis, la miró. Se fijó en ella. Y le comentó algo sobre papá y mamá… pero ella no respondió, no opinó, no dijo, no fue Blanca. Otra vez.

  • ¿Todo bien?
  • Sí, todo bien. Luis. ¿sabes qué he pensado?
  • ¿qué?
  • En irme a vivir con Víctor.
  • ¡pero qué dices! ¿BLANCA? Y no vas a seguir estudiando. ¿Qué harás? ¿Te mantendrá?
  • No, me pondré a trabajar, que para eso tengo dos manitas.

A Luis le pareció estar escuchando el final de una peli de miedo, como si un marciano hubiera entrado en el cuerpo y la mente de Blanca y la abdujera, como si hubieran borrado el entusiasmo de su hermana y se la llevaran, lejos, lejos.

Sabía que siempre había querido estudiar, ir a la universidad. Lo sabía, porque era su ilusión de niña. Quería estudiar veterinaria, cuidar animales, tener una granja. Y aparece ese tal Víctor y se lleva su ilusión, su vocación. Luis sentía que habían poseído a su hermana unos marcianos y todo lo que salía de aquella persona lo desconocía. Ella estaba ilusionada, los ojos le brillaban. Pero en realidad, estaba idiotamente enamorada. Estaba cegada. Anulada. No era ella. Aunque en lo más dentro de ella lo sabía.

La Blanca hipnotizada se negaba a permitir opinar a la Blanca mental.

Blanca sólo pensaba por y para Víctor. El resto no existía. Ni ella misma.

Le dio igual quedarse sola en casa un sábado por la noche, no recibió una llamada, un mensaje, hasta medianoche. Un emoticono con un besito. “Duerme bien, nena.”

Y eso la llenó.

La semana siguiente estaban haciendo planes de irse a vivir juntos.

Ella era tan buen plan que él no pudo decir que no. Pero algo chirriaba por los cuatro costados. Sin embargo, una cosa llevó a otra, el primer paso les llevó al segundo. Y cuando has dicho que vas a hacer algo, deshacerlo o desdecirlo, es peor que seguir hacia adelante. Nos lleve hacia donde nos lleve el camino.

Ninguno de los dos sabía. En menos tiempo del que pensaban encontraron un piso. Ella en apenas un mes acababa el bachiller y había apalabrado un trabajo de camarera en un bar del barrio.

Ella seguía ilusionada, los pasos que simplemente la acercaban a Víctor. El resto… nada.

Luis la ayudó en silencio. Pero la ayudó. La única manera de no perder a Blanca en aquella locura era estando a su lado.

Blanca oía su conciencia, la oía, pero no la escuchaba, lo sabía, pero hacía oídos sordos: no es un buen chico, no es un buen plan para ti. Y la Blanca hipnotizada respondía cabreada: le quiero. Le quiero y punto. Es el amor de mi vida.

 

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.

Vete al diablo, amor mío.

¿Qué pretendes, amor?
Viniendo a buscarme,
Besarme, crecerme.
Para después la nada:
Tu ausencia.
El maltrato.
El insulto
El desprecio.

¿Qué pretendes, cariño?
Amarme, deshacerme.
Desarmarme.
Para al minuto esfumarte.
No hablarme.
El silencio envuelto en frío.
Tu mirada repudiándome.

No me eleves, para después soltarme.
No me busques, para después esquivarme.
Me hago pequeña.
Indefensa.
Me convierto en idiota.
Entregada.
Tuya.
Ya no mía.
Ya no valgo. Ya no soy.

Y en esa esquina de angustia.
De menosprecio inmerecido.
Te miro. Te busco. Te pido.
Y tú, altivo, soberbio, impune, respondes, espetas:
“¿y ahora qué miras?”. Con odio. Repulsa.

Y el mundo al fondo.
Las voces. La gente.
Un tumulto de gente.
Lejana.
“¡Tu vales, mi niña.”!
No queda en mi fuerza para creerles.

Ahora vendrá el silencio.
Más tarde el éxtasis a ti envuelto.
Para después dejar paso a la angustia.
Tu repudia. Injusta. Inmerecida. Inevitable.

Un minuto después me lees, me adviertes.
Y te acercas sigiloso me levantas la cara.
Deslizas tus manos por mi cuello.
Te quedas a un centímetro.
Me miras. Dulce. Otra vez mío.
“¡Va, no hagas la tonta!”
Me besas. Como si fuera el primero.
Como si, ojala, fuera el último.
Me derrito. No pienso. No puedo.

Me anulas. Lo sé.
Imposible lucha.
Quiero huir.
Pero ni un músculo mío obedece.
Todos te temen.
Y mi alma espera sumisa tu próximo beso.
Porque tus besos me saben siempre a caramelo.

Desarmada.
La Suelta.

VI. Blanca y Luis. Luis y Víctor…

Luis conoció a Victor, una tarde cualquiera, merendaron juntos. Blanca, Luis y Victor. Invitó Víctor. Y Luis confirmó sus sospechas.
Victor fue en todo momento, atento, simpático, gracioso, o lo intentó, chulito, sobrado, súpero cariñoso con Blanca. No hubo nada que Luis pudiera pensar que Victor hubiera hecho mal esa tarde.
Pero algo, un no sabía qué, que venía de no sabía qué punto del estómago, le decía, “no te fíes”. Luis era muy intuitivo. Blanca era buena, muy buena, confiada, entregada, dócil, generosa. Luis no. Luis era selectivo, intuitivo, prespicaz, astuto. Y nunca se equivocaba. Con Victor quería equivocarse, quería pensar algo que no fuera, quería que Victor despejara su temor. Pero lo único que hizo fue subrayarlo más, reafirmarlo.
Era una especie de energía que hacía que Luis no se abriera.
En aquella merienda habló sobre todo Blanca, Blanca le contó a Víctor todas las cosas buenas de Luis, cosa que lo hizo sonrojar, Luis aguantó el tipo. Victor alabó y piropeo a Luis. Cosa que no era necesario si hubieran estado a solas, los dos lo sabían. Luis se creyó menos todos y cada uno de los piropos. Pero Blanca estaba encantada. Algo en Luis la hacía preocupar, pero oír a Victor la ponía tan contenta.

Y así llegaron a las despedidas, Luis hizo un esfuerzo por ser simpático, amable, diplomático. Lo hizo por Blanca, tenía que reconocerse a sí mismo que en la vida la había visto tan ilusionada, feliz, emocionada. No podía fallarle.

Cuando se quedaron a solas Blanca y Victor, Blanca se sentía enorme, grande, importante, completa. Su hermano, su niño conocía a su amor y para ella era lo más. En ese justo momento Victor soltó:
– Es un poco creidito, no? Tu hermano. – a Blanca aquel comentario le hirió en lo más hondo de su alma, de su estima, de su cariño. Algo, no sabía donde quedó en mute. Una mancha, un pero.
– No! Porqué dices eso? No le conoces! – Victor, entendió que en ese campo no debía meterse, tocar, criticar… si quería ganarse a Blanca y aún quedaba mucho por hacer.

Y pasaron las semanas, dulces, juntos. Pegados. Como cuando se entrelazan los dedos de una mano hasta ser una. Como cuando dos sintonías se acompasan y suena una. Sin saber cómo.
Yo sí sé cómo: Víctor estudió a Blanca, se acopló a ella, hizo y dijo lo que ella esperó de el. Y así fue como Blanca se enamoró hasta lo más hondo de su alma de Víctor, hasta pensar, sentir y defender que Víctor era y sería por siempre el amor de su vida, el motor de su existencia. La única persona sobre la faz de la tierra que podía leerle el pensamiento, sacar lo mejor de ella. Y en esas categóricas afirmaciones se olvidaba que de público y oyente a veces se colaba sin permiso Luis. Un Luis herido, resentido y apartado de su cariño.
La vida es así.
Víctor apartó sin pretenderlo a Blanca del abrazo de Luis. Luis la vio alejarse consolándose de que aquel chico la hacía feliz. Y se refugió, encerró y resintió con la vida, con el mundo y Víctor. A Blanca era incapaz de odiarla.
Un pelo complejo, retorcido. Como la vida.

Y un día, Blanca, amorosa, entregada, enamorada y suya le pidió a Victor encontrar el día, buscar el rato, el lugar. Rascar a sus agendas un cachito de privacidad, de intimidad.
¿hace falta que os cuente para qué?
Y esa noche fue la más dulce de sus noches, la más tierna de las miradas, las estrellas transcribieron sus sueños, porque en esos días, no había deseo ilusión o esperanza en Victor que él no transformase en realidad, se la materializase en sus narices.
Y Blanca no pudo más que enamorarse más y más. Hasta el borde último de la locura, hasta donde piensas que la conciencia ya no te posee, hasta donde las personas que más te quieren te importan un estornudo, porque su mundo, su existencia, sus prioridades pasaron a tener un nombre propio, un único nombre: Víctor. El resto humo.
Y aunque ese fue su fallo, aunque ese fuera su error, nadie, ninguna mujer, podría haber tomado otro camino, otro sentir. Porque Víctor fabricó ese sentimiento. Hasta ese punto, sólo había un camino. Un sentido.
Jodidamente enamorada de Victor. Sin remedio. Sin medida. Con toda la locura que hasta esos días ella desconocía.
Lo duro vendría después, lo difícil llegaría más tarde, el destino le enseñaría a Blanca la única manera de ser fuerte. Porque la otra opción no era opción.
Pero en esos días el camino era tan dulce que ninguna no lo habría dejado por recorrer, por degustar.
Porque el cielo siempre sabe a caramelo.

BLANCA Y LUIS. LUIS Y BLANCA.

La Suelta.